Capítulo 15
LA DEPRESIÓN DE NURI
Después del episodio con Licha, Cristian no ha vuelto a encontrarse con ella. A la semana siguiente, el día miércoles en la mañana, a comienzos del mes de Mayo, Nuri, ha estado extrañamente melancólica. Cristian no se atreve a dirigirle la palabra. De reojo la observa cómo ha estado cabizbaja durante la clase del “3 R”, cosa extraña en ella ya que es la clase que más le gusta. Mastica su eterno chicle como si quisiera triturarlo sin poder conseguirlo. El lápiz pasta juguetea en su mano completamente ajeno a los dictados del profesor. Su vista no se despega del suelo, de un punto diminuto en algún lugar entre las tablas del piso. En esas circunstancias es muy difícil que se hubiera dado cuenta que el “3 R” la ha estado observando desde hace unos minutos junto a ella.
—¿ Cómo andan las cosas por la luna, Srta. Zamora...? (risotadas) –Nuri da un sobresalto ante la inesperada voz del profesor.
—¿Eh? Oh, disculpe señor. ¿Qué me dijo?
—Nada, nada, no se preocupe. Me gustaría, eso sí, que me avise cuándo podría tener un poco de su atención para poder continuar con el dictado. ¿ Cree que sea posible?
Los condiscípulos de Nuri, se divierten bromeando con la situación, ante los inútiles esfuerzos del maestro por mantener el silencio.
Nuri se pone de pié, molesta por las burlas de sus compañeros.
—¡Son todos unos estúpidos!.- Dando una mirada furibunda a sus compañeros, sale llorosa de la sala de clases ante la sorprendida mirada del profesor.
—¡Ya, señores, basta!. Respeten los sentimientos de su compañera. –El “3 R” apacigua las burlas de los estudiantes y continúa la clase.
Al término de la clase, y durante el período de recreo, a Cristian le cuesta encontrar a Nuri a quien halla finalmente en un sector retirado del patio, sentada con su cabeza entre las piernas, visiblemente afectada.
—Nuri, ¿ Puedo...? -El joven pone su mano sobre el hombro de la muchacha en un gesto consolador.
La muchacha sin levantar su cabeza murmura algo que Cristian no alcanza a entender.
—Perdón, no te entiendo...
—Que me dejes sola –contesta la joven con voz entrecortada– No quiero que nadie me moleste... ¿cachai?.
—Solo quería saber cómo estabas, disculpa... –Nuri levanta su vista al percatarse que es Cristian quien le habla.
—Ah, eres tú, cachito, disculpa. Estoy bien, no te preocupes... Lo que pasa es que ando “depre” –se seca las lágrimas con la manga de su chaleca mientras trata de reponerse, algo avergonzada–. La verdad es que me siento como el “ajo”, cachito.
Cristian recién repara en las ojeras poco disimuladas de Nuri. La muchacha sin incorporarse juguetea con las mangas de su chaleca, las cuales ha estirado de modo que cubren sus manos. Al joven le sorprende la sensibilidad que percibe en ella por el hecho de que siempre la consideró como una persona de carácter fuerte.
—¿Te pasa algo? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? –Cristian se ha sentado junto a la joven la cual, ya más tranquila, lo toma del brazo con mucha ternura mientras muy lentamente pone su cabeza en el hombro del joven.
—No, Cachito, no hay nada que puedas hacer. –Lo mira tiernamente con sus ojos tristes que denotan un profundo dolor, su mirada se torna suplicante–. Esta flaca fea no tiene remedio, ya nadie puede hacer nada por mí... no valgo la pena, no valgo nada.
Su última frase se quiebra en sollozos mientras se lleva sus manos al rostro el cual pone entre sus piernas. El joven la rodea con su brazo tratando de adivinar la razón para el estado tan lastimero de la muchacha.
—Si quieres hablar... yo... yo... Mira, yo no creo que no valgas nada, como dices. Tú eres una niña inteligente y tienes toda la vida por delante, ¿no crees?
—¿Cuál vida?. ¿Cuál vida? Dime, ¿ah? –responde la muchacha, con rabia–. Yo no tengo ninguna vida por delante. ¿Y además a quién le importa?. ¿A ti te importa? ¿ A la vieja de mi mamá le importa? ¿Al viejo borracho de mi taita le importa? A nadie, a nadie, a nadie le importa mi maldita vida.
La voz de la muchacha, llena de amargura contenida, vomita las palabras con rabia y desconsuelo. Cristian se encuentra desorientado, nunca había visto a alguien en ese estado. En su inexperiencia solo atina a rodearla con su brazo y acariciar su cabello.
—¿Qué te pasa flaquita?, ¿Por qué no me dices qué te tiene así? –susurra el muchacho en tono consolador. Nuri apoya nuevamente su cabeza en el hombro de Cristian haciendo caso omiso a las miradas curiosas y burlonas de algunos jóvenes que pasan a su lado.
—No sé, Cachito, no sé que me pasa hoy día. Amanecí tonta. A lo mejor es por la pelea que tuve ayer con mi taita...
—¿Te peleaste con tu Papá?
—Chis’, la media novedad –sonríe tristemente–. Pregúntame mejor cuándo no andamos peleados –La muchacha parece recobrarse un poco ante el interés sincero de Cristian–. Si no es porque anda ‘curao’, es porque anda enojado con la vieja de mi Mamá y se desquita conmigo.
—¿No te llevas tampoco con tu Mamá?
—¿Estai’ loco?. Si no nos podemos ni ver. Lo que pasa que ella no es mi verdadera Mamá, ¿cachai’?. Mi Mamá murió cuando yo era chica, casi ni me acuerdo de ella. Mi taita se puso a vivir con ella cuando yo tenía como diez años. –La muchacha saca el chicle de su boca y seca sus ojos con la manga de su chaleca.
—¿Se puso a vivir...? –Inquiere el joven.
—Si, pu’. Si no están, casados. Lo que pasa es que ella tiene no sé qué atado con el esposo anterior y por eso no se han podido casar. –la muchacha seca su nariz con la manga del chaleco–. Además tengo que aguantar a los moquillentos de los hijos de ella. ¿Sabís’ que en la casa es todo pa’ ellos?. A mí ni me “pescan”. Y mi taita le cree todo lo que ella le cuenta. ¡Vieja “cahuinera”!. Más encima tengo que cuidar a mi hermano chico y no puedo salir pa’ ninguna parte... Pero un día de estos....
—¿Qué...
—No sé, cachito. No me hagai' caso. Me dan unas ganas de mandarme cambiar adonde nadie me conozca, pa' no verle más la cara a la bruja ni a mi taita. Si no fuera por que no tengo dónde irme.
—¿Haz tratado de conversar con tu papá?. Mi abuelo decía que los grandes problemas se arreglan con grandes conversaciones...
—¿Con mi papá? –la joven hace una mueca con sus labios, mientras frunce sus ojos al preguntar–. Se nota que no lo conoces. Él no deja conversar a nadie. Él es el único que sabe todas las cosas. Todos los demás somos una sarta de ignorantes y él es el único que tiene la razón. Todo lo arregla a charchazos o a correazos con su cinturón de milico. Si vieras como me tiene las piernas de los correazos que me da. Mira, mira... –dice la muchacha, mientras le muestra unos moretones en su muslo.
—¡Por Dios..! –Esclama Cristian, al notarlo–. ¿Y tu mamá no le dice nada?
—¿Y qué le va a decir? Si ella lo apoya cuando me pega. Pero vayan a tocar a sus "niñitos", por que ahí si que saca las uñas, y mi taita pa' no tener problemas con ella, no les dice nada. Me sacan los cuadernos, me usan mis cosméticos, me "intrusean" mis cosas...El otro día me sacaron mi cartera y me acusaron a la bruja que yo tenía una cajetilla de cigarros. Y ayer cuando llegó mi taita de la guardia, me acusó con él. Yo traté de explicarle... pero no, charchazo en la jeta altiro. Ni siquiera me preguntó si era cierto...
—¿Y no era cierto?...
—Sí, pu'. Si era cierto. Pero al menos me hubiera preguntado primero, y después me hubiera cacheteado. ¿No te parece?. Eso muestra que a mí no me cree nada de lo que le digo...
—¿Pero tú le habrías dicho la verdad si te hubiera preguntado?
—¿Estái' mas loco?... Ni que estuviera tará'. Si le digo la verdad, me da la grande...
—¿Y si le mientes?
—Igual no me cree... y me la da igual, pu'.
—Entonces...
—Ay, cachito, que eres gan...sito, ja, ja, ja –dice la muchacha riendo de la inocencia de Cristian–. Por lo menos si le miento, se queda con la duda de si era cierto o no. Así a lo mejor le remuerde la conciencia por haberme pegado injustamente ¿cachai’ ahora?
—Bueno, si tú lo dices... La verdad es que no entiendo muy bien tu manera de razonar, ja, ja, ja. - ambos jóvenes ríen del transe.
—Ay, cachito, me hiciste reír... eres un ángel –dice Nuri, mientras da un beso tierno en la mejilla del joven.
En esos momentos Mirtha e Irene descubren el paradero de Nuri y Cristian.
—Aquí estabas, flaquita –dice Mirtha–. Andábamos buscándote.
—¿Qué te pasa, amiga?, ¿Te peleaste con el tonto del Claudio? –pregunta preocupada Irene.
—No, tonta. Si con el Claudio terminamos hace rato ya. ¿No te acuerdas que te conté? Nunca pones atención cuando te cuento mis cosas –responde Nuri incorporándose, mientras limpia su falda.
—Lo que pasa es que tiene problemas con su papá –interviene Cristian.
—Me lo debí imaginar –dice Irene, mientras pasa su mano por la cabeza de Nuri en un gesto de consuelo–. ¿Te pegó otra vez ese viejo estúpido?
—¡Oye, no lo tratís' así tampoco, si es mi taita!. –responde Nuri molesta.
—Chís', además que te estoy defendiendo, la agarras conmigo –dice Irene sorprendida.
—Sí, pu' Irene, no la "embarrís" –interviene Mirtha condescendiendo con Nuri–. Si el taita de uno es el taita de uno. Puede ser un "balsa", un "desgraciado", pero es el taita de uno. ¿verdad Nuri?
Nuri se queda mirando interrogativamente a su amiga por un momento, sin responder, tratando de determinar si está hablando en serio o en broma.
—No me defiendas na' mejor, Mirtha –dice finalmente con mirada rogativa a su amiga– Quédate calladita no más, ¿ya?. "Me gustas cuando callas, por que estás como ausente" galla, ¿cachay?
La conversación termina entre las risotadas de las tres amigas y la mirada interrogativa de Cristian, quien se pregunta si alguna vez logrará entender a las mujeres...
Esa tarde, a la salida del colegio, Cristian observa que Nuri conversa con un muchacho de uno de los cursos superiores. Nota que la muchacha le entrega algo, de manera disimulada. Luego se despiden dándose la mano, cosa que llama de sobremanera la atención de Cristian, ya que Nuri nunca da la mano a nadie al despedirse. Se encuentra meditando en aquello mientras la muchacha se despide de él, con una seña, a lo lejos; algo perturbada al notar que Cristian la ha estado observando.
Al día siguiente La muchacha lo ha estado esquivando a propósito. Lo notó cuando rehuía su mirada durante clases, a pesar que ella se sienta ahora dos bancos más allá que él. Además en el primer recreo, Nuri no lo buscó para conversar, como lo hace habitualmente, y se dedicó a conversar con las otras muchachas del curso. Luego, cuando él intentó acercársele en el recreo de la tarde, ella hizo como que no lo veía y se metió al baño de las mujeres, y allí se quedó hasta el comienzo de clases. A Cristian se le hizo evidente que la muchacha no quería conversar con él. Por ello, y en aras de la paz (pensó), no intentó abordarla a la salida de clases. Sin embargo se acerca a Ulises, su compañero de clases, que se dirige a tomar la locomoción colectiva.
—¡Ulises!
—¿Ah? ¿Qué pasa Cristian?
—¿Vas muy apurado?
—No, ¿Porqué?
—Es que quería preguntarte algo...
—Sí. ¿Qué?
—¿Haz notado medio rara a la Nuri?
—¿Porqué, compadrito?
—No, es que pareciera como que no quiere hablar conmigo. Cuando trato de acercarme a ella para conversar, se hace la ‘loca’, y me rehuye.
—¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro. Al final opté por dejarla tranquila. ¿Estará enojada conmigo?
—¿Enojada? ¿Y porqué? ¿Le hiciste algo?
—No, pu’. Por eso me extraña. Desde la mañana que me rehuye.
—¿Y ayer?
—No, pu’. Ayer no.
—A lo mejor está molesta porque no le das “bola”, pu’ compadre.
—¿Por qué dices eso? Na’ que ver...
—Oye, por que tú eres el único que no se da cuenta que le gustai’, pu’ socio. ¿No te das cuenta que durante las clases se te queda mirando babosa?
—No lo había notado... ¿Estás seguro, Ulises?
—La legal, compadre. Pero yo creí que tú sabías y que te hacías el loco, porque no te gustaba.
—No. No lo sabía. Pobrecita...
—¿Pobrecita?, y ¿porqué, socio? ¿Porqué no te pegas un buen “atraque” con la flaca, y así la dejai’ contenta. Total, después le dai’ filo, y listo. Quedan como amigos.
—No. No podría. Sería mala clase si me aprovecho de sus sentimientos y después capaz que la deje peor. Acuérdate que sufre depresiones. Además no quiero pololear todavía.. Tú sabes. Creo que mejor esperaré a ser más adulto para tener novia, cuando esté seguro de mis sentimientos, y encuentre a la niña apropiada para mi.
Ulises se le queda mirando. Tratando de entender el extraño modo de pensar de su amigo. Extraño para él, por supuesto. Concluye que se debe a la vida provinciana que Cristian ha llevado hasta ahora.
—Parece que nunca te voy a entender, compadrito –dice–. Pero tú sabes lo que haces. Yo que tú, me atraco a la flaca y también a la Claudia, que es otra que se mea los churrines por vo’. Ja, ja, ja.
—Ulises, ¿crees que la Nuri ande metida con drogas? –dice, sin darse por aludido por el último comentario de Ulises.
—¿La Nuri?. ¿Porqué compadre? ¿La vio piteando?
—No, no –se apresura a responder–. No la he visto. Pero ayer la vi conversando con un gallo de 4to. medio, y me pareció que se escondía cuando le pasó algo al niño. Ella me vio que la observaba y se puso nerviosa. Me da la impresión de que por eso me rehuye.
—Capaz, pu’ compadre. La flaca a veces se pone media rara. A mi me cuesta entenderla. A veces anda re’ contenta y habla hasta por los codos. Y a veces no se la puede ni mirar. Ni a las niñas las cotiza cuando anda así. La única que a veces se le puede acercar cuando anda así, es la Mirtha. Y a veces hasta la Mirtha la tira al hielo, hasta que se le pasa.
—Bueno, es comprensible. El otro día me contó los problemas que tiene en su casa, con su papá y su madrastra. Pobre, me da más pena. Me imagino lo difícil que debe ser que los papás no te entiendan. Bueno, yo no tuve ese problema, porque a mi me criaron mis abuelos y nunca tuve problemas con ellos. Claro, problemas graves, me refiero.
—Yo también creo que es eso lo que la tiene así a la flaca. Pero ella también tiene culpa, porque no se les queda callada a los taitas. A mi me a contado las medias ni peleas que tiene con su viejo. Chis’, si yo le contestara la mitad de lo que ella le contesta al taita, mi viejo me asesina compadre.
—¿Tú crees que esté fumando droga, para evadirse o algo así?
—Alomejor, pu’. Bueno la flaca a veces ha fumado yerba. Pero nunca, que yo sepa, ha piteado ‘monos’. Una vez llegó a clases como medio atontada así. Parecía que andaba ‘cocida’. El profe de Matemáticas la mandó a la dirección a hablar con el señor Artíguez.
—¿El director?
—Seguro. Pero la Nuri le dijo que andaba dopada, porque el doctor le dio unas pastillas para los nervios, y se había tomado dos en vez de una.
—¿Y el director le creyó?
—Bueno, creo que sí, porque la flaca andaba con la receta y los remedios. Así que se los mostró al director, y él la mandó para la casa. Pero no pasó nada más.
—A lo mejor la pobre Nuri necesita que la lleven a un Psiquiatra o un Psicólogo para que le den algún tratamiento.
—¿A la flaca? –responde sorprendido Ulises–. Chis’ capaz que el pobre doctor termine loco en algún manicomio si trata de entenderla. Ja, ja, ja.
—Tienes razón. Ja, ja, ja, ja.
—Oye, Cristian. Me olvidaba decirte que el otro día andaba un compadre preguntando por ti a la salida del colegio.
—¿Por mí?¿Y quién era, Ulises?
—La dura que no sé, compadre. Pero era un loco medio raro. A mí me pareció “punga”.
—¿Punga? Cómo...
—Puchas, de veras que a ti hay que traducirte, ja, ja, ja. “Punga”, compadre, “cuma”, delincuente, maloso, maleante, “maldito”...malan...
—¿”Maldito”?
—Bueno, es un decir....
—No, es que me hiciste acordar de...
—¿De qué, compadre?
—No, de nada. No me hagas caso....
—Bueno, mejor me voy, Cristian. Nos vemos, chao...
—Chao...
Cristian no puede evitar intranquilizarse con el comentario que le hiciera Ulises. Está casi seguro que el muchacho que lo buscaba es el Claudio, el ex–pololo de la Nuri y miembro de “Los malditos”, el grupo de Licha. Tal vez quiera constatar si es verdad que no tiene nada con Nuri. De todos modos no le atrae nada la idea de encontrarse con él.
Esa semana concluye sin que Cristian logre acercarse a Nuri. La muchacha ha seguido rehuyéndolo sistemáticamente. Ese fin de semana su tío lo invita al cine con Nélida, pero Cristian se excusa. En realidad se siente mal ante las miradas de la joven. A veces ella lo ha sorprendido mirándola y le ha sonreído. Claro, él la encuentra bonita, pero jamás pensaría nada impropio con ella. Es más, Cristian se ruboriza ante sus miradas y le preocupa que ella vaya a pensar que él la mira con doble intención. Por eso prefiere no frecuentarla, aunque le intranquiliza recordar que últimamente sueña con frecuencia con ella, e incluso esa misma semana le perturbó haber tenido una emisión nocturna. ¿Cómo evitar esos sueños?... Está seguro que su abuelo sabría qué hacer. Pero ya no está con él para aconsejarlo como solía hacerlo. El lunes de madrugada Alfredo subió a su turno de trabajo en la minera. Le pesó no haber coincidido con el cumpleaños de su sobrino el sábado de esa semana, pero le dijo que ese día no faltara a tomar onces en casa de doña María, pues le había dejado un regalo con Nélida. A Cristian le agradó sin embargo, que le prometiera que a su siguiente bajada saldrían ellos dos solos a celebrar juntos.
Durante esa semana, el día jueves para ser más exacto, notó que Nuri lo miraba disimuladamente durante la clase de matemáticas. El profesor Leonardo Miranda, moreno, mediana estatura, bigotes gruesos, hermano de Nélida, quien reemplaza a su profesor habitual, trata de hacerse el gracioso con la clase, logrando que los festivos estudiantes se aprovechen de ello y armen un desorden que hace arrepentirse al maestro de haberles dado confianza. Pero con habilidad logra el control de los más desordenados.
—A ver “loquillos”... no sé cómo sea su relación con sus profesores, pero no quiero que confundan una clase amena con un cumpleaños de monos. ¿Estamos? –dice con seriedad–. Porque de lo contrario me obligarán a tener que “relegar” a algunos a la dirección y a transformar la clase en un campo de concentración nazi. ¿Les gustaría?... No, creo que no, ¿verdad?.
El silencio resultante le hace ver al profesor que no les gustaría.... Luego de pasear entre los escritorios sin proferir palabra, se detiene al lado de Nuri, y tocando su hombro, produce un sobresalto en la distraída muchacha...
— ¿Podría terminar de resolver el problema de la pizarra señorita....? ¿Cómo es tu nombre?...
— ¡Hay!. ¿Cómo?...Oh, perdone... Nuri Zamora, señor...
— Nuri... ¿Puedes resolver el problema por favor?
— ¿Yo...?
— Sí, tú... por favor.
Nuri se dirige a la pizarra, mientras saca apresuradamente el chicle de su boca. Luego traza unos números en el problema de álgebra y se queda indecisa en una de sus etapas.
— Parece que te equivocaste en el signo... menos con menos no puede ser menos...¿o sí?... –rectifica el profesor.
Nuri rectifica, sonriendo ante su involuntario error, y se dispone a terminar pero el profesor la interrumpe...
— Está bien, Nuri. Gracias. Puedes sentarte... Me gustaría que otro de tus compañeros continúe. Tú, por favor –dice dirigiéndose a Cristian–. ¿Puedes terminar el problema?.
Cristian, se pone blanco de susto ya que no ha entendido el ejercicio. Nuri al pasar a su lado le susurra al oído...
—“Treinta y dos partido por cuatro, igual ocho positivo”...
La joven regresa a su escritorio dando una sonrisa a Cristian sin que el profesor se percate. Esto da un aliento de confianza al joven, quien con cierta inseguridad, sigue las instrucciones de la muchacha y termina el ejercicio.
—Bien, muy bien... ¿Cuál es tu nombre, “loquillo”? –pregunta satisfecho el profesor Miranda mientras toma apuntes en un libro.
—Cristian Aliaga....Señor.
—¿Cristian Aliaga? ¿ No eres sobrino de Alfredo Aliaga, por casualidad?
—Sí señor, es mi tío.
—Con razón me sonaba tu nombre cuando pasé lista. Gracias “loquillo”. Les puse una anotación positiva a ti y a tu compañera. Puedes sentarte.
La clase continúa sin mayores inconvenientes, entre los chistes desabridos del profesor y las risas forzadas de los alumnos. Al final de la clase el profesor le pide a Cristian que se quede un momento, mientras Nuri se le queda mirando como tratando de decirle algo.
—Así que tú eres el sobrino de mi cuñado Alfredo –dice el profesor sonriente, mientras se sienta en una silla–. Alfredo habló conmigo para que te ayude en matemáticas, que según tu tío, no es tu fuerte.
—Sí, señor.
—Pero parece que hoy quedó demostrado que no es tan así ¿verdad? –pregunta el profesor mirando fijamente a Cristian, quién baja la vista avergonzado por saber que de no haber sido por Nuri, no habría sabido resolver el ejercicio en la pizarra.
—En... en realidad no... no es así, señor.
—¿No? ¿Y por qué?
—Porque... porque Nuri me ayudó. Yo no sabía el resultado... lo siento.
—¿Ah sí? ¿Y en qué momento te ayudó, que no me di cuenta? –responde el profesor muy sorprendido por la honradez del muchacho.
—Cuando paso por mi lado...
—¡Sorprendente!, ¡Increíble!
—Es que me lo dijo en voz baja –replica a modo de explicación el joven.
—No, si no me refiero al hecho de cómo lo hayan hecho, si no a que nunca he conocido a un alumno que reconozca delante de su profesor que hizo trampa en sus respuestas. ¿Tú eres siempre así?
—¿Así cómo?... No entiendo
—Así, tan... tan honrado... –responde el profesor sin ocultar su admiración por la confesión del joven. –Te felicito, haz recibido una excelente educación de tus padres.
—En realidad fueron mis abuelos quienes me criaron. Mis padres murieron cuando yo era muy niño.
—Lo siento. Alfredo ya me lo había dicho. Y tu compañera, Nuri, ¿es tu polola o algo así? –agrega el maestro, cambiando el giro de la conversación.
—¿Nuri?, No, no. Somos solo amigos. Yo no pololeo. No me gusta. –responde el joven sonriente y un tanto ruborizado por la pregunta.
—¿No te gusta? Yo no la encuentro tan mal, y se ve que tú si le gustas porque me fijé que te miraba bastante durante la clase –dice el maestro, con cierta picardía en su comentario.
—Me refiero a que no me gusta pololear.
—¡Hay mamá! ¡Esto sí que es extraordinario!... Supongo que no eres... no eres...
—Ja, ja, ja. No... no soy gay –responde divertido el joven al notar la expresión de preocupación poco disimulada del profesor –. Todos me preguntan eso cuando les digo que no me gusta pololear. Pero en realidad no es que no me guste, es que pienso que uno debe pololear cuando tiene la edad suficiente para casarse y tomar responsabilidades. No antes...
—¿Y porqué piensas eso? Yo no veo nada malo en que los jóvenes expresen sus sentimientos, especialmente si sus intenciones son buenas. ¿No crees?
—Es que no es cosa de solo expresar los sentimientos.
—¿Ah no?
—Bueno yo pienso que no. Yo creo que los adolescentes no estamos preparados para enfrentar desengaños amorosos, por ejemplo. Me contó una amiga que una niña se suicidó tirándose al mar porque su pololo la dejó.
—Bueno pero ese es un caso extremo. Existen muchos jóvenes que no se suicidan por eso ¿o no?
—Sí pero... ¿Quién puede saber cómo reaccionará uno si sufre un desengaño así?, o cómo reaccionará su polola... Yo no podría vivir con un sentimiento de culpa así. Además existe el peligro que uno no pueda retenerse, y capaz que deje embarazada a una niña y sienta la obligación de casarse con ella. Y no va a esperar salir de la escuela para casarse ¿verdad? Y si se casa y tiene que trabajar, tiene que dejar la escuela y qué clase de trabajo puede encontrar uno si no ha completado sus estudios...y ....
—Oye, oye, ya, ya... Está bien... está bien. Ya entendí. –interrumpe el profesor poniéndose de pié– La verdad es que no puedo rebatir tus argumentos. Debo reconocer que son bastante... convincentes. Pero aún sigo pensando que pololear no tiene nada de malo. Pero no voy a discutir contigo. De todos modos agradezco tu honradez. Creo que eso te enaltece. Y en cuanto a Nuri....
—Por favor no la vaya a castigar, ella lo hizo porque me aprecia –se apresura a interrumpir Cristian–. Además está pasando por un mal momento y anda muy deprimida...
—No, no te preocupes. No soy tan mala leche, “loquillo”. Lo que quería decir es que ella parece estar muy interesada en ti, y no estaría nada de malo que le prestaras algo de tu atención.
—Bueno, yo he tratado de acercarme para ayudarla, pero me rehuye, y no se porqué.
—¿Te rehuye? Qué raro. A ver, espérame un rato...
Sin agregar palabra, el profesor sale de la sala dejando a Cristian sorprendido. Al cabo de un momento regresa con Nuri quien trae un rostro de interrogación, al igual que el que pone Cristian cuando los ve aparecer por la puerta...
—Bueno. Aquí está la muchacha –dice el profesor sonriente–. Los dejo solos para que arreglen sus diferencias –agrega en voz baja, en tono de complicidad, saliendo de la sala y cerrando la puerta tras de sí.
Por un momento los dos jóvenes se miran confundidos, sin atinar a decir palabra por la sorpresa que les causa la inesperada situación. Al cabo de un instante Nuri rompe el silencio, con un tono lastimero...
—¿Estás enojado conmigo, “cachito”?
—¿Yo? Claro que no, flaquita. Yo pensaba que tú eras la que estaba enojada conmigo. Como me has estado rehuyendo toda esta semana... ¿Qué pasa? ¿Qué hice que te molestó?...
—Tu no me haz hecho nada Cristian. Lo que pasa es que... –la muchacha guarda silencio como tratando de no decir nada inapropiado–. Es que me da vergüenza decirlo...
—Decir ¿qué, Nuri?
—¿Te acuerdas que yo te dije que iba a hablar con el estúpido del Claudio, mi “ex”?
—Sí, lo recuerdo... ¿Qué pasa con él?
—Na’, es que yo la muy... tará’, pensé que si le paraba los carros y lo amenazaba con mis amigos, él te iba a dejar tranquilo...
—¿Y...?
—Na’, que resulta que fui a verlo y le dije que si te hacía algo, se las iba a ver con mis amigos, que son malandras...
—Nuri... –replica con un gesto de impaciencia el joven– ¿Para qué hiciste eso? Te dije que no era necesario...
—Bueno, el caso es que ya lo hice, pu’ “cachito”. Y cuando le dije quienes eran mis amigos, se rió de mi y me dijo que a esos dos, una tal Licha, los había mandado al hospital a los dos juntos...
—¿Licha?
—Sí. ¿La conoces?
—Bueno... algo... –dice Cristian un tanto turbado–. Me han hablado de ella.
—La cuestión es que cuando el Claudio me dijo eso, yo no le creí y seguí echándole la bronca. Después el desgraciado me fue a ver a mi casa, y venía con una mina re’ chora’ que en cuanto me vio, me preguntó si era cierto que yo estaba pololeando contigo.
—¿Ella fue a verte?... ¿ A tu casa?... No puedo creerlo...
—Sí. ¡La tal “Licha” esa!...Y yo le dije que quién le daba vela en este entierro, que se metiera en sus asuntos, y que yo hacía lo que yo quería y que nadie me iba a estar diciéndome lo que yo quiero o no quiero hacer... y...bueno tú me conoces, la embanderé a garabatos...
—Hay, no, Flaquita. No me digas....
—¿No te digo? ¡Mejor no hubiera dicho na’, “cachito”!. La loca me mandó ni qué tremendo puñete en la guata, que me dejó sin respiración. Y mientras yo trataba de sacar el aliento, me agarró de las mechas y me dijo que si seguía pololeando contigo, me iba a ir a buscar a mi casa y me dejaría todos los huesos rotos. No pude ni explicarle que yo no pololeo contigo... ¡Si no podía ni respirar! –dice Nuri, gesticulando con sus manos.
—Puchas’, flaquita, para qué te le enfrentaste.... –dice con pena el joven.
—Y eso no es nada....
—¿Ah, no?, ¿Hay más?...
—Claro, pu’. Cuando fui a buscar a mis amigos para que me defendieran y fuéramos a “fletear” al Claudio y a la loca, al principio estaban de acuerdo y se les arrancaban las “patas” por ir a meterlos en un saco de combos. Pero cuando les nombré a esa tal “Licha”, se les hizo agua los helados, y me dijeron que ni que estuvieran locos se meterían con ella. Que esa loca era veneno, y que no sé a cuantos gallos había mandado al hospital, y que incluso a uno le había hecho un tajo desde el “pupo” hasta la oreja, y que al compadre cuando se la nombran se mea en los pantalones. Putas’, y ahí me dio julepe, porque la loca me dijo que tenía amigos en el liceo y que ellos le iban a contar si me veían contigo. Y yo no quiero que la loca te vaya a hacer algo, “cachito”. Por eso que he estado evitándote.
—Hay, flaquita. Yo no tenía idea... Creía que estabas enojada conmigo o porque...
—¿O porqué, “cachito”?...
—No, nada... ¿Y... la muchacha esa... te dijo si me iba a hacer algo a mí?...
—Bueno, no dijo exactamente eso, pero es obvio, pu’ Cristian. Si está claro como el agua, que ese estúpido del Claudio le pidió que me amenazara y que impidiera que tu te me acercaras, porque ese día que la loca me golpeó en el estómago, el Claudio me dijo que yo era su mina, y que no iba a permitir que nadie se me acercara, y que si quería que no te hicieran nada, tenía que volver con él.
—Y esa...tal...”Licha”, ¿me ubica? Es decir... ¿Sabe quien soy?...
—Bueno, no sé. Creo que sí, porque cuando me preguntó si pololeaba contigo, dijo tu nombre completo “Cristian Aliaga”... ¿Porqué “cachito”? ¿Crees que te pueda venir a golpear al colegio?
—No, no creo... Es decir no sé, pero no creo que se tome todas esas molestias...
—No te confíes, “cachito”, esa loca, es re’ peligrosa. Yo ya averigüé acerca de ella, y lo que me contaron, me dejó pa’dentro. Mejor es que no nos vean juntos en el liceo, para que no te vayan a hacer algo... ¿me perdonas?...
—Pero de qué te voy a perdonar, flaquita... si tú te haz arriesgado por ayudarme... na’ que ver...–responde condescendiente el joven, acariciando la cabellera de la muchacha.
—Es que yo te iba a ayudar, y mira en qué resultó todo. Me da vergüenza que tenga que estar escondiéndome de ti como una maldita cobarde, para que no te hagan nada. Esta lesera me tiene super deprimida, ¿sabís’, “cachito”?. Ya ni con pastillas puedo dormir...
La muchacha pone su cabeza en el hombro de Cristian, evitando mirarlo a los ojos, por vergüenza.
—No, flaquita. No es tu culpa. Pero no te preocupes. Yo creo que puedo arreglarlo...
—¿Túu?, ¿Y cómo podrías?... –replica sorprendida la muchacha, abriendo sus ojos.
—Ahora no te puedo decir nada, pero confía en mí. Esta situación va a cambiar...
La muchacha se le queda observando interrogativa, sin atinar a imaginarse cómo podría su tímido amigo arreglar la situación.
Cristian se queda meditando en cómo se han dado las cosas y tratando de imaginar cómo lo aconsejaría su abuelo en esos transes. Seguro que él diría: “A las mujeres no hay que tratar de entenderlas, chatito, si no de complacerlas”, como solía decir. Eso le da una idea de lo que tiene que hacer.... y espera que su abuelo tenga razón...
FIN DEL CAPÍTULO 15
Novela inédita hambientada en los años 1980, en Antofagasta, cuidad nortina del país de Chile.
miércoles, enero 02, 2008
viernes, diciembre 07, 2007
—METAMORFÓSIS— Cap. 14
Capítulo 14
"METAMORFOSIS"
Las sombras largas de la tarde dan paso a la incipiente oscuridad que es traspasada por las débiles luces del alumbrado público del barrio. Los pasos de la muchacha se dirigen, rápidos y decididos. Su caminar, un tanto inseguro, delatan la poca costumbre de llevar tacos. La falda prudentemente corta, hacen lucir sus medias oscuras. Su cabello largo castaño, bien peinado, hace lucir más agraciado su rostro delicadamente maquillado. Al llegar a su destino, duda un instante en llamar a la puerta. Luego toca decidida... Al cabo de un instante se abre la puerta...
—¿ Qué.....?
Tito siente que la respiración se le detiene por la sorpresa. De forma instintiva trata de cerrar la puerta. Sin embargo la muchacha se lo impide con el pie.
— ¡Oye! ¿Qué te pasa?... ¿De esa forma tratas a las damas? –dice la joven sonriendo.
—¿Licha..? –pregunta frunciendo el ceño, incrédulo, tratando de reconocer a la temida muchacha.
Ahora está seguro... ¡Es Licha!... Pero, ¿con falda?... ¿Y maquillada?... ¿Y en su casa? La sorpresa apenas lo deja gesticular...
—¿Qué..qué...¡ Qué onda! ¿Eres tú?...
—Sí, soy yo, loco. ¿Cuál es el drama? –dice la joven poniendo una de sus manos en el dintel de la puerta y la otra en su cintura–. ¿Qué viste un marciano que baboseas tanto?
—No, no. Es que yo creí que tu... es decir que yo no... ¿Qué onda comadre?... ¿qué quieres?..
—No te emociones tanto, loquillo. No es a ti a quien deseo ver.
—¿Entonces?...
—Quiero que llames a Cristian....
—A... ¿a Cristian? –pregunta Tito, nuevamente frunciendo el ceño, sin comprender.
—¿Estás sordo, loquillo?... Sí, a Cristian. Dile que deseo hablar con él.
—Es que Cristian no vive aquí... Es decir, no aquí en mi casa. Vive en la pieza del Patio –responde el confundido muchacho. Se pregunta qué tendrá que hablar Licha con Cristian. De pronto le asaltan malos presentimientos...
—Sí, ya sé. Él me lo dijo. Pero por eso, llámalo y dile si puede venir un poco ¿Okey? –la muchacha parece impacientarse con los devaneos de Tito.
—¿Él te lo dijo?... –repite el muchacho, llevándose una mano a la frente, sin poder dar crédito a lo que acaba de escuchar...
—¿Lo vas a llamar, o me vas a tener aquí parada como estúpida, toda la noche?...
—Oye, tranquila, comadre. Tranquila –responde, tratando de reponerse–. Mira, Él y su tío tienen la entrada por el portón metálico de allá –dice señalando.
—Podías haberlo dicho antes. Así nos ahorrábamos la baba, loquillo –responde la muchacha, un tanto molesta.
—¿Y para qué lo necesitas...?
—Eso es un asunto que a ti no te interesa, gil.
Sin agregar más, da la vuelta y se dirige al portón metálico, Dejando a Tito con una mezcla extraña de sorpresa, temor y una enorme curiosidad. Rápidamente se dirige a su ventana que da al patio, llamando desesperadamente a Cristian.
—¡Cristian!.... ¡Compadre!...¿Está ahí?....
—¿Qué pasa Tito? –responde Cristian asomándose por la puerta del cuarto, en el mismo instante en que se sienten los golpes de Licha en el portón metálico–. Estoy estudiando...
—¡No vaya a abrir, compadre! No me va a creer, pero la Licha, la de los “Malditos” lo viene a buscar. Es ella la que está golpeando ahora –dice, tratando de bajar la voz para que la muchacha no lo escuche.
—¿Quée?...
—Lo que oye, compadre... La Licha. Y dice que tú le dijiste que viniera...¿Qué onda compadre?
—¿Que yo le dije que viniera? –repite Cristian tratando de ordenar sus pensamientos.
—Sí así dijo ella.. La verdad es que yo no entiendo nada, compadrito.
Nuevamente se sienten los golpes en el portón, lo que produce que ambos jóvenes guarden silencio, mirándose uno a otro, confundidos... Al cabo de unos segundos de indecisión, Cristian se dirige a abrir...
—¡Compadre no vaya! –dice urgido, Tito–. Capaz que me lo manden a la posta, compadre...
Cristian lo mira, sin responder, y se dirige con determinación hacia la entrada. Al abrir, se encuentra con el rostro sonriente de Licha. Le sorprende verla vestida en forma tan femenina. Definitivamente se ve más bonita, sin sus eternos jeans azules y su chaqueta de cuero. Hasta se ve mas mujer.
—Hola, Cristian –dice con voz suave, tratando de parecer interesante.
—Hola, Licha. Qué sorpresa. No esperaba...
—¿Qué viniera?... Bueno, ya ves... Aquí estoy –interrumpe sonriente, mientras se arregla el cabello.
Tito se asoma por la ventana que da a la calle, tratando de observar toda la escena con sus ojos sorprendidos y desmesuradamente abiertos. Al mismo tiempo trata de ocultarse para no ser visto por la muchacha. Su hermana, Marcia, se acerca por detrás tocando su hombro, lo que provoca un sobresalto en su hermano.
—Tito..
—Ay, tonta, que me asustaste...
—¿Qué son todas esas carreritas de acá para allá? ¿Qué estás viendo?...
—No lo vas a creer... ni yo mismo lo creo...¡El Cristian está conversando con la Licha, de los “Malditos”, y conversan de lo mas tranquilos... Yo casi me meo en los pantalones cuando vino a buscarlo aquí...
—¿Licha? ¿ No es esa niña que mandó al hospital a esos amigos tuyos la otra vez?...
—La misma, comadre. La misma. ¡Y lo más loco, es que se puso vestido! ¿Te lo puedes imaginar?
—A ver..?
Marcia se asoma por la ventana para otear mejor. Mientras tanto Cristian ha salido fuera de la casa y se apoya con un pié en la pared, mientras Licha se reclina, semisentada, en el borde de la cerca del antejardín.
—Qué pena... –dice la muchacha, en respuesta al haberse enterado de la situación de Cristian–. ¿Y echas mucho de menos a tus padres?
—Bueno, en realidad extraño más a mi abuelo. Eramos muy amigos. Mis papás murieron cuando yo era más chico, y ya me había resignado. Pero a mi abuelo... Lo perdí hace poco. Antes de venir a esta ciudad.
—Creo que te entiendo. Yo era " yunta" con mi hermano Pepe. Todavía no me conformo que los “gatos pardos” lo hayan matado.
Tito y Marcia, que han escuchado el comentario de la muchacha se miran entre sí...
—¿Los “gatos pardos”?. ¿No son esos amigos tuyos? –pregunta Marcia, quedo y preocupada–... ¿Es cierto lo que dice la chica?...
—¿Estás loca?... Los cabros’ del grupo no tienen nada que ver con eso. A ese compadre se lo “echaron” los narcos.
—¿Y tú, cómo la sabes?...
—Porque lo sé. Eso es suficiente...
—¿Cómo que es suficiente?... No puedes decir que es suficiente y quedarte ahí muy tranquilo...
—Shisst... No dejas escuchar... –dice Tito, desviando la atención.
Tito, no quiere voltear a mirar a su hermana, que no quita la vista de él, como si quisiera descubrir en los ojos de su hermano, la respuesta a sus dudas. Marcia siente la risa de Licha, que la hace distraer sus pensamientos, y acercarse a la ventana.
—Ja, ja, ja. ¿Es verdad que tenías miedo?...
—Claro. Casi me desmayé cuando te apareciste así tan de repente... Por un momento creí que me ibas a dar un golpe de karate o algo así, ja, ja, ja.
—Ja, ja , ja. ¡Qué tierno!, Pobrecito...
—¿Por tener miedo?
—No, tonto, ja, ja, ja. Por ser así, tan... tan lindo... Te sonrojaste... –dice la muchacha, acariciándole la barbilla.
Cristian siente nuevamente sus orejas ardientes, para su pesar. Tito mira incrédulo a su hermana. No acierta a comprender qué está pasando...
—¿Ves lo que yo estoy viendo, Marcia?.... –dice Tito abriendo desmesuradamente sus ojos–. Todavía no puedo creer lo que... ay, Dios. ¡Qué onda!... ¡La loca más peligrosa del mundo... ablando que “es tierno”, “qué lindo”...
—Yo sé lo que estoy viendo, tonto.... Una mujer enamorada...
—¿Enamorada?...¿ Del “monje” Cristian?...¡Estás loca!...–responde Tito frunciendo el ceño, y llevándose ambas manos a la cabeza.
—Que eres tonto, Tito. ¿Por qué otra cosa, una muchacha que nunca se ha preocupado por lo que piensen los demás, se viste de dama, se pone tacos, pantis, y habla de “ternura”, y se arriesga a venir, de noche, donde sabe que la pueden agredir tus “amigotes”?... Esa niña está enamorada... Y me alegro por ella, pobre chica... me da pena...
—¿Pena? ¿Por la “Rambo”, con pechugas?... ¿Estás loca?...
—¿No me contaste tú mismo, que no tiene papás, y que su único hermano es un delincuente?...
—Si pero, ella es más peligrosa que mono con navaja. Yo no me le acercaría ni en broma, comadre... Pobre “monje”Cristian...
—¿Y qué querías si no le dejaron otra alternativa, que ser así para protegerse?... Y no compadezcas a Cristian. Parece que él tiene la situación bastante controlada... Mira....
Marcia llama la atención de su hermano para que vea por la ventana. Licha se ha acercado bastante al joven, y le habla en voz baja, lo que obliga a los hermanos a esforzarse por tratar de escuchar...
—¿Tú nunca has pololeado?...Quiero decir, ¿nunca has... estado con una niña? ... –pregunta Licha, mientras arregla el botón de la camisa de Cristian.
—¿Yo? No, nunca...es decir, no me... no me gusta pololear... –responde balbuceando.
—¿No te gusta?...¿Y por qué?...
—Porque... porque... Bueno, por que es cruel –responde Cristian, recordando las palabras de doña Soledad.
—¿Cruel? ¿Cruel, dices?... ¿Y por quée? ¿Qué onda?...
Marcia y Tito contienen la respiración, observando la extraña escena del joven tratando de rehuir a Licha, y a la muchacha acercándose más y más a Cristian, arrinconándolo contra la pared.
—¿Cuántos años tiene la niña, Tito? –pregunta susurrando Marcia, procurando no ser escuchada por los jóvenes.
—¿La Rambo?... Dicen que diecinueve...–susurra también Tito.
—¿Y Cristian?...
—Diecisiete... ¿Por qué?
—Pues por que estamos a punto de presenciar la violación de un menor de edad...ji, ji, ji –ríe susurrando.
—No te rías, comadre. Conociendo al “monje”, debe estar sufriendo de verdad. Pobre Cristian, hasta aquí no más le dura el “virginado”.
—Shisttt...
Marcia hace callar a su hermano, para poder seguir escuchando:
—¿A ver, Cristian? Explícamelo de nuevo, no lo entendí bien... ¿Por qué es cruel?
—Mira, Licha. Cuando uno se pone a pololear con alguien, se va enamorando más de esa persona...
—¿Y?... ¿Eso es malo?...
—No, no es que sea malo en sí. Lo que pasa es que uno sufre por estar enamorado, sin tener ningún compromiso serio. Y como no puede casarse aún, es muy doloroso. Ahora, si esa otra persona, deja de interesarse en uno, ya que no hay ningún compromiso, puede sufrir más aún. Incluso puede que una persona hasta se quite la vida por eso... ¿Entiendes?
—“Sí”...
—¿”Sí”?... –Le extraña que Licha concuerde.
—Sí. Si lo entiendo, loquito. ¿Recuerdas que te comenté que desde esa roca en la que estábamos conversando, se había tirado al mar, una comadre?...
—Sí. Lo recuerdo...
—Ahí pasó lo que tú dices. La comadre se “bajoneó”, porque su “mino” la dejó, y se tiró al mar. Mala onda...
—Qué pena... y ¿era joven?... –pregunta Cristian.
—Quince años...
—¿Quince...? ¡Que tragedia!...-dice sinceramente el joven.
—Los viejos casi se volvieron locos. ¿No vis' que yo la conocía?. Pa’ más, ellos mismos le habían dado permiso para salir con el “mino”...
—A mí me llama la atención ver a niños tan “periquitos”, andar de la mano, y besándose en la calle. Allá donde yo vivía, eso no se ve. Si un joven se quiere casar, se pone de novio, y listo. Sin drama. –dice Cristian tratando de emular la manera de hablar de Licha.
—Pero tú... ¿nunca habías besado a alguna comadre? –pregunta Licha, casi susurrando.
—No... Nunca... Bueno, solo esa vez que tú...
—¿Nunca? ¿Nunca has..."estado" con una mujer?... ¿Nunca has pololeado?... ¿Nunca te habían besado?... –pregunta sorprendida, y complacida, a juzgar por su sonrisa–. Osea que... yo...
—Cristian baja su vista, por toda respuesta, sonrojado.
—Ay... Otra vez te pusiste colorado... Qué lindo, –dice, acariciando la barbilla del joven.
—La muchacha trata de besar a Cristian, y éste se retrae, esquivando sus labios.
—¿Qué te pasa? –exclama sorprendida–. ¿Acaso no te gusto?
—No es eso. Tú eres muy bonita –responde nervioso.
—¿ Y entonces?...
—Ya te lo dije... No quiero pololear todavía. Antes quiero estar seguro de mis sentimientos. Además, todavía estoy estudiando, y me falta mucho para pensar en buscar novia.
—¿Y para qué?... No pensarás casarte conmigo ¿verdad? ¿Porqué eres tan complicado, loquillo? –dice la muchacha, impaciente–. ¿Cómo no te conformas con pasarla bien, y listo? Yo puedo enseñarte a conocer el amor...
—La muchacha vuelve a intentar besar al joven. Este la retira de sí, lo que provoca a la muchacha, que lo toma por la solapa. Cristian, por dignidad, trata de permanecer lo más sereno que le es posible, mirándola fijamente a los ojos...
—Mira, pendejo... –la muchacha habla lento, pero como mordiendo las palabras, molesta–. Muchos, muchos "minos" del barrio, matarían por estar una sola noche conmigo... ¿Cachay? ¿Quién te crees tú para rechazarme? Pa' que te vayas enterando, a mí nadie, nadie ¿me oíste bien?....nadie me ha rechazado nunca...
La mirada de la muchacha se clava en los ojos de Cristian, quién, extrañamente para él mismo, logra mantener la calma, sin perturbarse. En la ventana, Marcia ve con preocupación cómo se vuelcan los acontecimientos en contra de Cristian, e increpa a su hermano...
—¡Oye Tito!, ¿ No ves lo que está sucediendo?...
—Tranquila, loca... Si no soy ciego... Está a punto de venir la ambulancia a recoger a otro paciente para la posta... Eso es lo que está pasando, comadre...
—¿Y no piensas ir a defenderlo? ¿ Acaso no es tu amigo?....
—¿Estás enferma, comadre? –exclama escandalizado, el joven–. ¿Que no sabes lo que esa "minita indefensa" les hizo al "Jhony" y al " Cabezón"? ¡Y a los dos juntos!... Y eso que esos locos son los más bravos del grupo. Ahora les nombran a la mina, y se mean en los pantalones, comadre... ¿Y tú quieres que yo, flaquito y desnutrido, me la vaya a enfrentar solo? ¡Oye!, si estoy muy joven para morir, comadre...¡Ni que estuviera loco!... No, nó y nó... Anda vo' a defenderlo, si eres tan valiente, pu' loca –enfatiza el muchacho.
—¡Cobarde!... –dice Marcia, mirando disgustada a su hermano–. Todos los hombres son unos gallinas cuando se les necesita...
—¿ Don Alfredo también? –pregunta Tito, con una sonriente e irónica mirada.
—"Estúpido" –responde la joven, dando un pellizco en el brazo a su hermano.
—¡Aay!... Ya se picó la loca. No le gusta que le di... ¡Mira!... –dice Tito, llamando la atención de su hermana a lo que Cristian y Licha están conversando...
La muchacha presiona su cuerpo sobre Cristian que está arrinconado contra la pared, mientras aún lo sostiene por la solapa...
—¿Y qué dirías si aquí mismo te dejo la "jeta" como membrillo corcho, para que nunca puedas "babosear" a nadie más? ¿Ah? –pregunta Licha al joven, que ha logrado mantenerse extrañamente tranquilo.
—Yo sé que no lo harías –responde tranquilamente el joven.
—¿Ah, no?...¿Y se puede saber por qué no? –pregunta desafiante.
—Por que eres una dama –responde tranquilamente el joven–. Y yo sé que en el fondo, tienes un corazón muy sensible. Lo noté cuando te emocionó el que te regalara mi reloj. Eso me gustó mucho de ti. Sé que no me defraudarás...
La muchacha se le queda mirando, sorprendida. No esperaba una respuesta así. Nunca le habían hablado de ese modo. Por un instante le observa indecisa. Luego da media vuelta, y en forma intempestiva, se aleja corriendo. En la ventana, Tito y Marcia se miran sorprendidos por el desenlace de los acontecimientos. Cristian se queda observando a la muchacha que se aleja. Recuerda cuánto le gustaba enfatizar a su abuelo, que a las mujeres se les debe tratar con ternura y consideración. No importa el origen o educación que tuvieran. "Son mujeres –decía–, y eso basta para hacerlas dignas de respeto y consideración.". No puede dejar de pensar que el aplicar ese criterio, le ha librado de ir a dar al hospital, con la boca "como membrillo corcho", y con más de algún hueso roto.
Tito, pasada la sorpresa inicial, sale corriendo de su casa para ver a su amigo...
—Compadre... ¿Qué pasó? Me tenía re' preocupado... –dice agitado, mientras su hermana observa desde la ventana, la cual ha abierto completamente.
—¡Después de la batalla todos nos ponemos valientes! –dice irónicamente a su hermano.
—¡Cállate, "cuica"!. Tú tampoco hiciste nada, comadre –responde Tito–. ¿Qué le dijo, compadre que se fue corriendo? –pregunta dirigiéndose a Cristian.
—Que no creía que ella me haría daño. Que era una dama –responde–. ¿Estabas escuchando...?
—Claro, pu' compadre. No creerá que lo iba a dejar sólo con la "Rambo". Ya estaba a punto de meterme a defenderlo, cuando ella se fue –dice en voz baja, tratando de que su hermana no lo escuche.
—Tito, ven a secar el orín del piso, que mojaste. Ja, ja, ja ¡Mentiroso! –Le reprocha desde la ventana, Marcia quien ha escuchado el comentario de Tito.
—¡Cállate, "cuica"! No le haga caso compadre –responde Tito, dirigiéndose ahora a Cristian, mientras su hermana cierra la ventana–. Está picada por que la molesto con don Alfredo. Oiga socio, tiene hartas' cosas que contarme ¿ah?. ¿Qué onda, con la "Rambo", compadre?
Cristian relata a su amigo, los últimos acontecimientos que produjeron la visita de la muchacha a su casa. El muchacho se toma la cabeza a dos manos a medida que Cristian describe los sucesos.
—Oiga, compadre... Usted se las traía calladito no más ¿ah? –dice riendo el jovenzuelo–. ¿Quién se iba a imaginar que la "Rambo con pechuga" iba a quedar babosa por alguien, y por usted más encima, Ja, ja, ja.
Cristian mira interrogativamente a su amigo, extrañado.
—Oiga, oiga... No me interprete mal pu' compadre –se apresura a aclarar el muchacho, mostrando las palmas de sus manos–. Lo que quiero decir es que como usted es tranquilito, quitado de bulla...
—Está bien, Tito. Entiendo, no te preocupes. De todos modos no tengo intenciones de pololear todavía.
—Oiga, compadre. No esté tan seguro. Mire que cuando a la "Rambo" se le pone algo en la cabeza... No creo que lo vaya a dejar tan tranquilo así no más. ¿Sabe, socio? –dice Tito, poniendo su brazo alrededor de Cristian–. Después de todo le conviene estar de enamorado con la "Rambo". ¿Dónde va a encontrar otra guardaespaldas mejor, compadre?. Cuando se corra el cuento, todos le van a agarrar miedo. Capaz que... hasta lo consideren el "Padrino" del barrio, Ja, ja, ja, ja.
—No te atreverás a...
—Tranquilo, compadre —responde guiñando un ojo–. De esto no se entera nadie... al menos nadie fuera de Sudamérica, Ja, ja, ja, ja...
"METAMORFOSIS"
Las sombras largas de la tarde dan paso a la incipiente oscuridad que es traspasada por las débiles luces del alumbrado público del barrio. Los pasos de la muchacha se dirigen, rápidos y decididos. Su caminar, un tanto inseguro, delatan la poca costumbre de llevar tacos. La falda prudentemente corta, hacen lucir sus medias oscuras. Su cabello largo castaño, bien peinado, hace lucir más agraciado su rostro delicadamente maquillado. Al llegar a su destino, duda un instante en llamar a la puerta. Luego toca decidida... Al cabo de un instante se abre la puerta...
—¿ Qué.....?
Tito siente que la respiración se le detiene por la sorpresa. De forma instintiva trata de cerrar la puerta. Sin embargo la muchacha se lo impide con el pie.
— ¡Oye! ¿Qué te pasa?... ¿De esa forma tratas a las damas? –dice la joven sonriendo.
—¿Licha..? –pregunta frunciendo el ceño, incrédulo, tratando de reconocer a la temida muchacha.
Ahora está seguro... ¡Es Licha!... Pero, ¿con falda?... ¿Y maquillada?... ¿Y en su casa? La sorpresa apenas lo deja gesticular...
—¿Qué..qué...¡ Qué onda! ¿Eres tú?...
—Sí, soy yo, loco. ¿Cuál es el drama? –dice la joven poniendo una de sus manos en el dintel de la puerta y la otra en su cintura–. ¿Qué viste un marciano que baboseas tanto?
—No, no. Es que yo creí que tu... es decir que yo no... ¿Qué onda comadre?... ¿qué quieres?..
—No te emociones tanto, loquillo. No es a ti a quien deseo ver.
—¿Entonces?...
—Quiero que llames a Cristian....
—A... ¿a Cristian? –pregunta Tito, nuevamente frunciendo el ceño, sin comprender.
—¿Estás sordo, loquillo?... Sí, a Cristian. Dile que deseo hablar con él.
—Es que Cristian no vive aquí... Es decir, no aquí en mi casa. Vive en la pieza del Patio –responde el confundido muchacho. Se pregunta qué tendrá que hablar Licha con Cristian. De pronto le asaltan malos presentimientos...
—Sí, ya sé. Él me lo dijo. Pero por eso, llámalo y dile si puede venir un poco ¿Okey? –la muchacha parece impacientarse con los devaneos de Tito.
—¿Él te lo dijo?... –repite el muchacho, llevándose una mano a la frente, sin poder dar crédito a lo que acaba de escuchar...
—¿Lo vas a llamar, o me vas a tener aquí parada como estúpida, toda la noche?...
—Oye, tranquila, comadre. Tranquila –responde, tratando de reponerse–. Mira, Él y su tío tienen la entrada por el portón metálico de allá –dice señalando.
—Podías haberlo dicho antes. Así nos ahorrábamos la baba, loquillo –responde la muchacha, un tanto molesta.
—¿Y para qué lo necesitas...?
—Eso es un asunto que a ti no te interesa, gil.
Sin agregar más, da la vuelta y se dirige al portón metálico, Dejando a Tito con una mezcla extraña de sorpresa, temor y una enorme curiosidad. Rápidamente se dirige a su ventana que da al patio, llamando desesperadamente a Cristian.
—¡Cristian!.... ¡Compadre!...¿Está ahí?....
—¿Qué pasa Tito? –responde Cristian asomándose por la puerta del cuarto, en el mismo instante en que se sienten los golpes de Licha en el portón metálico–. Estoy estudiando...
—¡No vaya a abrir, compadre! No me va a creer, pero la Licha, la de los “Malditos” lo viene a buscar. Es ella la que está golpeando ahora –dice, tratando de bajar la voz para que la muchacha no lo escuche.
—¿Quée?...
—Lo que oye, compadre... La Licha. Y dice que tú le dijiste que viniera...¿Qué onda compadre?
—¿Que yo le dije que viniera? –repite Cristian tratando de ordenar sus pensamientos.
—Sí así dijo ella.. La verdad es que yo no entiendo nada, compadrito.
Nuevamente se sienten los golpes en el portón, lo que produce que ambos jóvenes guarden silencio, mirándose uno a otro, confundidos... Al cabo de unos segundos de indecisión, Cristian se dirige a abrir...
—¡Compadre no vaya! –dice urgido, Tito–. Capaz que me lo manden a la posta, compadre...
Cristian lo mira, sin responder, y se dirige con determinación hacia la entrada. Al abrir, se encuentra con el rostro sonriente de Licha. Le sorprende verla vestida en forma tan femenina. Definitivamente se ve más bonita, sin sus eternos jeans azules y su chaqueta de cuero. Hasta se ve mas mujer.
—Hola, Cristian –dice con voz suave, tratando de parecer interesante.
—Hola, Licha. Qué sorpresa. No esperaba...
—¿Qué viniera?... Bueno, ya ves... Aquí estoy –interrumpe sonriente, mientras se arregla el cabello.
Tito se asoma por la ventana que da a la calle, tratando de observar toda la escena con sus ojos sorprendidos y desmesuradamente abiertos. Al mismo tiempo trata de ocultarse para no ser visto por la muchacha. Su hermana, Marcia, se acerca por detrás tocando su hombro, lo que provoca un sobresalto en su hermano.
—Tito..
—Ay, tonta, que me asustaste...
—¿Qué son todas esas carreritas de acá para allá? ¿Qué estás viendo?...
—No lo vas a creer... ni yo mismo lo creo...¡El Cristian está conversando con la Licha, de los “Malditos”, y conversan de lo mas tranquilos... Yo casi me meo en los pantalones cuando vino a buscarlo aquí...
—¿Licha? ¿ No es esa niña que mandó al hospital a esos amigos tuyos la otra vez?...
—La misma, comadre. La misma. ¡Y lo más loco, es que se puso vestido! ¿Te lo puedes imaginar?
—A ver..?
Marcia se asoma por la ventana para otear mejor. Mientras tanto Cristian ha salido fuera de la casa y se apoya con un pié en la pared, mientras Licha se reclina, semisentada, en el borde de la cerca del antejardín.
—Qué pena... –dice la muchacha, en respuesta al haberse enterado de la situación de Cristian–. ¿Y echas mucho de menos a tus padres?
—Bueno, en realidad extraño más a mi abuelo. Eramos muy amigos. Mis papás murieron cuando yo era más chico, y ya me había resignado. Pero a mi abuelo... Lo perdí hace poco. Antes de venir a esta ciudad.
—Creo que te entiendo. Yo era " yunta" con mi hermano Pepe. Todavía no me conformo que los “gatos pardos” lo hayan matado.
Tito y Marcia, que han escuchado el comentario de la muchacha se miran entre sí...
—¿Los “gatos pardos”?. ¿No son esos amigos tuyos? –pregunta Marcia, quedo y preocupada–... ¿Es cierto lo que dice la chica?...
—¿Estás loca?... Los cabros’ del grupo no tienen nada que ver con eso. A ese compadre se lo “echaron” los narcos.
—¿Y tú, cómo la sabes?...
—Porque lo sé. Eso es suficiente...
—¿Cómo que es suficiente?... No puedes decir que es suficiente y quedarte ahí muy tranquilo...
—Shisst... No dejas escuchar... –dice Tito, desviando la atención.
Tito, no quiere voltear a mirar a su hermana, que no quita la vista de él, como si quisiera descubrir en los ojos de su hermano, la respuesta a sus dudas. Marcia siente la risa de Licha, que la hace distraer sus pensamientos, y acercarse a la ventana.
—Ja, ja, ja. ¿Es verdad que tenías miedo?...
—Claro. Casi me desmayé cuando te apareciste así tan de repente... Por un momento creí que me ibas a dar un golpe de karate o algo así, ja, ja, ja.
—Ja, ja , ja. ¡Qué tierno!, Pobrecito...
—¿Por tener miedo?
—No, tonto, ja, ja, ja. Por ser así, tan... tan lindo... Te sonrojaste... –dice la muchacha, acariciándole la barbilla.
Cristian siente nuevamente sus orejas ardientes, para su pesar. Tito mira incrédulo a su hermana. No acierta a comprender qué está pasando...
—¿Ves lo que yo estoy viendo, Marcia?.... –dice Tito abriendo desmesuradamente sus ojos–. Todavía no puedo creer lo que... ay, Dios. ¡Qué onda!... ¡La loca más peligrosa del mundo... ablando que “es tierno”, “qué lindo”...
—Yo sé lo que estoy viendo, tonto.... Una mujer enamorada...
—¿Enamorada?...¿ Del “monje” Cristian?...¡Estás loca!...–responde Tito frunciendo el ceño, y llevándose ambas manos a la cabeza.
—Que eres tonto, Tito. ¿Por qué otra cosa, una muchacha que nunca se ha preocupado por lo que piensen los demás, se viste de dama, se pone tacos, pantis, y habla de “ternura”, y se arriesga a venir, de noche, donde sabe que la pueden agredir tus “amigotes”?... Esa niña está enamorada... Y me alegro por ella, pobre chica... me da pena...
—¿Pena? ¿Por la “Rambo”, con pechugas?... ¿Estás loca?...
—¿No me contaste tú mismo, que no tiene papás, y que su único hermano es un delincuente?...
—Si pero, ella es más peligrosa que mono con navaja. Yo no me le acercaría ni en broma, comadre... Pobre “monje”Cristian...
—¿Y qué querías si no le dejaron otra alternativa, que ser así para protegerse?... Y no compadezcas a Cristian. Parece que él tiene la situación bastante controlada... Mira....
Marcia llama la atención de su hermano para que vea por la ventana. Licha se ha acercado bastante al joven, y le habla en voz baja, lo que obliga a los hermanos a esforzarse por tratar de escuchar...
—¿Tú nunca has pololeado?...Quiero decir, ¿nunca has... estado con una niña? ... –pregunta Licha, mientras arregla el botón de la camisa de Cristian.
—¿Yo? No, nunca...es decir, no me... no me gusta pololear... –responde balbuceando.
—¿No te gusta?...¿Y por qué?...
—Porque... porque... Bueno, por que es cruel –responde Cristian, recordando las palabras de doña Soledad.
—¿Cruel? ¿Cruel, dices?... ¿Y por quée? ¿Qué onda?...
Marcia y Tito contienen la respiración, observando la extraña escena del joven tratando de rehuir a Licha, y a la muchacha acercándose más y más a Cristian, arrinconándolo contra la pared.
—¿Cuántos años tiene la niña, Tito? –pregunta susurrando Marcia, procurando no ser escuchada por los jóvenes.
—¿La Rambo?... Dicen que diecinueve...–susurra también Tito.
—¿Y Cristian?...
—Diecisiete... ¿Por qué?
—Pues por que estamos a punto de presenciar la violación de un menor de edad...ji, ji, ji –ríe susurrando.
—No te rías, comadre. Conociendo al “monje”, debe estar sufriendo de verdad. Pobre Cristian, hasta aquí no más le dura el “virginado”.
—Shisttt...
Marcia hace callar a su hermano, para poder seguir escuchando:
—¿A ver, Cristian? Explícamelo de nuevo, no lo entendí bien... ¿Por qué es cruel?
—Mira, Licha. Cuando uno se pone a pololear con alguien, se va enamorando más de esa persona...
—¿Y?... ¿Eso es malo?...
—No, no es que sea malo en sí. Lo que pasa es que uno sufre por estar enamorado, sin tener ningún compromiso serio. Y como no puede casarse aún, es muy doloroso. Ahora, si esa otra persona, deja de interesarse en uno, ya que no hay ningún compromiso, puede sufrir más aún. Incluso puede que una persona hasta se quite la vida por eso... ¿Entiendes?
—“Sí”...
—¿”Sí”?... –Le extraña que Licha concuerde.
—Sí. Si lo entiendo, loquito. ¿Recuerdas que te comenté que desde esa roca en la que estábamos conversando, se había tirado al mar, una comadre?...
—Sí. Lo recuerdo...
—Ahí pasó lo que tú dices. La comadre se “bajoneó”, porque su “mino” la dejó, y se tiró al mar. Mala onda...
—Qué pena... y ¿era joven?... –pregunta Cristian.
—Quince años...
—¿Quince...? ¡Que tragedia!...-dice sinceramente el joven.
—Los viejos casi se volvieron locos. ¿No vis' que yo la conocía?. Pa’ más, ellos mismos le habían dado permiso para salir con el “mino”...
—A mí me llama la atención ver a niños tan “periquitos”, andar de la mano, y besándose en la calle. Allá donde yo vivía, eso no se ve. Si un joven se quiere casar, se pone de novio, y listo. Sin drama. –dice Cristian tratando de emular la manera de hablar de Licha.
—Pero tú... ¿nunca habías besado a alguna comadre? –pregunta Licha, casi susurrando.
—No... Nunca... Bueno, solo esa vez que tú...
—¿Nunca? ¿Nunca has..."estado" con una mujer?... ¿Nunca has pololeado?... ¿Nunca te habían besado?... –pregunta sorprendida, y complacida, a juzgar por su sonrisa–. Osea que... yo...
—Cristian baja su vista, por toda respuesta, sonrojado.
—Ay... Otra vez te pusiste colorado... Qué lindo, –dice, acariciando la barbilla del joven.
—La muchacha trata de besar a Cristian, y éste se retrae, esquivando sus labios.
—¿Qué te pasa? –exclama sorprendida–. ¿Acaso no te gusto?
—No es eso. Tú eres muy bonita –responde nervioso.
—¿ Y entonces?...
—Ya te lo dije... No quiero pololear todavía. Antes quiero estar seguro de mis sentimientos. Además, todavía estoy estudiando, y me falta mucho para pensar en buscar novia.
—¿Y para qué?... No pensarás casarte conmigo ¿verdad? ¿Porqué eres tan complicado, loquillo? –dice la muchacha, impaciente–. ¿Cómo no te conformas con pasarla bien, y listo? Yo puedo enseñarte a conocer el amor...
—La muchacha vuelve a intentar besar al joven. Este la retira de sí, lo que provoca a la muchacha, que lo toma por la solapa. Cristian, por dignidad, trata de permanecer lo más sereno que le es posible, mirándola fijamente a los ojos...
—Mira, pendejo... –la muchacha habla lento, pero como mordiendo las palabras, molesta–. Muchos, muchos "minos" del barrio, matarían por estar una sola noche conmigo... ¿Cachay? ¿Quién te crees tú para rechazarme? Pa' que te vayas enterando, a mí nadie, nadie ¿me oíste bien?....nadie me ha rechazado nunca...
La mirada de la muchacha se clava en los ojos de Cristian, quién, extrañamente para él mismo, logra mantener la calma, sin perturbarse. En la ventana, Marcia ve con preocupación cómo se vuelcan los acontecimientos en contra de Cristian, e increpa a su hermano...
—¡Oye Tito!, ¿ No ves lo que está sucediendo?...
—Tranquila, loca... Si no soy ciego... Está a punto de venir la ambulancia a recoger a otro paciente para la posta... Eso es lo que está pasando, comadre...
—¿Y no piensas ir a defenderlo? ¿ Acaso no es tu amigo?....
—¿Estás enferma, comadre? –exclama escandalizado, el joven–. ¿Que no sabes lo que esa "minita indefensa" les hizo al "Jhony" y al " Cabezón"? ¡Y a los dos juntos!... Y eso que esos locos son los más bravos del grupo. Ahora les nombran a la mina, y se mean en los pantalones, comadre... ¿Y tú quieres que yo, flaquito y desnutrido, me la vaya a enfrentar solo? ¡Oye!, si estoy muy joven para morir, comadre...¡Ni que estuviera loco!... No, nó y nó... Anda vo' a defenderlo, si eres tan valiente, pu' loca –enfatiza el muchacho.
—¡Cobarde!... –dice Marcia, mirando disgustada a su hermano–. Todos los hombres son unos gallinas cuando se les necesita...
—¿ Don Alfredo también? –pregunta Tito, con una sonriente e irónica mirada.
—"Estúpido" –responde la joven, dando un pellizco en el brazo a su hermano.
—¡Aay!... Ya se picó la loca. No le gusta que le di... ¡Mira!... –dice Tito, llamando la atención de su hermana a lo que Cristian y Licha están conversando...
La muchacha presiona su cuerpo sobre Cristian que está arrinconado contra la pared, mientras aún lo sostiene por la solapa...
—¿Y qué dirías si aquí mismo te dejo la "jeta" como membrillo corcho, para que nunca puedas "babosear" a nadie más? ¿Ah? –pregunta Licha al joven, que ha logrado mantenerse extrañamente tranquilo.
—Yo sé que no lo harías –responde tranquilamente el joven.
—¿Ah, no?...¿Y se puede saber por qué no? –pregunta desafiante.
—Por que eres una dama –responde tranquilamente el joven–. Y yo sé que en el fondo, tienes un corazón muy sensible. Lo noté cuando te emocionó el que te regalara mi reloj. Eso me gustó mucho de ti. Sé que no me defraudarás...
La muchacha se le queda mirando, sorprendida. No esperaba una respuesta así. Nunca le habían hablado de ese modo. Por un instante le observa indecisa. Luego da media vuelta, y en forma intempestiva, se aleja corriendo. En la ventana, Tito y Marcia se miran sorprendidos por el desenlace de los acontecimientos. Cristian se queda observando a la muchacha que se aleja. Recuerda cuánto le gustaba enfatizar a su abuelo, que a las mujeres se les debe tratar con ternura y consideración. No importa el origen o educación que tuvieran. "Son mujeres –decía–, y eso basta para hacerlas dignas de respeto y consideración.". No puede dejar de pensar que el aplicar ese criterio, le ha librado de ir a dar al hospital, con la boca "como membrillo corcho", y con más de algún hueso roto.
Tito, pasada la sorpresa inicial, sale corriendo de su casa para ver a su amigo...
—Compadre... ¿Qué pasó? Me tenía re' preocupado... –dice agitado, mientras su hermana observa desde la ventana, la cual ha abierto completamente.
—¡Después de la batalla todos nos ponemos valientes! –dice irónicamente a su hermano.
—¡Cállate, "cuica"!. Tú tampoco hiciste nada, comadre –responde Tito–. ¿Qué le dijo, compadre que se fue corriendo? –pregunta dirigiéndose a Cristian.
—Que no creía que ella me haría daño. Que era una dama –responde–. ¿Estabas escuchando...?
—Claro, pu' compadre. No creerá que lo iba a dejar sólo con la "Rambo". Ya estaba a punto de meterme a defenderlo, cuando ella se fue –dice en voz baja, tratando de que su hermana no lo escuche.
—Tito, ven a secar el orín del piso, que mojaste. Ja, ja, ja ¡Mentiroso! –Le reprocha desde la ventana, Marcia quien ha escuchado el comentario de Tito.
—¡Cállate, "cuica"! No le haga caso compadre –responde Tito, dirigiéndose ahora a Cristian, mientras su hermana cierra la ventana–. Está picada por que la molesto con don Alfredo. Oiga socio, tiene hartas' cosas que contarme ¿ah?. ¿Qué onda, con la "Rambo", compadre?
Cristian relata a su amigo, los últimos acontecimientos que produjeron la visita de la muchacha a su casa. El muchacho se toma la cabeza a dos manos a medida que Cristian describe los sucesos.
—Oiga, compadre... Usted se las traía calladito no más ¿ah? –dice riendo el jovenzuelo–. ¿Quién se iba a imaginar que la "Rambo con pechuga" iba a quedar babosa por alguien, y por usted más encima, Ja, ja, ja.
Cristian mira interrogativamente a su amigo, extrañado.
—Oiga, oiga... No me interprete mal pu' compadre –se apresura a aclarar el muchacho, mostrando las palmas de sus manos–. Lo que quiero decir es que como usted es tranquilito, quitado de bulla...
—Está bien, Tito. Entiendo, no te preocupes. De todos modos no tengo intenciones de pololear todavía.
—Oiga, compadre. No esté tan seguro. Mire que cuando a la "Rambo" se le pone algo en la cabeza... No creo que lo vaya a dejar tan tranquilo así no más. ¿Sabe, socio? –dice Tito, poniendo su brazo alrededor de Cristian–. Después de todo le conviene estar de enamorado con la "Rambo". ¿Dónde va a encontrar otra guardaespaldas mejor, compadre?. Cuando se corra el cuento, todos le van a agarrar miedo. Capaz que... hasta lo consideren el "Padrino" del barrio, Ja, ja, ja, ja.
—No te atreverás a...
—Tranquilo, compadre —responde guiñando un ojo–. De esto no se entera nadie... al menos nadie fuera de Sudamérica, Ja, ja, ja, ja...
FIN DEL CAPÍTULO 14
lunes, noviembre 05, 2007
—MUJERES— Cap. 13
Durante las siguientes semanas, Cristian se ha estado poniendo a tono con sus estudios. Los resultados de sus exámenes de evaluación, le dieron un aceptable promedio de 4,5. No está nada de mal para quién no tenía idea de la especialidad.
Hasta ahora ha logrado esquivar las invitaciones de Tito a juntarse con sus "amigotes". El muchacho ya no insiste. Al parecer se dio cuenta que sus amigos no son del agrado de Cristian. Sin embargo logró convencerlo de ir a almorzar de nuevo con su familia. Así es que está esperando la bajada de Alfredo, pues esta vez, Tito insiste en que su mamá quiere que vaya con su tío. Será.
Afortunadamente no se ha topado nuevamente con los "Malditos". Sin embargo Tito le confidenció que Licha, la muchacha que los dirigía, anduvo preguntando por él y sobre dónde vivía. Eso, en vez de halagarlo lo dejó muy preocupado. A tal punto que la otra noche tuvo una pesadilla con ella. Se veía amarrado a un poste de alumbrado, mientras la muchacha lo golpeaba y besaba indistintamente.
Por otro lado, El "Johny diez pesos" se lo encontró cerca del Supermercado y le preguntó si tenía algo con su hermana, Dina, ya que ella hablaba mucho de él. Cristian, asustado, por supuesto lo negó. Para su sorpresa, el " Johny ", le dijo que si quería tener algo con ella, tenía su consentimiento, porque según él, "prefería ver a su hermana 'baboseándose' con él, que permitir que "El cabeza de sandía" la siga pretendiendo." La sola idea de tener que huir ahora del "cabeza de sandía" por causa de Dina, le hace asegurar reiterada e insistentemente al " Johny diez pesos", que él no tiene ningún interés en su hermana. Por supuesto le aseguró que Dina era "muy bonita", pero que por ahora, él no quería pololear. De todos modos el Johny insistió en que tenía su consentimiento.
En el colegio las cosas han ido mejorando, en cuanto a su relación con sus condiscípulos. Ya lo han integrado plenamente al curso. Cristian ha notado lo enamorada que está Mirtha Delgado, de su profesor, el "Tres R". Lo discierne por lo embobada que se pone, al mirar al profesor mientras dicta la clase. O cuando el "Tres R" le hace alguna pregunta y la pilla "orbitando la luna" como dice él.
Cristian ha cuidado su trato con Nuri. Tanto por la nota que Mirtha arrugó y botó al salir del Liceo y que él por curiosidad leyó, así como por la posibilidad de ser visto desde fuera del colegio por el celoso ex pololo de Nuri, Claudio, el muchacho de los "Malditos" que lo amenazó. Precisamente, en uno de los recreos, Nuri lo aborda por ese tema...
—"Cachito", ¿puedo hablar algo contigo? –pregunta cariñosa la muchacha.
—Si. Por supuesto, flaquita –responde el joven.
—No sé por qué, pero últimamente he notado que me rehuyes. Como que ya no te gusta conversar conmigo. ¿Qué pasa, "cachito"? ¿Te hice algo? ¿Estás enojado conmigo?
—No. Na' que ver, flaquita. ¿Porqué me iba a enojar contigo, si no me haz hecho nada?
—Eso mismo pienso yo, pues "cachito". Pero cada vez que me acerco a ti, te haces el loco, y te corres. No entiendo...
—Perdona si te he dado esa impresión. Pero, palabra, no es nada de eso.
—Oye, Cristian –dice la muchacha con un tono mas serio–. O yo estoy alucinando, o algo te pasa conmigo. Hasta la Mirtha se ha dado cuenta. Seré fea pero no gansa, pu' lindo. ¿Por qué no me decís' de una vez qué te pasa?... ¿O es que ya no quieres ser mi amigo? Por que si es eso, mejor me dices la "dura" altiro', y listo.
—No, no se trata de eso, flaquita –responde el joven, sorprendido por la franqueza de la muchacha–. Es que...
—Entonces de qué se trata, pu' cachito –interrumpe la muchacha–. ¿Me lo podís' decir?
Cristian se da cuenta que tendrá que dar una muy buena explicación a Nuri, pues es obvio que no será fácil convencerla.
—Es que me sucedió algo que no te puedo contar –responde nervioso el joven–. Pero te prometo que tendré mas cuidado en no darte esa impresión. ¿Ya?.
—Ah, no, 'cachito'. Eso si que no te lo aguanto –dice con firmeza, la joven–. Resulta que lo que te pasó, te pone "filo" conmigo, ¿y yo no puedo saberlo por no sé qué razón? Ah, no, 'cachito'. O me lo dices ahora, o mejor no me dirijas nunca más la palabra.
El tono emocionado de las últimas palabras de Nuri, hace que Cristian se convenza de que está hablando muy en serio. Decide que lo mejor es contarle la verdad. Lo relativo a su ex pololo, por supuesto. Porque lo de la nota arrugada no se atrevería a revelárselo. Por vergüenza y por timidez.
—Lo que pasa es que hace varias semanas, me topé con un... con un joven... que...
—¿Y...?
—Bueno este joven dijo que era tu pololo, o que "andaba" contigo... y...
—¿Conmigo?... Pero si yo no tengo pololo... Bueno, antes tenía pero ya no... ¿ Y quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué te dijo?...
—Dijo que se llamaba Claudio y que...
—¡El muy maldito!... Yo nunca pololié' con él –interrumpe la muchacha molesta–. Lo que pasa es que lo conocí en un "carrete" que hicieron los cabros del curso de una amiga, y me invitaron. "Anduvimos" como por un mes, pero lo mandé a la c... porque me di cuenta que era "pato malo". El estúpido viene a veces a molestarme a la salida del liceo, pero yo no lo inflo. Bueno... y eso ¿qué tiene que ver conmigo, o contigo?...
—Es que me amenazó con un cuchillo, y dijo que si me veía conversando contigo, me iba a apuñalar...
—¿Y quién se cree que es ese estúpido, infeliz? ... ¿Mi dueño? –interrumpe furiosa la muchacha–. Déjalo no más que se atreva a hacerte algo. Yo tengo unos amigos más patos malos que él. Si yo les digo, ese... ese desgraciado no dura un día más con el "cuero lizo".
—¡Cálmate, por favor, Nuri! –exclama alarmado el joven, ante tal despliegue de furia descontrolada...
—Perdóname "cachito". Pero es que ese infeliz me pone tan furiosa... Me... me descontrola... –exclama la muchacha, rascándose las palmas de las manos por el nerviosismo–. Yo ya no sé de qué forma decirle al estúpido, que no quiero saber nada de él. Pero es tan 'hinchador' y puntudo... –dice, levantando los brazos, impaciente.
—Yo no quería decirte por eso mismo. Sabía que te ibas a enojar...
—Pero obvio pu', "cachito". No iba a joderme de la risa ¿verdad? –dice la muchacha con los brazos en jarra–. Pero estuvo bien que me lo contaras. Yo ya había llegado a pensar que tenía lepra, ja, ja, ja. –agrega la joven, más aliviada–. Mira, "cachito". Tú no tienes de qué preocuparte. Ese estúpido no nos va a ver aquí en el colegio. Y si quieres, cuando salgamos del liceo, nos vamos separados, para no hacerte problemas a ti ¿Te parece? Yo le voy a hacer una visita con mis amigos al desgraciado, y no le van a quedar ganas de molestar a nadie.
—Por favor, no flaquita...
—No te preocupes... Déjamelo a mí, "ratoncito". Yo me encargo.
—Es que después se va a desquitar conmigo y...
—No se va a desquitar contigo, "cachito". Confía en mí.
Resulta claro para Cristian, que nada de lo que diga va a hacer cambiar de opinión a la decidida muchacha. El solo pensar en las consecuencias que podría tener "la visita" de Nuri a Claudio, le hace sentir un agudo dolor de estómago y un temblor en las piernas que, muy a pesar suyo, ya se le está haciendo familiar. ¿Por qué su relación con el sexo débil, hasta ahora, siempre termina transformándose en una peligrosa experiencia? ¿Sexo débil? ¡Ja!. Habría que meditarlo... Sí señor.
Los días de ese mes de Abril, pasan raudos. Su tío al fin aceptó la invitación para ir a almorzar a casa de Tito. Andrés Avila, su compañero de curso, lo ha estado buscando para conversar sobre sus creencias religiosas, las cuales a Cristian no le interesan mucho. Sin embargo, algo que Andrés dijo acerca del "Reino de Dios", le hizo surgir la curiosidad. Tal vez podría aprender algo más de aquel lugar donde doña Melania, su vecina de Chalinga, ha enviado a todos sus parientes. Lamentablemente, justo cuando la conversación se estaba tornando interesante para Cristian, tuvieron que entrar a clases. Después Andrés se enfermó, y no ha regresado a clases hace ya dos semanas. Las preguntas de Cristian, tendrán que esperar.
El profesor de Matemáticas les dijo que debido a un problema personal, tendría que ausentarse del Liceo por un mes. Lo reemplazaría el señor Leonardo Miranda, profesor del 4to. medio, hasta que él regrese. El nombre le resulta familiar a Cristian. Es el hermano de la señorita Nélida, la polola de Alfredo. Hasta ahora no ha tenido la oportunidad de conversar con él. Solo cuando su tío se lo presentó brevemente después de una reunión de apoderados.
Como los días están comenzando a ponerse fríos, Nélida y Alfredo ya no van a la playa. Pero a Cristian le agrada bajar a un pequeño sector del litoral, cerca de unos acantilados. Disfruta meditando sobre las cosas que le suceden, encaramado sobre una gran roca, donde golpean las olas fuertemente, llenando sus mejillas de gotitas de mar. Se imagina lo que sucedería si llegara a caer al mar. No quedaría vivo para contarlo. Detrás de la roca hay una hendidura que protege del viento. Allí, sobre la arena, le gusta dormitar, los sábados por la tarde, y los domingos por la mañana, para no tener que toparse con la señorita Nélida, que lo pone nervioso con sus escotes y minifaldas. Y no tener que aceptar las invitaciones de Tito a jugar a la pelota con sus "amigotes". También le ayuda a evitar encontrarse con Licha, la líder de los "Malditos". Aprovecha de escribir sus poesías en un cuaderno de, o simplemente leer algún libro recomendado en clases por el “3 R”. Es lo que hace ese Domingo por la Mañana.
Desde su posición ve a algunos viejos harapientos, recoger algas en unos sacos. Seguramente después la venderán a alguna pequeña empresa de elaboración.
Con los ojos cerrados recuerda el almuerzo de ayer, en casa de Tito...Alfredo le dijo que una vez, ya había aceptado una invitación de los Ibarra. Pero después había tenido que excusarse, pues Nélida se había molestado. Ella conoce de vista a la señorita Marcia, la hermana de Tito, y se pone celosa. Por lo menos eso piensa Alfredo. El caso es que su tío estaba extrañamente nervioso, ese día... Tal vez temía que Nélida se enterara y le hiciera alguna escena. Durante la conversación del almuerzo, Marcia miraba de reojo a Alfredo, quien se hacía el que no se daba cuenta. Pero seguro que se daba cuenta. Cristian lo había sorprendido en mas de una ocasión, mirándola disimuladamente.
Tito, como siempre, se había lucido haciendo sus bromas de mal gusto. Recuerda especialmente un momento de la conversación cuando Tito le hizo esa pregunta indiscreta a Alfredo...
—“Don Alfredo –preguntó haciéndose el inocente, (porque él jamás llama a Alfredo por "Don Alfredo")-. ¿Usted tiene pensado casarse algún día?
En medio de las miradas fulminantes que le dispensaron a Tito, su madre y su hermana, recuerda que Alfredo, que en ese momento se estaba echando un trozo de carne a la boca, casi se atraganta con la pregunta, y tuvo que toser varias veces para poder responder. La señora Verónica, le dijo que no tenía porqué contestar las preguntas tontas de Tito, pero Alfredo no le dio importancia.
—“No, está bien, doña Verónica. No me molesta –dijo sonriendo, al darse cuenta de la jugarreta de Tito–. La verdad es que no he pensado en eso todavía, Tito. Primero tengo que lograr disponer de una casa propia y salir de algunas deudas importantes que tengo, antes de pensar en casarme. Además me gustaría que Cristian saque su cuarto medio primero, para que así pueda independizarse económicamente.
—“¿Se va a casar con la señorita Nélida? –preguntó Tito, haciéndose el indiferente, sin dirigir la vista a Alfredo, mientras se llevaba el tenedor a la boca, como si su pregunta fuera lo más normal del mundo.
—“¡Tito! –reaccionaron las dos mujeres al mismo tiempo, dando una fulminante mirada al impertinente. Don Héctor, levantó su mano señalando a Tito, que detuviera esos comentarios.
—¿Qué pasa?...¿Dije algo malo, que me miran tan feo? –dijo Tito llevándose los brazos al rostro como si se protegiera de algún golpe–. Pero si casarse es lo más normal. ¿No es cierto Alfredo?...
—“Ja, ja, ja. No tomen en serio a Tito –respondió riendo Alfredo–. Del cien por ciento de lo que habla, el diez lo hace en serio. Mira Tito, aunque ya hemos conversado el tema antes, te lo voy a repetir, ya que me lo preguntas...
—“Don Alfredo no tiene por qué... –protestó Marcia, avergonzada, mientras dio un soberbio pellizco en el brazo a su hermano.
—“No, está bien Marcia. No se preocupe. En verdad no me molesta, en serio –dijo riendo ante las muecas exageradas de dolor que puso Tito, por el pellizco que le propinó su hermana–. Lo que pasa es que no voy a casarme, al menos por un buen rato. Y con respecto a Nélida, ella solo es mi polola. Nunca hemos hablado de casamiento. La verdad es que a veces no nos llevamos bien, y no sé si estoy preparado todavía para dar ese paso. Supongo que algún día tendré que darlo.
Cristian captó la satisfacción que las palabras de Alfredo causaron en Marcia. Lo notó en los esfuerzos que hizo por disimular la sonrisa que luchaba por apoderarse de su sonrojado rostro. También le quedó claro que las pretensiones de matrimonio, eran exclusivamente producto de la imaginación de Nélida, y que su tío no compartía para nada esa idea.
Sumido en esos pensamientos, recordó las palabras que un día le expresara su abuelo acerca de las mujeres:
“—Nunca trates de entender a las mujeres, Chatito lindo. Si no te vas a volver loco, hijo. A las mujeres no hay que entenderlas. Hay que comprenderlas, y aceptarlas como son.”–decía riendo ante las protestas de la abuela, que argumentaba, un poco en serio y un poco en broma, que eran los hombres los complicados, por que para saber lo que hacían, había que suponer lo contrario de lo que decían. Una forma muy elegante de decir que eran unos mentirosos.
Unos jeans azules, parados justo delante de él le hacen levantar la vista. Su corazón casi se le paraliza de la impresión...
—Hola, rico. ¿Dónde te habías metido, puedo sentarme a tu lado?
Era obvio que la pregunta estaba demás, porque la muchacha se sienta a su lado sin esperar respuesta. Lo observa con mirada sonriente y algo burlona, con un cigarrillo en la boca. Lleva puesta chaqueta de cuero. Su pelo largo cubre gran parte de su agraciado rostro, debido al viento.
—¿Te acuerdas de mi? –pregunta con un tono que intenta parecer seductor.
—Si, cla...claro. Tú eres la niña a la que regalé mi reloj –balbucea nervioso, tratando de conservar la calma.
—Y...¿recuerdas mi nombre?... Me llamo Licha –dice, sin esperar respuesta del joven–. Y tú, cómo te llamas, rico? –pregunta, echando su pelo hacia atrás, de forma coqueta, mientras apaga la colilla de cigarrillo en una piedra.
—“Cristian” –responde, tratando de engrosar la voz que ha estado saliendo un poco aflautada por los nervios.
—Ah... –responde, tratando de parecer indiferente–. Tú no eres de acá ¿verdad?. No recuerdo haberte visto por la pobla.
—Si,... quiero decir, no. Yo vivía en Ovalle –responde, sin mencionar a su pueblito, por no querer parecer tan provinciano–. Vivo con mi tío.
—Ah... –responde la muchacha por todo comentario. Por un momento que parece interminable para Cristian, se le queda mirando sin decir palabra. Como si tratara de investigarlo con su mirada.
—¿Te ha hecho algo el Claudio? –pregunta la joven, después de un rato.
—¿Quién?
—Claudio, el que te amenazó por la loca con la que “pegas” en tu colegio.
—Ah. No, no lo he visto. Además era en serio cuando le dije que yo solo soy amigo de ella.
—¿Tú no “andas” con ninguna mina? –pregunta, clavando su mirada en el joven, para ver su reacción.
—¿Tú te refieres a si estoy pololeando?
—Seguro.
—No. No estoy pololeando con nadie –responde Cristian, ya un poco mas tranquilo.
—Ah...
—¿Por qué lo preguntas? –dice el joven, tratando de aparentar seguridad.
—¿ Te molesta?
—¿Qué?
—¿Qué te pregunte?...
—No. Por qué habría de molestarme... No.
—¿Tú eres de los “gatos pardos? –pregunta de manera intempestiva, la muchacha.
—No, ni loco –se apresura a responder Cristian, enfatizando sus palabras, ya que conoce los sentimientos de la muchacha para con el grupo.
—Pero me dijeron que te habían visto con el negro Tito... –pregunta la muchacha, sin despegar su profunda mirada del joven.
—No, lo que pasa es que yo vivo en el patio de la casa de él. Con mi tío, arrendamos una pieza.
—Ah, así es que vives en su casa –dice complacida la muchacha.
Cristian tarde se percata que debió morderse la lengua. Ahora Licha ya sabe donde vive. Se pregunta cómo pudo ser tan cándido. De nuevo su nerviosismo le hace sonrojarse.
—¿Te da vergüenza que hable contigo?. Qué tierno... –pregunta sonriente la muchacha, al darse cuenta de la timidez del joven.
—No, no es eso –se apresura a responder–. Lo que pasa es que me pone nervioso saber que ese... Claudio quiera...
—¿Te preocupa eso? No te hagas drama por eso, loquillo. Ya se las canté al loco, que si te pone las manos encima, se la va ha ver conmigo. Ya les tengo advertido a todos. Así es que no tienes de qué preocuparte –asegura la muchacha, acariciándole la barbilla.
—Gracias... Y...¿por qué haces eso? –pregunta con curiosidad mal disimulada.
—Porque te encuentro tierno, loquillo. Tú eres distinto a los pasaos’ pa’ la punta que he conocido. Tenís’ modales bonitos y.... ¿No serís’ marica, verdad? –pregunta de pronto, poniéndose seria.
—¿Homosexual, dices? Ja, ja, ja. No, por supuesto que no, ja, ja, ja –responde divertido.
La pregunta de Licha, hecha de forma tan seria y como asustada, ha logrado hacer reír a Cristian, sacándolo de su nerviosismo. Ahora, la chica no le parece tan temible, con todo su karate y eso. La muchacha, también se contagia con la risa de Cristian, disculpándose por haberlo pensado.
—Está bien. No te preocupes... ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro, dime no más –responde la muchacha, cambiando completamente de actitud, como tratando de parecer mas femenina, mientras se arregla el cabello.
—¿Cómo me encontraste?
—No tenía idea que estabas aquí, en serio. Yo vengo siempre a este lugar... ¿Sabías que aquí, desde esa roca, se suicidó una galla?
—¿En serio?
—La “dura”. Cuando mataron a mi hermano, yo me bajonié’ tanto, que casi cometo la misma tontera en este mismo lugar. ¿Sabías que los “gatos pardos”lo mataron?
—No, no lo sabía. ¿Pero estás segura que fueron ellos?
—Mi otro hermano, el mayor, dice que no. Pero yo estoy segura que fueron ellos.
—¿Y porqué estás tan segura? A lo mejor te equivocas –dice Cristian, con prudencia, para no molestar a la muchacha.
—Por que me lo contó alguien que los vio. Y por eso a mi no me van a engañar, como a mi hermano, que no quiso creer.
—Disculpa...¿Te dijo tu hermano por qué no cree?
—Bueno, él se me corre cuando yo le pregunto. Pero yo sé que es porque no le cree al que nos contó.
—¿Y tú le crees?
—Claro, pu’. No tengo por qué no creerle, si nunca me ha mentido.
—¿Estás bien segura que no te ha mentido? –pregunta el joven, produciendo un silencio en la muchacha y una dura mirada.
—Oye, ¿Tu estás a favor de los “gatos”, o creí’ que estoy rallá?
—Perdona, no quise molestarte, sólo que a veces las cosas no son lo que parecen. Mi abuelo Benancio, me enseñó que siempre cuando hay alguien que cuenta las cosas de una manera, hay otro que las revela.
—Y... qué quiere decir eso...–pregunta intrigada la muchacha.
—Bueno, que siempre hay que escuchar a mas de una persona para asegurarse de las cosas, creo. ¿No te parece?
—Oye, tu estai’ hablando igual que mi mamá. Ella nunca le creía los cuentos a mis hermanos, y siempre les decía así. Después iba y les preguntaba a las viejas sapas de la pobla, y a ellas si les creía. Mala onda, gallo.
—Bueno, pero ¿tenía razón para no creerle a tus hermanos?
—Bueno, la “dura” es que eran mas cuenteros que, puchas que eran cuenteros, ja, ja, ja.
—¿Ves?. Seguramente tu mamá lo sabía y por eso no les creía.
—Sí, pero me daba rabia que confiara mas en las viejas de la pobla, que en nosotros.
—Bueno, si piensas así, dile que eso te duele, y a lo mejor, ella te comprende.
—¿A mi mamá? ... Va a ser difícil, porque ella murió hace tres años.
—Oh, lo siento... no sabía.
—Está bien. No hay drama, loquito. Eso fue lo que me bajoneó mas, cuando mataron a mi hermano. No tener quién me consolara. A veces vengo a este lugar, aquí mismo donde estamos ahora, a llorar sola...
—¿Y tu papá?
—El viejo nos abandonó cuando éramos chicos, y se fue con otra vieja. Mi mamá nos crió sola, hasta que murió. Después mi hermano mayor se hizo cargo de nosotros. El es como mi papá. A veces se pone pesao’, el saco de pernos. Pero por lo menos nos llevamos.
—¿Por qué dices que se pone pesado?
—Porque me vigila pa’ todas partes. Parece “paco”, al lado mío. Me corretea a todos los “minos” con que he andado. Los cabros le tienen tanto miedo, que ya nadie quiere andar conmigo.
—Pero debe ser por que te quiere, y no desea que te pase nada...
—Si, pero si sigo así voy a terminar siendo monja... Además yo sé cuidarme sola.
—Pero de todos modos puede pasarte algo. Este barrio parece que es peligroso –dice Cristian, arrepintiéndose enseguida por haberlo mencionado, por la experiencia que él mismo pasó con los amigos de Licha.
—No pasa ná, loquito. En la pobla me conocen todos. A quién hay que temer es a los "Narcos". Esos son peligrosos. Pero no son de este barrio, y yo no me meto con ellos. Además donde trabaja mi hermano, hay uno que es de ese cuento. Así que mi hermano dice que mientras no nos metamos con ellos, no nos pasará nada. En el grupo de nosotros hay algunos "pilotos", pero ese es cuento de ellos. Cada uno responde por su cuero.
—¿Qué son los "pilotos"?.
La muchacha pausa por un instante, como preguntándose si debería dar detalles del asunto, al joven...
—Son "mojones" chicos que entregan la "mercadería". Pero yo aparte de fumarme un pito de vez en cuando, no me meto en ese tema. ¿cachai´?. A mi lo que me preocupa es saber quién fue el desgraciado que se "echó" a mi hermano. Cuando lo sepa le voy a meter las dos patas en el hocico, y le voy a sacar toda la choclera. Por eso aprendí karate. Además participo deportivamente en el campeonato nacional. ¿sabías?... Tengo medallas y trofeos.
La muchacha se incorpora, limpiándose la arena de los jeans, y se queda mirando el mar, sumida en sus pensamientos. Cristian solo se la queda mirando, y también se pone de pié. Luego de un instante, se vuelve hacia Cristian, sacándose el reloj de la muñeca.
—¿Sabes? Después que tu me regalaste este reloj, de manera tan tierna, no he podido quedarme tranquila. Yo sé que lo hiciste para que el loco del Claudio no te punzara. Por eso te he estado buscando, para devolvértelo. Yo sé que a ti te hace mas falta. Yo ya tengo reloj. Así es que puedes quedártelo, y no le digas a nadie que te lo devolví. ¿ya?
La reacción de la muchacha deja completamente sorprendido a Cristian, quien no atina a decir nada. La muchacha sin decir más, da la vuelta y se encamina hacia los departamentos, al otro lado de la carretera, en dirección a su casa. Por un instante Cristian se queda mirando el reloj pulsera, sin saber qué hacer. Luego corre hacia la joven que lleva avanzado un buen trecho...
—¡Licha, Licha!...¡Espera, por favor!
Finalmente la alcanza, justo llegando a la carretera costera, mientras ella espera que pasen los vehículos, para cruzar. Sorprendida por el llamado del joven, solo se le queda mirando para saber el motivo de su carrera...
—Qué bueno que te alcancé –dice recobrando el resuello–. Por favor, deseo que te quedes con el reloj –dice ante la sorprendida mirada de la muchacha.
—Pero... pero ¿porqué?, si es tuyo, loquillo. –dice sonriente y sorprendida.
—Mira, en realidad yo deseo regalártelo. No es que me sienta obligado, en serio. Además yo ya le dije a mi tío que se me había perdido en el colegio. Así es que ¿cómo le voy a explicar que de nuevo lo tengo?.
—Le puedes decir que lo encontraste, o que un amigo lo encontró y te lo devolvió. ¿Cuál es el drama?... Además te hace falta. No seas ganso.
—Oye. Yo ya estoy harto de que me digan que soy ganso –dice molesto, ante la sorpresa de Licha, que no esperaba una actitud firme como esa–. Yo no soy ganso. Seré tímido, vergonzoso, melancólico, lo que quieras. Pero no ganso.
—Perdona , loquillo...yo...
—Nada. Soy yo el que desea obsequiarte el reloj –dice con firmeza, mientras le pone el reloj en la muñeca a la joven–, por que me agradó tu actitud. Y por último por que me da la gana, pero no por que sea ganso. ¿De acuerdo?
Cristian no puede creer que esté hablando de esa manera a la muchacha a quien hasta hace poco, le aterrorizaba encontrarse. Por su parte, Licha, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, no atina a nada. Se le queda mirando con ojos vidriados, para luego en un impulso inesperado, abrazarlo y besarlo largamente en la boca. Esta vez es Cristian quién se lleva la sorpresa, quedando prácticamente petrificado en el suelo. Nunca lo habían besado así... ¡Nunca lo habían besado!... Ni a "su Bety", en Chalinga, había logrado robarle un beso. La experiencia, desconocida para su joven corazón, hace que éste comience a retumbar locamente.
La muchacha, sin mas, echa a correr en dirección a los cerros, hacia su casa, sin esperar la reacción de Cristian, quien por toda reacción se lleva sus manos a la boca como queriendo comprobar que lo que había sucedido era verdad.
Se le antoja el rostro del abuelo, mirándole sonriente...
“—Nunca trates de entender a las mujeres, Chatito lindo... Son un misterio inexplicable."
FIN DEL CAPÍTULO 13
Hasta ahora ha logrado esquivar las invitaciones de Tito a juntarse con sus "amigotes". El muchacho ya no insiste. Al parecer se dio cuenta que sus amigos no son del agrado de Cristian. Sin embargo logró convencerlo de ir a almorzar de nuevo con su familia. Así es que está esperando la bajada de Alfredo, pues esta vez, Tito insiste en que su mamá quiere que vaya con su tío. Será.
Afortunadamente no se ha topado nuevamente con los "Malditos". Sin embargo Tito le confidenció que Licha, la muchacha que los dirigía, anduvo preguntando por él y sobre dónde vivía. Eso, en vez de halagarlo lo dejó muy preocupado. A tal punto que la otra noche tuvo una pesadilla con ella. Se veía amarrado a un poste de alumbrado, mientras la muchacha lo golpeaba y besaba indistintamente.
Por otro lado, El "Johny diez pesos" se lo encontró cerca del Supermercado y le preguntó si tenía algo con su hermana, Dina, ya que ella hablaba mucho de él. Cristian, asustado, por supuesto lo negó. Para su sorpresa, el " Johny ", le dijo que si quería tener algo con ella, tenía su consentimiento, porque según él, "prefería ver a su hermana 'baboseándose' con él, que permitir que "El cabeza de sandía" la siga pretendiendo." La sola idea de tener que huir ahora del "cabeza de sandía" por causa de Dina, le hace asegurar reiterada e insistentemente al " Johny diez pesos", que él no tiene ningún interés en su hermana. Por supuesto le aseguró que Dina era "muy bonita", pero que por ahora, él no quería pololear. De todos modos el Johny insistió en que tenía su consentimiento.
En el colegio las cosas han ido mejorando, en cuanto a su relación con sus condiscípulos. Ya lo han integrado plenamente al curso. Cristian ha notado lo enamorada que está Mirtha Delgado, de su profesor, el "Tres R". Lo discierne por lo embobada que se pone, al mirar al profesor mientras dicta la clase. O cuando el "Tres R" le hace alguna pregunta y la pilla "orbitando la luna" como dice él.
Cristian ha cuidado su trato con Nuri. Tanto por la nota que Mirtha arrugó y botó al salir del Liceo y que él por curiosidad leyó, así como por la posibilidad de ser visto desde fuera del colegio por el celoso ex pololo de Nuri, Claudio, el muchacho de los "Malditos" que lo amenazó. Precisamente, en uno de los recreos, Nuri lo aborda por ese tema...
—"Cachito", ¿puedo hablar algo contigo? –pregunta cariñosa la muchacha.
—Si. Por supuesto, flaquita –responde el joven.
—No sé por qué, pero últimamente he notado que me rehuyes. Como que ya no te gusta conversar conmigo. ¿Qué pasa, "cachito"? ¿Te hice algo? ¿Estás enojado conmigo?
—No. Na' que ver, flaquita. ¿Porqué me iba a enojar contigo, si no me haz hecho nada?
—Eso mismo pienso yo, pues "cachito". Pero cada vez que me acerco a ti, te haces el loco, y te corres. No entiendo...
—Perdona si te he dado esa impresión. Pero, palabra, no es nada de eso.
—Oye, Cristian –dice la muchacha con un tono mas serio–. O yo estoy alucinando, o algo te pasa conmigo. Hasta la Mirtha se ha dado cuenta. Seré fea pero no gansa, pu' lindo. ¿Por qué no me decís' de una vez qué te pasa?... ¿O es que ya no quieres ser mi amigo? Por que si es eso, mejor me dices la "dura" altiro', y listo.
—No, no se trata de eso, flaquita –responde el joven, sorprendido por la franqueza de la muchacha–. Es que...
—Entonces de qué se trata, pu' cachito –interrumpe la muchacha–. ¿Me lo podís' decir?
Cristian se da cuenta que tendrá que dar una muy buena explicación a Nuri, pues es obvio que no será fácil convencerla.
—Es que me sucedió algo que no te puedo contar –responde nervioso el joven–. Pero te prometo que tendré mas cuidado en no darte esa impresión. ¿Ya?.
—Ah, no, 'cachito'. Eso si que no te lo aguanto –dice con firmeza, la joven–. Resulta que lo que te pasó, te pone "filo" conmigo, ¿y yo no puedo saberlo por no sé qué razón? Ah, no, 'cachito'. O me lo dices ahora, o mejor no me dirijas nunca más la palabra.
El tono emocionado de las últimas palabras de Nuri, hace que Cristian se convenza de que está hablando muy en serio. Decide que lo mejor es contarle la verdad. Lo relativo a su ex pololo, por supuesto. Porque lo de la nota arrugada no se atrevería a revelárselo. Por vergüenza y por timidez.
—Lo que pasa es que hace varias semanas, me topé con un... con un joven... que...
—¿Y...?
—Bueno este joven dijo que era tu pololo, o que "andaba" contigo... y...
—¿Conmigo?... Pero si yo no tengo pololo... Bueno, antes tenía pero ya no... ¿ Y quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué te dijo?...
—Dijo que se llamaba Claudio y que...
—¡El muy maldito!... Yo nunca pololié' con él –interrumpe la muchacha molesta–. Lo que pasa es que lo conocí en un "carrete" que hicieron los cabros del curso de una amiga, y me invitaron. "Anduvimos" como por un mes, pero lo mandé a la c... porque me di cuenta que era "pato malo". El estúpido viene a veces a molestarme a la salida del liceo, pero yo no lo inflo. Bueno... y eso ¿qué tiene que ver conmigo, o contigo?...
—Es que me amenazó con un cuchillo, y dijo que si me veía conversando contigo, me iba a apuñalar...
—¿Y quién se cree que es ese estúpido, infeliz? ... ¿Mi dueño? –interrumpe furiosa la muchacha–. Déjalo no más que se atreva a hacerte algo. Yo tengo unos amigos más patos malos que él. Si yo les digo, ese... ese desgraciado no dura un día más con el "cuero lizo".
—¡Cálmate, por favor, Nuri! –exclama alarmado el joven, ante tal despliegue de furia descontrolada...
—Perdóname "cachito". Pero es que ese infeliz me pone tan furiosa... Me... me descontrola... –exclama la muchacha, rascándose las palmas de las manos por el nerviosismo–. Yo ya no sé de qué forma decirle al estúpido, que no quiero saber nada de él. Pero es tan 'hinchador' y puntudo... –dice, levantando los brazos, impaciente.
—Yo no quería decirte por eso mismo. Sabía que te ibas a enojar...
—Pero obvio pu', "cachito". No iba a joderme de la risa ¿verdad? –dice la muchacha con los brazos en jarra–. Pero estuvo bien que me lo contaras. Yo ya había llegado a pensar que tenía lepra, ja, ja, ja. –agrega la joven, más aliviada–. Mira, "cachito". Tú no tienes de qué preocuparte. Ese estúpido no nos va a ver aquí en el colegio. Y si quieres, cuando salgamos del liceo, nos vamos separados, para no hacerte problemas a ti ¿Te parece? Yo le voy a hacer una visita con mis amigos al desgraciado, y no le van a quedar ganas de molestar a nadie.
—Por favor, no flaquita...
—No te preocupes... Déjamelo a mí, "ratoncito". Yo me encargo.
—Es que después se va a desquitar conmigo y...
—No se va a desquitar contigo, "cachito". Confía en mí.
Resulta claro para Cristian, que nada de lo que diga va a hacer cambiar de opinión a la decidida muchacha. El solo pensar en las consecuencias que podría tener "la visita" de Nuri a Claudio, le hace sentir un agudo dolor de estómago y un temblor en las piernas que, muy a pesar suyo, ya se le está haciendo familiar. ¿Por qué su relación con el sexo débil, hasta ahora, siempre termina transformándose en una peligrosa experiencia? ¿Sexo débil? ¡Ja!. Habría que meditarlo... Sí señor.
Los días de ese mes de Abril, pasan raudos. Su tío al fin aceptó la invitación para ir a almorzar a casa de Tito. Andrés Avila, su compañero de curso, lo ha estado buscando para conversar sobre sus creencias religiosas, las cuales a Cristian no le interesan mucho. Sin embargo, algo que Andrés dijo acerca del "Reino de Dios", le hizo surgir la curiosidad. Tal vez podría aprender algo más de aquel lugar donde doña Melania, su vecina de Chalinga, ha enviado a todos sus parientes. Lamentablemente, justo cuando la conversación se estaba tornando interesante para Cristian, tuvieron que entrar a clases. Después Andrés se enfermó, y no ha regresado a clases hace ya dos semanas. Las preguntas de Cristian, tendrán que esperar.
El profesor de Matemáticas les dijo que debido a un problema personal, tendría que ausentarse del Liceo por un mes. Lo reemplazaría el señor Leonardo Miranda, profesor del 4to. medio, hasta que él regrese. El nombre le resulta familiar a Cristian. Es el hermano de la señorita Nélida, la polola de Alfredo. Hasta ahora no ha tenido la oportunidad de conversar con él. Solo cuando su tío se lo presentó brevemente después de una reunión de apoderados.
Como los días están comenzando a ponerse fríos, Nélida y Alfredo ya no van a la playa. Pero a Cristian le agrada bajar a un pequeño sector del litoral, cerca de unos acantilados. Disfruta meditando sobre las cosas que le suceden, encaramado sobre una gran roca, donde golpean las olas fuertemente, llenando sus mejillas de gotitas de mar. Se imagina lo que sucedería si llegara a caer al mar. No quedaría vivo para contarlo. Detrás de la roca hay una hendidura que protege del viento. Allí, sobre la arena, le gusta dormitar, los sábados por la tarde, y los domingos por la mañana, para no tener que toparse con la señorita Nélida, que lo pone nervioso con sus escotes y minifaldas. Y no tener que aceptar las invitaciones de Tito a jugar a la pelota con sus "amigotes". También le ayuda a evitar encontrarse con Licha, la líder de los "Malditos". Aprovecha de escribir sus poesías en un cuaderno de, o simplemente leer algún libro recomendado en clases por el “3 R”. Es lo que hace ese Domingo por la Mañana.
Desde su posición ve a algunos viejos harapientos, recoger algas en unos sacos. Seguramente después la venderán a alguna pequeña empresa de elaboración.
Con los ojos cerrados recuerda el almuerzo de ayer, en casa de Tito...Alfredo le dijo que una vez, ya había aceptado una invitación de los Ibarra. Pero después había tenido que excusarse, pues Nélida se había molestado. Ella conoce de vista a la señorita Marcia, la hermana de Tito, y se pone celosa. Por lo menos eso piensa Alfredo. El caso es que su tío estaba extrañamente nervioso, ese día... Tal vez temía que Nélida se enterara y le hiciera alguna escena. Durante la conversación del almuerzo, Marcia miraba de reojo a Alfredo, quien se hacía el que no se daba cuenta. Pero seguro que se daba cuenta. Cristian lo había sorprendido en mas de una ocasión, mirándola disimuladamente.
Tito, como siempre, se había lucido haciendo sus bromas de mal gusto. Recuerda especialmente un momento de la conversación cuando Tito le hizo esa pregunta indiscreta a Alfredo...
—“Don Alfredo –preguntó haciéndose el inocente, (porque él jamás llama a Alfredo por "Don Alfredo")-. ¿Usted tiene pensado casarse algún día?
En medio de las miradas fulminantes que le dispensaron a Tito, su madre y su hermana, recuerda que Alfredo, que en ese momento se estaba echando un trozo de carne a la boca, casi se atraganta con la pregunta, y tuvo que toser varias veces para poder responder. La señora Verónica, le dijo que no tenía porqué contestar las preguntas tontas de Tito, pero Alfredo no le dio importancia.
—“No, está bien, doña Verónica. No me molesta –dijo sonriendo, al darse cuenta de la jugarreta de Tito–. La verdad es que no he pensado en eso todavía, Tito. Primero tengo que lograr disponer de una casa propia y salir de algunas deudas importantes que tengo, antes de pensar en casarme. Además me gustaría que Cristian saque su cuarto medio primero, para que así pueda independizarse económicamente.
—“¿Se va a casar con la señorita Nélida? –preguntó Tito, haciéndose el indiferente, sin dirigir la vista a Alfredo, mientras se llevaba el tenedor a la boca, como si su pregunta fuera lo más normal del mundo.
—“¡Tito! –reaccionaron las dos mujeres al mismo tiempo, dando una fulminante mirada al impertinente. Don Héctor, levantó su mano señalando a Tito, que detuviera esos comentarios.
—¿Qué pasa?...¿Dije algo malo, que me miran tan feo? –dijo Tito llevándose los brazos al rostro como si se protegiera de algún golpe–. Pero si casarse es lo más normal. ¿No es cierto Alfredo?...
—“Ja, ja, ja. No tomen en serio a Tito –respondió riendo Alfredo–. Del cien por ciento de lo que habla, el diez lo hace en serio. Mira Tito, aunque ya hemos conversado el tema antes, te lo voy a repetir, ya que me lo preguntas...
—“Don Alfredo no tiene por qué... –protestó Marcia, avergonzada, mientras dio un soberbio pellizco en el brazo a su hermano.
—“No, está bien Marcia. No se preocupe. En verdad no me molesta, en serio –dijo riendo ante las muecas exageradas de dolor que puso Tito, por el pellizco que le propinó su hermana–. Lo que pasa es que no voy a casarme, al menos por un buen rato. Y con respecto a Nélida, ella solo es mi polola. Nunca hemos hablado de casamiento. La verdad es que a veces no nos llevamos bien, y no sé si estoy preparado todavía para dar ese paso. Supongo que algún día tendré que darlo.
Cristian captó la satisfacción que las palabras de Alfredo causaron en Marcia. Lo notó en los esfuerzos que hizo por disimular la sonrisa que luchaba por apoderarse de su sonrojado rostro. También le quedó claro que las pretensiones de matrimonio, eran exclusivamente producto de la imaginación de Nélida, y que su tío no compartía para nada esa idea.
Sumido en esos pensamientos, recordó las palabras que un día le expresara su abuelo acerca de las mujeres:
“—Nunca trates de entender a las mujeres, Chatito lindo. Si no te vas a volver loco, hijo. A las mujeres no hay que entenderlas. Hay que comprenderlas, y aceptarlas como son.”–decía riendo ante las protestas de la abuela, que argumentaba, un poco en serio y un poco en broma, que eran los hombres los complicados, por que para saber lo que hacían, había que suponer lo contrario de lo que decían. Una forma muy elegante de decir que eran unos mentirosos.
Unos jeans azules, parados justo delante de él le hacen levantar la vista. Su corazón casi se le paraliza de la impresión...
—Hola, rico. ¿Dónde te habías metido, puedo sentarme a tu lado?
Era obvio que la pregunta estaba demás, porque la muchacha se sienta a su lado sin esperar respuesta. Lo observa con mirada sonriente y algo burlona, con un cigarrillo en la boca. Lleva puesta chaqueta de cuero. Su pelo largo cubre gran parte de su agraciado rostro, debido al viento.
—¿Te acuerdas de mi? –pregunta con un tono que intenta parecer seductor.
—Si, cla...claro. Tú eres la niña a la que regalé mi reloj –balbucea nervioso, tratando de conservar la calma.
—Y...¿recuerdas mi nombre?... Me llamo Licha –dice, sin esperar respuesta del joven–. Y tú, cómo te llamas, rico? –pregunta, echando su pelo hacia atrás, de forma coqueta, mientras apaga la colilla de cigarrillo en una piedra.
—“Cristian” –responde, tratando de engrosar la voz que ha estado saliendo un poco aflautada por los nervios.
—Ah... –responde, tratando de parecer indiferente–. Tú no eres de acá ¿verdad?. No recuerdo haberte visto por la pobla.
—Si,... quiero decir, no. Yo vivía en Ovalle –responde, sin mencionar a su pueblito, por no querer parecer tan provinciano–. Vivo con mi tío.
—Ah... –responde la muchacha por todo comentario. Por un momento que parece interminable para Cristian, se le queda mirando sin decir palabra. Como si tratara de investigarlo con su mirada.
—¿Te ha hecho algo el Claudio? –pregunta la joven, después de un rato.
—¿Quién?
—Claudio, el que te amenazó por la loca con la que “pegas” en tu colegio.
—Ah. No, no lo he visto. Además era en serio cuando le dije que yo solo soy amigo de ella.
—¿Tú no “andas” con ninguna mina? –pregunta, clavando su mirada en el joven, para ver su reacción.
—¿Tú te refieres a si estoy pololeando?
—Seguro.
—No. No estoy pololeando con nadie –responde Cristian, ya un poco mas tranquilo.
—Ah...
—¿Por qué lo preguntas? –dice el joven, tratando de aparentar seguridad.
—¿ Te molesta?
—¿Qué?
—¿Qué te pregunte?...
—No. Por qué habría de molestarme... No.
—¿Tú eres de los “gatos pardos? –pregunta de manera intempestiva, la muchacha.
—No, ni loco –se apresura a responder Cristian, enfatizando sus palabras, ya que conoce los sentimientos de la muchacha para con el grupo.
—Pero me dijeron que te habían visto con el negro Tito... –pregunta la muchacha, sin despegar su profunda mirada del joven.
—No, lo que pasa es que yo vivo en el patio de la casa de él. Con mi tío, arrendamos una pieza.
—Ah, así es que vives en su casa –dice complacida la muchacha.
Cristian tarde se percata que debió morderse la lengua. Ahora Licha ya sabe donde vive. Se pregunta cómo pudo ser tan cándido. De nuevo su nerviosismo le hace sonrojarse.
—¿Te da vergüenza que hable contigo?. Qué tierno... –pregunta sonriente la muchacha, al darse cuenta de la timidez del joven.
—No, no es eso –se apresura a responder–. Lo que pasa es que me pone nervioso saber que ese... Claudio quiera...
—¿Te preocupa eso? No te hagas drama por eso, loquillo. Ya se las canté al loco, que si te pone las manos encima, se la va ha ver conmigo. Ya les tengo advertido a todos. Así es que no tienes de qué preocuparte –asegura la muchacha, acariciándole la barbilla.
—Gracias... Y...¿por qué haces eso? –pregunta con curiosidad mal disimulada.
—Porque te encuentro tierno, loquillo. Tú eres distinto a los pasaos’ pa’ la punta que he conocido. Tenís’ modales bonitos y.... ¿No serís’ marica, verdad? –pregunta de pronto, poniéndose seria.
—¿Homosexual, dices? Ja, ja, ja. No, por supuesto que no, ja, ja, ja –responde divertido.
La pregunta de Licha, hecha de forma tan seria y como asustada, ha logrado hacer reír a Cristian, sacándolo de su nerviosismo. Ahora, la chica no le parece tan temible, con todo su karate y eso. La muchacha, también se contagia con la risa de Cristian, disculpándose por haberlo pensado.
—Está bien. No te preocupes... ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro, dime no más –responde la muchacha, cambiando completamente de actitud, como tratando de parecer mas femenina, mientras se arregla el cabello.
—¿Cómo me encontraste?
—No tenía idea que estabas aquí, en serio. Yo vengo siempre a este lugar... ¿Sabías que aquí, desde esa roca, se suicidó una galla?
—¿En serio?
—La “dura”. Cuando mataron a mi hermano, yo me bajonié’ tanto, que casi cometo la misma tontera en este mismo lugar. ¿Sabías que los “gatos pardos”lo mataron?
—No, no lo sabía. ¿Pero estás segura que fueron ellos?
—Mi otro hermano, el mayor, dice que no. Pero yo estoy segura que fueron ellos.
—¿Y porqué estás tan segura? A lo mejor te equivocas –dice Cristian, con prudencia, para no molestar a la muchacha.
—Por que me lo contó alguien que los vio. Y por eso a mi no me van a engañar, como a mi hermano, que no quiso creer.
—Disculpa...¿Te dijo tu hermano por qué no cree?
—Bueno, él se me corre cuando yo le pregunto. Pero yo sé que es porque no le cree al que nos contó.
—¿Y tú le crees?
—Claro, pu’. No tengo por qué no creerle, si nunca me ha mentido.
—¿Estás bien segura que no te ha mentido? –pregunta el joven, produciendo un silencio en la muchacha y una dura mirada.
—Oye, ¿Tu estás a favor de los “gatos”, o creí’ que estoy rallá?
—Perdona, no quise molestarte, sólo que a veces las cosas no son lo que parecen. Mi abuelo Benancio, me enseñó que siempre cuando hay alguien que cuenta las cosas de una manera, hay otro que las revela.
—Y... qué quiere decir eso...–pregunta intrigada la muchacha.
—Bueno, que siempre hay que escuchar a mas de una persona para asegurarse de las cosas, creo. ¿No te parece?
—Oye, tu estai’ hablando igual que mi mamá. Ella nunca le creía los cuentos a mis hermanos, y siempre les decía así. Después iba y les preguntaba a las viejas sapas de la pobla, y a ellas si les creía. Mala onda, gallo.
—Bueno, pero ¿tenía razón para no creerle a tus hermanos?
—Bueno, la “dura” es que eran mas cuenteros que, puchas que eran cuenteros, ja, ja, ja.
—¿Ves?. Seguramente tu mamá lo sabía y por eso no les creía.
—Sí, pero me daba rabia que confiara mas en las viejas de la pobla, que en nosotros.
—Bueno, si piensas así, dile que eso te duele, y a lo mejor, ella te comprende.
—¿A mi mamá? ... Va a ser difícil, porque ella murió hace tres años.
—Oh, lo siento... no sabía.
—Está bien. No hay drama, loquito. Eso fue lo que me bajoneó mas, cuando mataron a mi hermano. No tener quién me consolara. A veces vengo a este lugar, aquí mismo donde estamos ahora, a llorar sola...
—¿Y tu papá?
—El viejo nos abandonó cuando éramos chicos, y se fue con otra vieja. Mi mamá nos crió sola, hasta que murió. Después mi hermano mayor se hizo cargo de nosotros. El es como mi papá. A veces se pone pesao’, el saco de pernos. Pero por lo menos nos llevamos.
—¿Por qué dices que se pone pesado?
—Porque me vigila pa’ todas partes. Parece “paco”, al lado mío. Me corretea a todos los “minos” con que he andado. Los cabros le tienen tanto miedo, que ya nadie quiere andar conmigo.
—Pero debe ser por que te quiere, y no desea que te pase nada...
—Si, pero si sigo así voy a terminar siendo monja... Además yo sé cuidarme sola.
—Pero de todos modos puede pasarte algo. Este barrio parece que es peligroso –dice Cristian, arrepintiéndose enseguida por haberlo mencionado, por la experiencia que él mismo pasó con los amigos de Licha.
—No pasa ná, loquito. En la pobla me conocen todos. A quién hay que temer es a los "Narcos". Esos son peligrosos. Pero no son de este barrio, y yo no me meto con ellos. Además donde trabaja mi hermano, hay uno que es de ese cuento. Así que mi hermano dice que mientras no nos metamos con ellos, no nos pasará nada. En el grupo de nosotros hay algunos "pilotos", pero ese es cuento de ellos. Cada uno responde por su cuero.
—¿Qué son los "pilotos"?.
La muchacha pausa por un instante, como preguntándose si debería dar detalles del asunto, al joven...
—Son "mojones" chicos que entregan la "mercadería". Pero yo aparte de fumarme un pito de vez en cuando, no me meto en ese tema. ¿cachai´?. A mi lo que me preocupa es saber quién fue el desgraciado que se "echó" a mi hermano. Cuando lo sepa le voy a meter las dos patas en el hocico, y le voy a sacar toda la choclera. Por eso aprendí karate. Además participo deportivamente en el campeonato nacional. ¿sabías?... Tengo medallas y trofeos.
La muchacha se incorpora, limpiándose la arena de los jeans, y se queda mirando el mar, sumida en sus pensamientos. Cristian solo se la queda mirando, y también se pone de pié. Luego de un instante, se vuelve hacia Cristian, sacándose el reloj de la muñeca.
—¿Sabes? Después que tu me regalaste este reloj, de manera tan tierna, no he podido quedarme tranquila. Yo sé que lo hiciste para que el loco del Claudio no te punzara. Por eso te he estado buscando, para devolvértelo. Yo sé que a ti te hace mas falta. Yo ya tengo reloj. Así es que puedes quedártelo, y no le digas a nadie que te lo devolví. ¿ya?
La reacción de la muchacha deja completamente sorprendido a Cristian, quien no atina a decir nada. La muchacha sin decir más, da la vuelta y se encamina hacia los departamentos, al otro lado de la carretera, en dirección a su casa. Por un instante Cristian se queda mirando el reloj pulsera, sin saber qué hacer. Luego corre hacia la joven que lleva avanzado un buen trecho...
—¡Licha, Licha!...¡Espera, por favor!
Finalmente la alcanza, justo llegando a la carretera costera, mientras ella espera que pasen los vehículos, para cruzar. Sorprendida por el llamado del joven, solo se le queda mirando para saber el motivo de su carrera...
—Qué bueno que te alcancé –dice recobrando el resuello–. Por favor, deseo que te quedes con el reloj –dice ante la sorprendida mirada de la muchacha.
—Pero... pero ¿porqué?, si es tuyo, loquillo. –dice sonriente y sorprendida.
—Mira, en realidad yo deseo regalártelo. No es que me sienta obligado, en serio. Además yo ya le dije a mi tío que se me había perdido en el colegio. Así es que ¿cómo le voy a explicar que de nuevo lo tengo?.
—Le puedes decir que lo encontraste, o que un amigo lo encontró y te lo devolvió. ¿Cuál es el drama?... Además te hace falta. No seas ganso.
—Oye. Yo ya estoy harto de que me digan que soy ganso –dice molesto, ante la sorpresa de Licha, que no esperaba una actitud firme como esa–. Yo no soy ganso. Seré tímido, vergonzoso, melancólico, lo que quieras. Pero no ganso.
—Perdona , loquillo...yo...
—Nada. Soy yo el que desea obsequiarte el reloj –dice con firmeza, mientras le pone el reloj en la muñeca a la joven–, por que me agradó tu actitud. Y por último por que me da la gana, pero no por que sea ganso. ¿De acuerdo?
Cristian no puede creer que esté hablando de esa manera a la muchacha a quien hasta hace poco, le aterrorizaba encontrarse. Por su parte, Licha, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, no atina a nada. Se le queda mirando con ojos vidriados, para luego en un impulso inesperado, abrazarlo y besarlo largamente en la boca. Esta vez es Cristian quién se lleva la sorpresa, quedando prácticamente petrificado en el suelo. Nunca lo habían besado así... ¡Nunca lo habían besado!... Ni a "su Bety", en Chalinga, había logrado robarle un beso. La experiencia, desconocida para su joven corazón, hace que éste comience a retumbar locamente.
La muchacha, sin mas, echa a correr en dirección a los cerros, hacia su casa, sin esperar la reacción de Cristian, quien por toda reacción se lleva sus manos a la boca como queriendo comprobar que lo que había sucedido era verdad.
Se le antoja el rostro del abuelo, mirándole sonriente...
“—Nunca trates de entender a las mujeres, Chatito lindo... Son un misterio inexplicable."
FIN DEL CAPÍTULO 13
lunes, octubre 29, 2007
DISCULPAS POR NO PUBLICACIÓN
A los posibles lectores:
Debido al cambio de sistema en Blogspot, estuve sin poder publicar mucho tiempo. Las disculpas al único lector del sitio (ja, ja). Por ello he subido tres capítulos de una. A partir de ahora no acompañaré los capítulos con Glosarios. Espero esto no dificulte la comprensión de la novela.
Desde ya muchas gracias.
El Autor.
Debido al cambio de sistema en Blogspot, estuve sin poder publicar mucho tiempo. Las disculpas al único lector del sitio (ja, ja). Por ello he subido tres capítulos de una. A partir de ahora no acompañaré los capítulos con Glosarios. Espero esto no dificulte la comprensión de la novela.
Desde ya muchas gracias.
El Autor.
—EN CASA DE DOÑA SOLEDAD— Cap. 12
Antuco vino a buscarlo puntualmente. Claro, cuando hay algún chocolate de por medio, nadie tiene que decirle que sea puntual. Después de peinarse, y de arreglarle el cuello torcido a la camisa del Antuco, Cristian y el niño se dirigen a casa de la señora Soledad...
—¿Cómo lograste que te diera permiso tu mamá? –pregunta Cristian, curioso.
—Le dije que iba a la casa de mi madrina.
—¿Y te creyó?
—Claro, pu’. Siempre me cree –responde el niño, con aire de suficiencia.
—¿Y si después le pregunta a tu madrina?
—Mi madrina le va a decir que estuve con ella.
—¿Y tu madrina te apoya en eso? –pregunta con incredulidad y sorpresa el joven.
—Claro, pu’. Si ella me ayuda. ¿No vis’ que ella es amiga de la Lo...de la señora Sole?
—¿Ah si?
—Si pu’. Lo que pasa es que mi madrina dice que mi mamá se pone muy “cuica” a veces. Por eso ella me deja ir donde la señora Sole, y le dice a mi mamá que estuve en la casa de ella.
—¿Y nunca los ha pillado tu mamá?
—No nunca. Claro que me acuerdo de una vez que 'casi'.
—¿Ah si? ¿Y cómo fue eso? –pregunta Cristian, deseoso de escuchar alguna diablura del Antuco.
—Esa vez yo estaba en la casa de la Lo... de la señora Sole, cuando mi mamá mandó a la Lore’ a buscarme a la casa de mi madrina pa’ que le fuera a comprar al almacén.
—¿Te refieres a tu hermanita?
—Si´, pu’. La Loreto. Acuérdate que de cariño le decimos ‘Lore’.
—Ah si, tú me contaste. Sigue no más.
—Bueno, Cuando la Lore’ llegó a buscarme, llegó y entró no más, pu’. Y empezó a llamarme: “Antuco”, “Antuco....dice mi mamá que ‘vayai’ a comprar al armacén”... –el niño gesticula y hace ademanes, describiendo los acontecimientos, cosa que divierte a Cristian.
—¿Y?
—Espérate, pu socio. Déjame contarte a mí no más. No me ‘ interrumpai’, pu’.
—Ah, bueno, perdona.
—¿En qué parte iba?... Ah, sí... Cuando la Lore’ llegó y empezó a llamarme, mi madrina no sabía qué hacer para que no nos pillara, porque la Lore’ es mas re’ sapa?. Too’ le cuenta a mi mamá. Y si yo le doy chocolate para que no me acuse, me recibe el chocolate y después igual me acusa. Es mas re’ sapa?. Bueno, la cuestión es que mi madrina... a ver cómo fue la cosa... Ah. Ya me acordé. Mi madrina le dijo que yo estaba en el baño, haciendo cacú, y que ella me daría el recado. Entonces la Lore’ se puso a golpear la puerta del baño y a gritar que me apurara. Entonces como yo no respondía, claro cómo iba a responder si estaba en la casa de la señora Sole ¿no es cierto?
—Me imagino.
—Entonces como yo no respondía, la Lore’ le dijo a mi madrina que a lo mejor yo me había muerto. Entonces mi madrina le dijo que cómo se le ocurría hablar esas tonteras, y la Lore’ se puso a llorar por que yo no le contestaba. Y entonces mi madrina le dijo que a lo mejor yo me había quedado dormido, pero no que me ‘hubría’ muerto...
— “Hubiera”
—¿Cómo?
—Se dice “hubiera”, no “hubría”.
—Bueno, eso... La cuestión es que la Lore’ salió llorando a buscar a mi mamá, y le dijo que yo me ‘hubiera’ muerto en el baño de mi madrina.
—Se dice... Bueno, no importa, sigue no más. ¿Y?.
—Después llegó mi mamá toda desesperada a ver qué me ¿hubiera pasado?...
—“Qué te había pasado”...
—Eso. Y mi madrina estaba más desesperada todavía, por que mi mamá nos iba a pillar que yo no estaba en su casa si no que en la casa de... la señora Sole.
—¿ Y qué hizo?
—Cuando llegó mi mamá, le dijo que yo ya había salido del baño y que ella me había mandado a comprar, y que la Lore’ decía puras tonteras no más. Entonces mi mamá retó a la Lore’ por asustarla, y le pegó en el trasero. Ja, ja, ja. Es más re’ tonta?
—¿ Y no te remuerde la conciencia por que le pegaron a tu hermanita por tu culpa? –dice Cristian al niño, para ver su reacción.
—¿Por qué, pu’? Chis’, ¿Y todas las veces que me han pegado a mí por culpa de ella, cuando me acusa?
—Pero si te acusa, es por que hiciste algo malo...
—No, pu’ socio. Si ella, a veces, me acusa de puras mentiras que inventa no más, para que me peguen. ¿No vis’ que ella es la regalona y toos’ le creen?.
—"A veces"...
—Si, pu’.
—Bueno, ¿y cuando te acusa las otras veces que no son mentiras?...
—Mira socio, ya llegamos. Aquí vive la señora Sole...
Muy convenientemente para el Antuco, llegan a la casa de la señora Soledad. Le llama la atención a Cristian, el jardín bien cuidado de la mujer. La casita, modesta, pequeña, sin embargo muy bien cuidada y arreglada, no guarda relación con la fama de la dueña. Doña Soledad los recibe muy contenta y con exagerada amabilidad. Su vestido floreado, largo con vuelos, le hace parecer a esas damas antiguas. Su pelo largo semirubio, teñido, amarrado con un grueso cintillo, cae libre sobre su espalda. Su perro, "Pequitas", no deja de ladrar a Cristian.
—¡Deja de ladrar a Cristiancito, pesado! –reprende a su perro la mujer–. Si él es un niño bueno, ¿verdad Cristiancito?
—Bueno, eso creo –responde Cristian, divertido por los esfuerzos del "Pequitas" por asustarlo, mientras al mismo tiempo "valientemente" se esconde detrás de doña Soledad.
La mujer les invita a sentarse a la mesa, la cual ha surtido de dulces, queque y algunas golosinas, lo que hace abrir desmesuradamente los ojos al Antuco, afectando sus glándulas salivales; cosa que no pueden dejar de notar sus dos compañeros de mesa, quienes intercambian miradas divertidas.
—El "Tuquito", es uno de los más fervientes admiradores de mis dulces –comenta con picardía la mujer a Cristian–. ¿Verdad "Tuquito"?.
El niño baja la vista avergonzado, sin emitir comentario.
—Ay, no te molestes mi amorcito, –dice la mujer con tono maternal–. Si lo digo de gusto. No es para que te pongas colorado, Ji, ji, ji.
—¿ Usted vive sola, señora Soledad? –interviene Cristian para sacar al Antuco de su incomodidad.
—Sí, mi tesorito. Como lo indica mi nombre "Soledad". Mi única familia es el “ Pequitas”, mi perrito- –la mujer acaricia tiernamente el pelaje del perro, a quién a sentado en su falda.
—¿Usted nunca tuvo hijos?
—Nunca quise tener hijos –responde con cierto aire de tristeza–. Es que para traer hijos al mundo, hay que poder cuidarlos y educarlos, y yo con la vida de gitana que llevaba, ji, ji, ji, nunca habría podido darles la atención que hubieran necesitado. Pero a veces me siento sola y como que me habría gustado tener uno que hubiera sido. Aaah, pero después me digo: “¿Y pa’qué querís hijos, Sole, cuando pa’ lo único que sirven los hijos hoy día es para hacer pasar rabia a los padres?.” Si los hijos de hoy día son muy ingratos, Cristiancito. Claro que no todos, por supuesto, como tú por ejemplo. Debes haber sido un muy buen hijo.
—¿Usted fue gitana, señora Sole? –pregunta abriendo los ojos el Antuco.
—Ja, ja, ja. Claro que no, "Tuquito". Es una forma de decir –responde divertida doña Soledad–. Lo que pasa es que yo fui una artista muy famosa cuando era joven. Cantaba y bailaba. Actué en muchas partes de Chile, uuuh, si yo les contara. La gente me pedía a gritos que saliera a cantar. Tengo “hartas” fotos de cuando era artista. ¿quieren verlas?.
—Yo ya las he visto varias veces, señora Sole –responde el niño, un tanto afligido.
—Tienes razón, "Tuquito", pero Cristiancito no las ha visto aún. ¿Quieres verlas, hijo?
—Sí, me encantaría –responde el joven, con sinceridad.
La mujer entra a su dormitorio, por un instante, y luego regresa trayendo un grueso álbum de fotografías, el cual abraza sobre su pecho, como algo muy preciado. El perro ahora se acerca a Cristian (a quien al parecer ha incluido entre sus conocidos, ya que no le ladra), moviendo su cola y jadeando.
—Mira, esta es de mi marido. Bueno, del que fue mi marido –dice, mientras muestra una de la fotografías a Cristian, quien ante la insistencia del "Pequitas", lo toma en sus brazos–. El se fue para Argentina y nunca volví a saber de él. El era promotor de artistas, y seguro que se encamotó con alguna flaca patas largas. En todo caso debe haber tenido las piernas más gordas que las mías, como se fue a encamotar tanto, ¿verdad? ja, ja, ja. Pero algún día pienso ir para allá, y si está casado con otra, me lo traigo "retobadito" de vuelta para acá, ja, ja, ja.
—Yo creí que su esposo había muerto –dice Cristian con cierta discreción, medio cerrando sus ojos para evitar los lengüetazos del perro, lo que causa la risa del Antuco.
—Está en Argentina –insiste la mujer, cambiando el tono de la voz, con los dientes apretados, y endureciendo su mirada , adoptando una actitud de ofendida.
—Oh, sí. Perdón, no quise molestarla –dice el joven, un tanto perturbado.
—No, mi amorcito –responde la mujer, recuperando rápidamente su sonrisa y su actitud amable–. No me haz molestado en lo absoluto, cariño. Déjame mostrarte esta foto del "Pequitas". Mira aquí está cuando recién tenía un mes de nacido ¿no es tierno?
—Si, se ve muy bonito –responde el joven, aliviado, mientras el perro se contenta, como si entendiera que están hablando de él.
—Bueno, después seguimos viendo fotos –dice doña Soledad, cerrando abruptamente el álbum de fotografías, ante la sorprendida mirada del joven–. No vaya a ser cosa de que el Antuquito, se nos desmaye de hambre, de tanto mirar los dulces, ja, ja, ja. Ya niños, sírvanse ustedes mismos. Aquí está el tecito, el pan, la mantequilla, el queso. Pon la bolsita de té en la taza, "Tuquito", para echarte el agua caliente. Cuidado, no te vaya a quemar...
Doña Soledad se mueve con habilidad al atender a sus invitados. Luego baja al perro de los brazos de Cristian, quién se ha estado esforzando en esquivar los lengüetazos del “Pequitas”. Lo deja en un cajón que al parecer es para él, con un trocito de dulce, y un poco de leche en un tazón. El Antuco apenas puede engullir el trozo de torta que se ha echado a la boca. Mientras mastica con deleite, ya le tiene echado el ojo a un apetitoso trozo de queque, que parece hacerle guiños. Cristian, de cuidados modales, observa a la mujer de reojo, mientras se sirve su taza de té. Una extraña simpatía ha nacido en él hacia doña Soledad. El trato cariñoso de la mujer, tal vez le hace pensar que así sería su madre, a la cual casi no conoció.
—¿Y tus padres, Cristiancito, viven contigo? –pregunta la mujer, como adivinando los pensamientos del joven.
—No, señora. Ellos murieron. Yo vivo con mi tío Alfredo, en la casa de los Ibarra, como a dos cuadras de aquí.
—Ay que pena... –responde doña Soledad con voz triste–. Dime "Sole" no más, mi amorcito. Así me dicen mis amigos, y quiero que tú seas mi amiguito ¿quieres? –dice la mujer, tomado el brazo del joven.
—Sí señora Sole. Claro. Me gustaría. –responde un tanto sorprendido el joven, encontrando su mirada con la del Antuco, quien le mira sonriente, con sus dientes incrustados en un sandwish de queso.
—¡Espléndido! Ahora ya tengo tres amiguitos –dice contenta la mujer mientras entrelaza los dedos de sus manos, acercándolas a su rostro.
—¿Tres? –pregunta Cristian, tratando de no parecer indiscreto.
—Claro; la Rebequita, "Tuquito", y ahora tú –responde la mujer, mientras acaricia la barbilla del joven–. Son las únicas personas que no me rechazan, o que no me tratan de loca.
—Perdón, ¿Quién es la señora Rebeca? –pregunta intrigado el joven.
—Se refiere a mi madrina –responde el Antuco, con la boca llena de pan.
—Tuquito, qué son esos modales –corrige con cariño la mujer–. No debes hablar con la boca llena, mi amorcito.
—!Up¡. Perdón –responde avergonzado el niño, mientras se limpia la boca con una servilleta.
—La Rebequita, es muy tierna conmigo –continúa la mujer–. Cuando estoy enferma, me viene a ver y se encarga de ir a retirar mis medicamentos al hospital. Incluso cuando estoy en cama, enferma, ella se da la molestia de venir a cocinarme, fíjate. Es una santa para mí. Yo le digo que es mi "madre Teresa" particular, ji, ji, ji. Ella es la única que cree que no estoy loca.
—Bueno, yo tampoco creo que lo esté –se apresura a comentar, Cristian–. Me parece una señora muy amable y cariñosa.
—¡Yo tampoco, señora Sole! –interrumpe el Antuco.
—Ay, gracias, mis tesoritos. Si no es necesario que me lo digan. Yo lo sé. –dice la mujer en tono conciliador–. Yo me refería a las otras mujeres del barrio, y todos los demás. Mucha gente se interesa en los demás solo cuando andan en busca de chismes. No pueden soportar no enterarse de la desgracia ajena. No por que deseen ayudar, si no por que quieren hacer leña del árbol caído. Agitan sus lenguas venenosas, víboras hipócritas. Apuesto a que cuando me muera, ahí van a decir: " ay, qué buena era la "loquita", para ver qué pueden rapiñar de las cosas que tengo. Pero se van a quedar con los crespos hechos, los buitres. Yo ya tengo hecho mi testamento, y se van a llevar una tremenda sorpresa cuando se enteren, ja, ja, ja.
—Perdone que le pregunte, señora Sole. ¿Por qué creen que... que usted está loca? –pregunta Cristian, con prudencia.
—Ay, tesorito. No importa, pregunta no más. Tú eres mi amiguito y puedes preguntar lo que quieras –responde la mujer poniendo tiernamente su mano en la cabeza del joven–. Bueno, lo que pasa es que a veces, cuando no me tomo mis pastillas, o cuando paso una rabia muy grande, me vuelvo una niña... Espérame un ratito, te voy a mostrar algo...
La mujer se pone de pié, entra en su dormitorio, y después de un momento regresa con una muñeca de trapo, hermosamente vestida.
—Cuando me pongo como niña –continúa la mujer–, juego con mi muñeca, "Mimí". Le acaricio el cabello y la hago dormir. Las mujeres del vecindario se burlan de mí y me gritan que soy una loca. Ella sí me comprende –balbucea mostrando a su muñeca–, por que nunca me contradice ni se burla de mí. Claro, las muñecas no pueden hablar, ¿verdad Cristiancito? ja, ja, ja. Pero cuando se me pasa, me acuerdo de toditito lo que hice, fíjate de que no se me olvida nada.
—Y esas pastillas que dice usted, ¿son para que no se ponga así? –pregunta Cristian, ante la atenta mirada del Antuco, que con sus ojos bien abiertos, parece no querer perderse nada de la conversación.
—Claro –responde la mujer–. Me las recetó el doctor Barbosa, que es un médico Brasileño, bien joven, y que me atendió cuando estuve internada en el hospital de los loquitos, cuando me dio una crisis.
—¿Le dan crisis, señora Sole? –interviene el Antuco, queriendo participar de la conversación, sin tener mucha idea de lo que está preguntando.
—Bueno, muy rara vez Tuquito. Pero cuando me dan, a veces veo personas en mi cuarto, pero yo sé que no están ahí. Yo sé que es mi imaginación no mas, pero son muy reales. Hasta puedo sentir cuando me tocan. Por eso tengo que tomar mis pastillas. Tengo varias pastillas y tengo que tener cuidado de tomarlas a mis horas. Hay unas bien chiquitas de diferentes colores. Y en la noche me tomo una “Triptilina”. Son éstas, ¿ves?. Estas chiquitas –muestra una pequeña cajita a Cristian–. Las guardo en esta cajita para que no se me olvide tomármelas.
—Pero el que a usted le den a veces esas crisis, no significa que esté loca –dice condescendiente el joven.
—Ya lo creo que no. Pero anda tú a hacerle entender eso a las chismosas del barrio –concuerda la mujer–. Se han encargado que todo el mundo me crea loca. Y yo digo que es el mundo, mas bien el que está cada día más loco, y no yo. ja, ja, ja ¿no crees, Cristiancito?
—¿Porqué dice que el mundo está loco, señora Sole? –pregunta intrigado el Antuco.
—Por que sí, pues, "Tuquito". Si el mundo dice que lo blanco es negro y que lo negro es blanco. ¿Quién es el que está loco? –responde la mujer. El Antuco da una mirada significativa a Cristian, como para recordarle que él ya le había mencionado ese comentario anteriormente, cosa que el joven recuerda perfectamente–. "Habrase visto" –continúa la mujer–, ¿Cuándo los hombres se habían vestido de mujeres, y las mujeres de hombres? Las mocosas de apenas 12 años, tienen guagua, y los taitas mas encima se lo celebran? Y si algún padre se atreve a darle un buen par de correazos a un hijo mal criado, lo acusan de maltrato infantil y lo meten preso... El otro día, sin ir más lejos, don Enrique, el señor que es taxista y que vive en la calle de más arriba, pilló a su hija de 15 años que le había mentido, y que estaba en la casa de un tontorrón grande de mas de 20 años, besuqueándose y haciendo quizás qué otras cochinadas, y le pegó un correazo que le dejó marcada la correa en las piernas. La chiquilla lo denunció a los carabineros, y a don Enrique lo metieron preso. Más encima lo amenazaron que si le volvía a pegar a su hija, lo iban a meter a la cárcel y tendría que pagar multa. Ahora la cabrita hace lo que se le antoja, y como burla se pasea con el tontorrón por toda la población. ¿Qué te parece?, ja, ja, ja. ¿No está loco este mundo?...
—¿Uno puede acusar a su papá a los carabineros, señora Sole? –pregunta interesado el Antuco.
—¿Qué estás pensando picarón? –responde doña Soledad, sonriendo pícaramente al niño–. Claro que se "puede" hacer. Pero no sería correcto pues, Tuquito. Los padres disciplinan a sus hijos, porque los quieren y no desean que cuando crezcan sean unos delincuentes, o drogadictos. Esas leyes se hicieron para proteger a los niños que son maltratados abusivamente por padres violentos. Pero parece que algunas autoridades no lo entienden, y se van al extremo de quitarles el derecho a los padres de criar a sus hijos de una manera digna.
—Pero a veces los papás le pegan re' fuerte a uno, pu' –protesta el Antuco.
—Ja, ja, ja. Bueno, ésa es la idea, pues Antuquito. Que duela –responde divertida doña Soledad–. Así el niño aprende que una mala acción reporta un castigo doloroso, y así no lo vuelve a hacer. ¿Te imaginas que los padres le pegaran tan despacio a los niños y que no les doliera nada? Los niños seguirían portándose mal, total, si no duele?...
—Yo una vez, me puse una frazada chiquita, que era de la Lore cuando ella era guaguita –confidencia sonriente el Antuco–. Me la puse doblada debajo del pantalón, y cuando mi papá me pegó, no me dolió ná'. Pero yo igual gritaba como si me hubiera dolido re' mucho. Pero la Lore me acusó, y mi papá me bajó los pantalones y me pegó re´fuerte. Chis' me dolió más?...
—Ay, este Tuquito, es todo un plato, ja, ja, ja –dice doña Soledad riendo junto con Cristian, quien, acaricia la cabeza del niño.
—Claro que hay adultos también que se portan mal –continúa la mujer–. Por eso digo que el mundo está al revés. Por ejemplo, hace un tiempo, en el almacén de doña Luisa, estaba la desvergonzada de allá arriba, esa que le quitó el marido a la chatita que vive al lado de la Rebequita, y se ufanaba diciendo que: -(doña Soledad hace gestos cómicos al imitar el modo de hablar de la mujer)-."Ay, ‘su hombre’ le había comprado esto y aquello". ¿Y tú crees que las otras mujeres que estaban allí, le reprocharon algo?... ¡Nada! Si hasta la felicitaban, hijo. A mí me dio tanta rabia, que no pude contenerme, y le dije que en vez de estar vanagloriándose con el marido de otra, mejor se fuera a preocupar de los cinco críos que dejó abandonados con su esposo, ji, ji, ji.
—¿Y ella qué le contestó? –pregunta intrigado Cristian.
—Ay, hijo. Si se me fueron todas encima. Casi me pegaron. Me dijeron de todo. Lo más suave que me dijeron, fue "loca metiche y la de tu madre...". La pobre señora Luisa estaba tan avergonzada, que después tuvo la gentileza de disculparse por lo que habían dicho sus clientas. Esa señora me gusta, porque es una dama. Nunca le he oído decir alguna grosería, cosa que en es muy difícil decir de las otras rotas que estaban allí.
—¿Y a tí, Cristiancito? –pregunta la mujer–. ¿Cómo te va en el colegio?
—Me va bien, creo. Es que llevo poco tiempo todavía –responde el joven–. El profesor jefe me dijo que la otra semana me iba a hacer unos exámenes de evaluación para poder calificarme. Ojalá me vaya bien.
—No tendría por qué irte mal. A menos que no dejes tiempo para estudiar. ¿Tú tienes polola, Cristiancito? –pregunta doña Soledad, mientras sube al perro en su falda.
—No, no me gusta pololear –responde el joven un tanto avergonzado.
—Mucho mejor –dice doña Soledad, complacida–. Los jóvenes que andan pensando en esas cosas, no dejan tiempo para sus estudios. Quieren pasarse el tiempo enamorando niñitas. Además que lo encuentro tan cruel.
—¿Cruel? -pregunta intrigado el joven.
—Sí, cruel. Cómo no va a ser cruel, pues Cristiancito –responde doña Soledad, mientras acaricia a su perro–, si cuando los jovencitos se enamoran, no pueden casarse, porque están estudiando y no tienen cómo formar un hogar todavía.
—Pero es que el pololeo no es para casarse, pu', señora Sole –interrumpe el Antuco, queriendo demostrar que sabe sobre el tema.
—Por lo mismo, Tuquito. El permitir que se desarrollen fuertes sentimientos, sin el compromiso del matrimonio, hace sufrir mucho a esos jóvenes –contesta la mujer–. Y más si algunos de ellos lo hacen solo para divertirse, como dicen. Sin tomar en cuenta el daño emocional que pueden causarle al otro, más si se 'encamotan'. ¿no crees Cristiancito?.
—Bueno, yo... en realidad no lo había pensado así.
—Muchos jovencitos no miden las consecuencias que pueden traer esos pololeos, llamados "diversión sana", Cristiancito. Algunas jovencitas han llegado a quitarse la vida por un pololo que las deja por otra niña. Y cuando no es eso, es porque quedan embarazadas. Entonces los papás las obligan a hacerse aborto, y así asesinan a una criatura inocente que no tiene la culpa de venir a la vida. O algunas que tienen miedo de que se enteren sus papás, también se quitan la vida.
—Pero no todas los que sufren se quitan la vida, ¿o sí? –pregunta preocupado el joven.
—Claro que no, Cristiancito. Pero ¿Quién puede saber cómo reaccionará un corazoncito joven y sin experiencia, a un desengaño amoroso? Tú sabes que los adolescentes toman todo tan exageradamente... Se creen feos, que tienen la nariz muy grande, que nadie los “pesca”, como dicen ellos... que nadie los entiende... Imagínate cuando se sienten engañados, o abandonados por sus pololos.
—Si, pues. Tiene razón.
—Ahora ¿qué me dices tú, de todas esas niñitas que tienen que criar a sus hijos, solas, cuando ellas mismas necesitan que las cuiden y las críen? Además, casi ningún hombre está dispuesto a hacerse cargo de hijos ajenos, y las pobres cabritas tienen que quedarse solas con sus críos. Además muchos jóvenes creen que cuando una niña tiene un hijo, es por que son mujeres fáciles. Así es que las pobres niñitas pasan de uno en otro mocoso, buscando marido, y lo único que consiguen es llenarse de más críos. ¡ Pobres pajaritos! Pero el mundo está así ahora. Dan ganas de ponerse a llorar.
—Pero, ¿no se puede pololear sin tener hijos? –pregunta el Antuco con sus ojos bien abiertos, por lo novedoso del tema para él.
—Ja, ja, ja... Me había olvidado que el Tuquito estaba escuchando conversaciones de grandes –dice doña Soledad–. Debe tener las orejas cono antenas de televisión. Ja, ja, ja.
El niño baja la vista avergonzado, pero doña Soledad lo tranquiliza rápidamente, acariciando su "espinuda" cabellera.
—Ay, mi amorcito, no se me ponga así. Si lo digo en broma nada más, ji, ji, ji –ríe divertida–. Bueno, lo que pasa Tuquito, es que los jóvenes cuando se abrazan, y se dan besitos, y se hacen cariñito, y más cariñito, y más cariñito... después no pueden evitar que se les pase la mano, como se dice ¿no?. Entonces se les sube la temperatura, ji, ji, ji. Y entonces se ponen a tener hijitos, pues. ¿Ves?
—Ah... ¿ Y cómo...? –pregunta el niño.
—Ay, no. Hasta aquí no más llego yo, pues Tuquito. Ja, ja, ja. –ríe de buena gana doña Soledad, mientras se hace para atrás, apoyando su espalda al respaldo de la silla, ante la mirada divertida de Cristian que acaricia la cabeza del niño–. Lo demás vas a tener que preguntárselo a tu mamá o al profesor de tu escuela, ji, ji, ji. O vas a tener que esperar "cuando seas grande" como dicen por ahí., ja, ja, ja.
El niño ríe también, poniendo su mano abierta sobre su rostro, mirando entre sus dedos, sin entender mucho, pero queriendo aparentar que entiende todo. El "Pequitas" ladra contento, como si quisiera participar de ese momento alegre.
—¿Quieres otra tacita de té, Tuquito?, ¿Y tú, Cristiancito? –pregunta la mujer mientras deposita otro trozo de dulce en el plato del Antuco, y también en el de Cristian.
—Sí, gracias –responde el niño–. ¿Me puedo servir otro pedazo de torta?
—Claro, mi amor. Veo que te gustó la torta que hice ¿eh?
—¿Usted la hizo? –pregunta Cristian–. Está muy rica.
—Gracias, cariñito. Ustedes me dan ánimo con sus halagos. Son unos Amores. Para el mes de Julio, está de aniversario el “Pequitas”. Así que haré una fiestecita y ahí haré una rica torta. Ustedes serán mis invitados exclusivos.
—¿Aniversario?, ¿Exclusivos? –pregunta intrigado el niño.
—Si, Tuquito. Ese mes se cumple un año desde que me regalaron al “Pequitas”. Era tan mononito y chiquito, ji, ji, ji.
—¿Y por qué exclusivos? –insiste el niño.
—Ah, porque ustedes serán los únicos que estarán en esa fiestecita. Ah, y la Rebequita, por supuesto.
—¿Y va a haber chocolates? –pregunta con entusiasmo el Antuco.
—Ja, ja, ja... Por supuesto, Tuquito. Ahora también tengo unos chocolatitos guardados para ti, que compré en el supermercado.
—¿Me puedo comer uno? –pregunta tímidamente el niño.
—Ja, ja, ja... ¿Y dónde le cabe tanto a este niño? –pregunta divertida doña Soledad, ante la risa de Cristian.
La velada continúa entre las anécdotas del Antuco, las fotografías de doña Soledad, y los ladridos del "Pequitas", que cada vez que escucha reír, piensa que es una señal para ladrar y mover la cola.
El Antuco da cuenta de dos barras de chocolate, y otro trozo de torta, mientras conversa con la boca llena, ante las recriminaciones de doña Soledad. Cristian no recuerda haber pasado un rato tan agradable cómo aquel, y con tan extraños personajes, y de tan diversas generaciones. Bien decía su abuelo, que a veces se aprende de la vida, en donde menos se piensa. Se alegra de no haber acompañado a Alfredo y Nélida, y haber optado por conocer a tan interesante señora.
Como a las 9 de la noche, Tito lo invita a salir a juntarse con sus amigos, pero Cristian se excusa aduciendo que tiene que conversar con su tío que se va a la mina. No quiere herir a Tito, pero tampoco le agrada la idea de encontrarse con sus "amigotes", como les llama la mamá de Tito.
Esa noche, Alfredo se regresa a la mina. Le deja el encargo de recibir durante la semana, a un compañero de trabajo del otro turno, quien llevará una cama de una plaza para Cristian. Por fin podrá dormir sin el cargo de conciencia de estar privando a Alfredo de un buen descanso, ya que hasta ahora su tío ha estado durmiendo en el sofá.
Después de acostarse, no puede conciliar el sueño. Hay demasiadas cosas en su cabeza. Toda su vida se ha trastocado en los últimos días. No se acostumbra a la idea de que ya no está en su casa de Chalinga, en su cama acogedora, al lado de la ventana que da al jardín de la abuela. Que su abuelo ya no está a su lado con sus consejos campechanos. Que a sus amigos, tal vez ya no los vuelva a ver. Echa de menos el pan amasado con chicharrones, de doña Melania. Y los huevos frescos de gallina que le llevaba por la mañana, antes de irse al colegio. Una solitaria lágrima, solitaria como él mismo se siente ahora, rueda por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Sus manos aprietan fuerte la punta de la sábana húmeda entre sus dientes.
FIN DEL CAPITULO 12
—¿Cómo lograste que te diera permiso tu mamá? –pregunta Cristian, curioso.
—Le dije que iba a la casa de mi madrina.
—¿Y te creyó?
—Claro, pu’. Siempre me cree –responde el niño, con aire de suficiencia.
—¿Y si después le pregunta a tu madrina?
—Mi madrina le va a decir que estuve con ella.
—¿Y tu madrina te apoya en eso? –pregunta con incredulidad y sorpresa el joven.
—Claro, pu’. Si ella me ayuda. ¿No vis’ que ella es amiga de la Lo...de la señora Sole?
—¿Ah si?
—Si pu’. Lo que pasa es que mi madrina dice que mi mamá se pone muy “cuica” a veces. Por eso ella me deja ir donde la señora Sole, y le dice a mi mamá que estuve en la casa de ella.
—¿Y nunca los ha pillado tu mamá?
—No nunca. Claro que me acuerdo de una vez que 'casi'.
—¿Ah si? ¿Y cómo fue eso? –pregunta Cristian, deseoso de escuchar alguna diablura del Antuco.
—Esa vez yo estaba en la casa de la Lo... de la señora Sole, cuando mi mamá mandó a la Lore’ a buscarme a la casa de mi madrina pa’ que le fuera a comprar al almacén.
—¿Te refieres a tu hermanita?
—Si´, pu’. La Loreto. Acuérdate que de cariño le decimos ‘Lore’.
—Ah si, tú me contaste. Sigue no más.
—Bueno, Cuando la Lore’ llegó a buscarme, llegó y entró no más, pu’. Y empezó a llamarme: “Antuco”, “Antuco....dice mi mamá que ‘vayai’ a comprar al armacén”... –el niño gesticula y hace ademanes, describiendo los acontecimientos, cosa que divierte a Cristian.
—¿Y?
—Espérate, pu socio. Déjame contarte a mí no más. No me ‘ interrumpai’, pu’.
—Ah, bueno, perdona.
—¿En qué parte iba?... Ah, sí... Cuando la Lore’ llegó y empezó a llamarme, mi madrina no sabía qué hacer para que no nos pillara, porque la Lore’ es mas re’ sapa?. Too’ le cuenta a mi mamá. Y si yo le doy chocolate para que no me acuse, me recibe el chocolate y después igual me acusa. Es mas re’ sapa?. Bueno, la cuestión es que mi madrina... a ver cómo fue la cosa... Ah. Ya me acordé. Mi madrina le dijo que yo estaba en el baño, haciendo cacú, y que ella me daría el recado. Entonces la Lore’ se puso a golpear la puerta del baño y a gritar que me apurara. Entonces como yo no respondía, claro cómo iba a responder si estaba en la casa de la señora Sole ¿no es cierto?
—Me imagino.
—Entonces como yo no respondía, la Lore’ le dijo a mi madrina que a lo mejor yo me había muerto. Entonces mi madrina le dijo que cómo se le ocurría hablar esas tonteras, y la Lore’ se puso a llorar por que yo no le contestaba. Y entonces mi madrina le dijo que a lo mejor yo me había quedado dormido, pero no que me ‘hubría’ muerto...
— “Hubiera”
—¿Cómo?
—Se dice “hubiera”, no “hubría”.
—Bueno, eso... La cuestión es que la Lore’ salió llorando a buscar a mi mamá, y le dijo que yo me ‘hubiera’ muerto en el baño de mi madrina.
—Se dice... Bueno, no importa, sigue no más. ¿Y?.
—Después llegó mi mamá toda desesperada a ver qué me ¿hubiera pasado?...
—“Qué te había pasado”...
—Eso. Y mi madrina estaba más desesperada todavía, por que mi mamá nos iba a pillar que yo no estaba en su casa si no que en la casa de... la señora Sole.
—¿ Y qué hizo?
—Cuando llegó mi mamá, le dijo que yo ya había salido del baño y que ella me había mandado a comprar, y que la Lore’ decía puras tonteras no más. Entonces mi mamá retó a la Lore’ por asustarla, y le pegó en el trasero. Ja, ja, ja. Es más re’ tonta?
—¿ Y no te remuerde la conciencia por que le pegaron a tu hermanita por tu culpa? –dice Cristian al niño, para ver su reacción.
—¿Por qué, pu’? Chis’, ¿Y todas las veces que me han pegado a mí por culpa de ella, cuando me acusa?
—Pero si te acusa, es por que hiciste algo malo...
—No, pu’ socio. Si ella, a veces, me acusa de puras mentiras que inventa no más, para que me peguen. ¿No vis’ que ella es la regalona y toos’ le creen?.
—"A veces"...
—Si, pu’.
—Bueno, ¿y cuando te acusa las otras veces que no son mentiras?...
—Mira socio, ya llegamos. Aquí vive la señora Sole...
Muy convenientemente para el Antuco, llegan a la casa de la señora Soledad. Le llama la atención a Cristian, el jardín bien cuidado de la mujer. La casita, modesta, pequeña, sin embargo muy bien cuidada y arreglada, no guarda relación con la fama de la dueña. Doña Soledad los recibe muy contenta y con exagerada amabilidad. Su vestido floreado, largo con vuelos, le hace parecer a esas damas antiguas. Su pelo largo semirubio, teñido, amarrado con un grueso cintillo, cae libre sobre su espalda. Su perro, "Pequitas", no deja de ladrar a Cristian.
—¡Deja de ladrar a Cristiancito, pesado! –reprende a su perro la mujer–. Si él es un niño bueno, ¿verdad Cristiancito?
—Bueno, eso creo –responde Cristian, divertido por los esfuerzos del "Pequitas" por asustarlo, mientras al mismo tiempo "valientemente" se esconde detrás de doña Soledad.
La mujer les invita a sentarse a la mesa, la cual ha surtido de dulces, queque y algunas golosinas, lo que hace abrir desmesuradamente los ojos al Antuco, afectando sus glándulas salivales; cosa que no pueden dejar de notar sus dos compañeros de mesa, quienes intercambian miradas divertidas.
—El "Tuquito", es uno de los más fervientes admiradores de mis dulces –comenta con picardía la mujer a Cristian–. ¿Verdad "Tuquito"?.
El niño baja la vista avergonzado, sin emitir comentario.
—Ay, no te molestes mi amorcito, –dice la mujer con tono maternal–. Si lo digo de gusto. No es para que te pongas colorado, Ji, ji, ji.
—¿ Usted vive sola, señora Soledad? –interviene Cristian para sacar al Antuco de su incomodidad.
—Sí, mi tesorito. Como lo indica mi nombre "Soledad". Mi única familia es el “ Pequitas”, mi perrito- –la mujer acaricia tiernamente el pelaje del perro, a quién a sentado en su falda.
—¿Usted nunca tuvo hijos?
—Nunca quise tener hijos –responde con cierto aire de tristeza–. Es que para traer hijos al mundo, hay que poder cuidarlos y educarlos, y yo con la vida de gitana que llevaba, ji, ji, ji, nunca habría podido darles la atención que hubieran necesitado. Pero a veces me siento sola y como que me habría gustado tener uno que hubiera sido. Aaah, pero después me digo: “¿Y pa’qué querís hijos, Sole, cuando pa’ lo único que sirven los hijos hoy día es para hacer pasar rabia a los padres?.” Si los hijos de hoy día son muy ingratos, Cristiancito. Claro que no todos, por supuesto, como tú por ejemplo. Debes haber sido un muy buen hijo.
—¿Usted fue gitana, señora Sole? –pregunta abriendo los ojos el Antuco.
—Ja, ja, ja. Claro que no, "Tuquito". Es una forma de decir –responde divertida doña Soledad–. Lo que pasa es que yo fui una artista muy famosa cuando era joven. Cantaba y bailaba. Actué en muchas partes de Chile, uuuh, si yo les contara. La gente me pedía a gritos que saliera a cantar. Tengo “hartas” fotos de cuando era artista. ¿quieren verlas?.
—Yo ya las he visto varias veces, señora Sole –responde el niño, un tanto afligido.
—Tienes razón, "Tuquito", pero Cristiancito no las ha visto aún. ¿Quieres verlas, hijo?
—Sí, me encantaría –responde el joven, con sinceridad.
La mujer entra a su dormitorio, por un instante, y luego regresa trayendo un grueso álbum de fotografías, el cual abraza sobre su pecho, como algo muy preciado. El perro ahora se acerca a Cristian (a quien al parecer ha incluido entre sus conocidos, ya que no le ladra), moviendo su cola y jadeando.
—Mira, esta es de mi marido. Bueno, del que fue mi marido –dice, mientras muestra una de la fotografías a Cristian, quien ante la insistencia del "Pequitas", lo toma en sus brazos–. El se fue para Argentina y nunca volví a saber de él. El era promotor de artistas, y seguro que se encamotó con alguna flaca patas largas. En todo caso debe haber tenido las piernas más gordas que las mías, como se fue a encamotar tanto, ¿verdad? ja, ja, ja. Pero algún día pienso ir para allá, y si está casado con otra, me lo traigo "retobadito" de vuelta para acá, ja, ja, ja.
—Yo creí que su esposo había muerto –dice Cristian con cierta discreción, medio cerrando sus ojos para evitar los lengüetazos del perro, lo que causa la risa del Antuco.
—Está en Argentina –insiste la mujer, cambiando el tono de la voz, con los dientes apretados, y endureciendo su mirada , adoptando una actitud de ofendida.
—Oh, sí. Perdón, no quise molestarla –dice el joven, un tanto perturbado.
—No, mi amorcito –responde la mujer, recuperando rápidamente su sonrisa y su actitud amable–. No me haz molestado en lo absoluto, cariño. Déjame mostrarte esta foto del "Pequitas". Mira aquí está cuando recién tenía un mes de nacido ¿no es tierno?
—Si, se ve muy bonito –responde el joven, aliviado, mientras el perro se contenta, como si entendiera que están hablando de él.
—Bueno, después seguimos viendo fotos –dice doña Soledad, cerrando abruptamente el álbum de fotografías, ante la sorprendida mirada del joven–. No vaya a ser cosa de que el Antuquito, se nos desmaye de hambre, de tanto mirar los dulces, ja, ja, ja. Ya niños, sírvanse ustedes mismos. Aquí está el tecito, el pan, la mantequilla, el queso. Pon la bolsita de té en la taza, "Tuquito", para echarte el agua caliente. Cuidado, no te vaya a quemar...
Doña Soledad se mueve con habilidad al atender a sus invitados. Luego baja al perro de los brazos de Cristian, quién se ha estado esforzando en esquivar los lengüetazos del “Pequitas”. Lo deja en un cajón que al parecer es para él, con un trocito de dulce, y un poco de leche en un tazón. El Antuco apenas puede engullir el trozo de torta que se ha echado a la boca. Mientras mastica con deleite, ya le tiene echado el ojo a un apetitoso trozo de queque, que parece hacerle guiños. Cristian, de cuidados modales, observa a la mujer de reojo, mientras se sirve su taza de té. Una extraña simpatía ha nacido en él hacia doña Soledad. El trato cariñoso de la mujer, tal vez le hace pensar que así sería su madre, a la cual casi no conoció.
—¿Y tus padres, Cristiancito, viven contigo? –pregunta la mujer, como adivinando los pensamientos del joven.
—No, señora. Ellos murieron. Yo vivo con mi tío Alfredo, en la casa de los Ibarra, como a dos cuadras de aquí.
—Ay que pena... –responde doña Soledad con voz triste–. Dime "Sole" no más, mi amorcito. Así me dicen mis amigos, y quiero que tú seas mi amiguito ¿quieres? –dice la mujer, tomado el brazo del joven.
—Sí señora Sole. Claro. Me gustaría. –responde un tanto sorprendido el joven, encontrando su mirada con la del Antuco, quien le mira sonriente, con sus dientes incrustados en un sandwish de queso.
—¡Espléndido! Ahora ya tengo tres amiguitos –dice contenta la mujer mientras entrelaza los dedos de sus manos, acercándolas a su rostro.
—¿Tres? –pregunta Cristian, tratando de no parecer indiscreto.
—Claro; la Rebequita, "Tuquito", y ahora tú –responde la mujer, mientras acaricia la barbilla del joven–. Son las únicas personas que no me rechazan, o que no me tratan de loca.
—Perdón, ¿Quién es la señora Rebeca? –pregunta intrigado el joven.
—Se refiere a mi madrina –responde el Antuco, con la boca llena de pan.
—Tuquito, qué son esos modales –corrige con cariño la mujer–. No debes hablar con la boca llena, mi amorcito.
—!Up¡. Perdón –responde avergonzado el niño, mientras se limpia la boca con una servilleta.
—La Rebequita, es muy tierna conmigo –continúa la mujer–. Cuando estoy enferma, me viene a ver y se encarga de ir a retirar mis medicamentos al hospital. Incluso cuando estoy en cama, enferma, ella se da la molestia de venir a cocinarme, fíjate. Es una santa para mí. Yo le digo que es mi "madre Teresa" particular, ji, ji, ji. Ella es la única que cree que no estoy loca.
—Bueno, yo tampoco creo que lo esté –se apresura a comentar, Cristian–. Me parece una señora muy amable y cariñosa.
—¡Yo tampoco, señora Sole! –interrumpe el Antuco.
—Ay, gracias, mis tesoritos. Si no es necesario que me lo digan. Yo lo sé. –dice la mujer en tono conciliador–. Yo me refería a las otras mujeres del barrio, y todos los demás. Mucha gente se interesa en los demás solo cuando andan en busca de chismes. No pueden soportar no enterarse de la desgracia ajena. No por que deseen ayudar, si no por que quieren hacer leña del árbol caído. Agitan sus lenguas venenosas, víboras hipócritas. Apuesto a que cuando me muera, ahí van a decir: " ay, qué buena era la "loquita", para ver qué pueden rapiñar de las cosas que tengo. Pero se van a quedar con los crespos hechos, los buitres. Yo ya tengo hecho mi testamento, y se van a llevar una tremenda sorpresa cuando se enteren, ja, ja, ja.
—Perdone que le pregunte, señora Sole. ¿Por qué creen que... que usted está loca? –pregunta Cristian, con prudencia.
—Ay, tesorito. No importa, pregunta no más. Tú eres mi amiguito y puedes preguntar lo que quieras –responde la mujer poniendo tiernamente su mano en la cabeza del joven–. Bueno, lo que pasa es que a veces, cuando no me tomo mis pastillas, o cuando paso una rabia muy grande, me vuelvo una niña... Espérame un ratito, te voy a mostrar algo...
La mujer se pone de pié, entra en su dormitorio, y después de un momento regresa con una muñeca de trapo, hermosamente vestida.
—Cuando me pongo como niña –continúa la mujer–, juego con mi muñeca, "Mimí". Le acaricio el cabello y la hago dormir. Las mujeres del vecindario se burlan de mí y me gritan que soy una loca. Ella sí me comprende –balbucea mostrando a su muñeca–, por que nunca me contradice ni se burla de mí. Claro, las muñecas no pueden hablar, ¿verdad Cristiancito? ja, ja, ja. Pero cuando se me pasa, me acuerdo de toditito lo que hice, fíjate de que no se me olvida nada.
—Y esas pastillas que dice usted, ¿son para que no se ponga así? –pregunta Cristian, ante la atenta mirada del Antuco, que con sus ojos bien abiertos, parece no querer perderse nada de la conversación.
—Claro –responde la mujer–. Me las recetó el doctor Barbosa, que es un médico Brasileño, bien joven, y que me atendió cuando estuve internada en el hospital de los loquitos, cuando me dio una crisis.
—¿Le dan crisis, señora Sole? –interviene el Antuco, queriendo participar de la conversación, sin tener mucha idea de lo que está preguntando.
—Bueno, muy rara vez Tuquito. Pero cuando me dan, a veces veo personas en mi cuarto, pero yo sé que no están ahí. Yo sé que es mi imaginación no mas, pero son muy reales. Hasta puedo sentir cuando me tocan. Por eso tengo que tomar mis pastillas. Tengo varias pastillas y tengo que tener cuidado de tomarlas a mis horas. Hay unas bien chiquitas de diferentes colores. Y en la noche me tomo una “Triptilina”. Son éstas, ¿ves?. Estas chiquitas –muestra una pequeña cajita a Cristian–. Las guardo en esta cajita para que no se me olvide tomármelas.
—Pero el que a usted le den a veces esas crisis, no significa que esté loca –dice condescendiente el joven.
—Ya lo creo que no. Pero anda tú a hacerle entender eso a las chismosas del barrio –concuerda la mujer–. Se han encargado que todo el mundo me crea loca. Y yo digo que es el mundo, mas bien el que está cada día más loco, y no yo. ja, ja, ja ¿no crees, Cristiancito?
—¿Porqué dice que el mundo está loco, señora Sole? –pregunta intrigado el Antuco.
—Por que sí, pues, "Tuquito". Si el mundo dice que lo blanco es negro y que lo negro es blanco. ¿Quién es el que está loco? –responde la mujer. El Antuco da una mirada significativa a Cristian, como para recordarle que él ya le había mencionado ese comentario anteriormente, cosa que el joven recuerda perfectamente–. "Habrase visto" –continúa la mujer–, ¿Cuándo los hombres se habían vestido de mujeres, y las mujeres de hombres? Las mocosas de apenas 12 años, tienen guagua, y los taitas mas encima se lo celebran? Y si algún padre se atreve a darle un buen par de correazos a un hijo mal criado, lo acusan de maltrato infantil y lo meten preso... El otro día, sin ir más lejos, don Enrique, el señor que es taxista y que vive en la calle de más arriba, pilló a su hija de 15 años que le había mentido, y que estaba en la casa de un tontorrón grande de mas de 20 años, besuqueándose y haciendo quizás qué otras cochinadas, y le pegó un correazo que le dejó marcada la correa en las piernas. La chiquilla lo denunció a los carabineros, y a don Enrique lo metieron preso. Más encima lo amenazaron que si le volvía a pegar a su hija, lo iban a meter a la cárcel y tendría que pagar multa. Ahora la cabrita hace lo que se le antoja, y como burla se pasea con el tontorrón por toda la población. ¿Qué te parece?, ja, ja, ja. ¿No está loco este mundo?...
—¿Uno puede acusar a su papá a los carabineros, señora Sole? –pregunta interesado el Antuco.
—¿Qué estás pensando picarón? –responde doña Soledad, sonriendo pícaramente al niño–. Claro que se "puede" hacer. Pero no sería correcto pues, Tuquito. Los padres disciplinan a sus hijos, porque los quieren y no desean que cuando crezcan sean unos delincuentes, o drogadictos. Esas leyes se hicieron para proteger a los niños que son maltratados abusivamente por padres violentos. Pero parece que algunas autoridades no lo entienden, y se van al extremo de quitarles el derecho a los padres de criar a sus hijos de una manera digna.
—Pero a veces los papás le pegan re' fuerte a uno, pu' –protesta el Antuco.
—Ja, ja, ja. Bueno, ésa es la idea, pues Antuquito. Que duela –responde divertida doña Soledad–. Así el niño aprende que una mala acción reporta un castigo doloroso, y así no lo vuelve a hacer. ¿Te imaginas que los padres le pegaran tan despacio a los niños y que no les doliera nada? Los niños seguirían portándose mal, total, si no duele?...
—Yo una vez, me puse una frazada chiquita, que era de la Lore cuando ella era guaguita –confidencia sonriente el Antuco–. Me la puse doblada debajo del pantalón, y cuando mi papá me pegó, no me dolió ná'. Pero yo igual gritaba como si me hubiera dolido re' mucho. Pero la Lore me acusó, y mi papá me bajó los pantalones y me pegó re´fuerte. Chis' me dolió más?...
—Ay, este Tuquito, es todo un plato, ja, ja, ja –dice doña Soledad riendo junto con Cristian, quien, acaricia la cabeza del niño.
—Claro que hay adultos también que se portan mal –continúa la mujer–. Por eso digo que el mundo está al revés. Por ejemplo, hace un tiempo, en el almacén de doña Luisa, estaba la desvergonzada de allá arriba, esa que le quitó el marido a la chatita que vive al lado de la Rebequita, y se ufanaba diciendo que: -(doña Soledad hace gestos cómicos al imitar el modo de hablar de la mujer)-."Ay, ‘su hombre’ le había comprado esto y aquello". ¿Y tú crees que las otras mujeres que estaban allí, le reprocharon algo?... ¡Nada! Si hasta la felicitaban, hijo. A mí me dio tanta rabia, que no pude contenerme, y le dije que en vez de estar vanagloriándose con el marido de otra, mejor se fuera a preocupar de los cinco críos que dejó abandonados con su esposo, ji, ji, ji.
—¿Y ella qué le contestó? –pregunta intrigado Cristian.
—Ay, hijo. Si se me fueron todas encima. Casi me pegaron. Me dijeron de todo. Lo más suave que me dijeron, fue "loca metiche y la de tu madre...". La pobre señora Luisa estaba tan avergonzada, que después tuvo la gentileza de disculparse por lo que habían dicho sus clientas. Esa señora me gusta, porque es una dama. Nunca le he oído decir alguna grosería, cosa que en es muy difícil decir de las otras rotas que estaban allí.
—¿Y a tí, Cristiancito? –pregunta la mujer–. ¿Cómo te va en el colegio?
—Me va bien, creo. Es que llevo poco tiempo todavía –responde el joven–. El profesor jefe me dijo que la otra semana me iba a hacer unos exámenes de evaluación para poder calificarme. Ojalá me vaya bien.
—No tendría por qué irte mal. A menos que no dejes tiempo para estudiar. ¿Tú tienes polola, Cristiancito? –pregunta doña Soledad, mientras sube al perro en su falda.
—No, no me gusta pololear –responde el joven un tanto avergonzado.
—Mucho mejor –dice doña Soledad, complacida–. Los jóvenes que andan pensando en esas cosas, no dejan tiempo para sus estudios. Quieren pasarse el tiempo enamorando niñitas. Además que lo encuentro tan cruel.
—¿Cruel? -pregunta intrigado el joven.
—Sí, cruel. Cómo no va a ser cruel, pues Cristiancito –responde doña Soledad, mientras acaricia a su perro–, si cuando los jovencitos se enamoran, no pueden casarse, porque están estudiando y no tienen cómo formar un hogar todavía.
—Pero es que el pololeo no es para casarse, pu', señora Sole –interrumpe el Antuco, queriendo demostrar que sabe sobre el tema.
—Por lo mismo, Tuquito. El permitir que se desarrollen fuertes sentimientos, sin el compromiso del matrimonio, hace sufrir mucho a esos jóvenes –contesta la mujer–. Y más si algunos de ellos lo hacen solo para divertirse, como dicen. Sin tomar en cuenta el daño emocional que pueden causarle al otro, más si se 'encamotan'. ¿no crees Cristiancito?.
—Bueno, yo... en realidad no lo había pensado así.
—Muchos jovencitos no miden las consecuencias que pueden traer esos pololeos, llamados "diversión sana", Cristiancito. Algunas jovencitas han llegado a quitarse la vida por un pololo que las deja por otra niña. Y cuando no es eso, es porque quedan embarazadas. Entonces los papás las obligan a hacerse aborto, y así asesinan a una criatura inocente que no tiene la culpa de venir a la vida. O algunas que tienen miedo de que se enteren sus papás, también se quitan la vida.
—Pero no todas los que sufren se quitan la vida, ¿o sí? –pregunta preocupado el joven.
—Claro que no, Cristiancito. Pero ¿Quién puede saber cómo reaccionará un corazoncito joven y sin experiencia, a un desengaño amoroso? Tú sabes que los adolescentes toman todo tan exageradamente... Se creen feos, que tienen la nariz muy grande, que nadie los “pesca”, como dicen ellos... que nadie los entiende... Imagínate cuando se sienten engañados, o abandonados por sus pololos.
—Si, pues. Tiene razón.
—Ahora ¿qué me dices tú, de todas esas niñitas que tienen que criar a sus hijos, solas, cuando ellas mismas necesitan que las cuiden y las críen? Además, casi ningún hombre está dispuesto a hacerse cargo de hijos ajenos, y las pobres cabritas tienen que quedarse solas con sus críos. Además muchos jóvenes creen que cuando una niña tiene un hijo, es por que son mujeres fáciles. Así es que las pobres niñitas pasan de uno en otro mocoso, buscando marido, y lo único que consiguen es llenarse de más críos. ¡ Pobres pajaritos! Pero el mundo está así ahora. Dan ganas de ponerse a llorar.
—Pero, ¿no se puede pololear sin tener hijos? –pregunta el Antuco con sus ojos bien abiertos, por lo novedoso del tema para él.
—Ja, ja, ja... Me había olvidado que el Tuquito estaba escuchando conversaciones de grandes –dice doña Soledad–. Debe tener las orejas cono antenas de televisión. Ja, ja, ja.
El niño baja la vista avergonzado, pero doña Soledad lo tranquiliza rápidamente, acariciando su "espinuda" cabellera.
—Ay, mi amorcito, no se me ponga así. Si lo digo en broma nada más, ji, ji, ji –ríe divertida–. Bueno, lo que pasa Tuquito, es que los jóvenes cuando se abrazan, y se dan besitos, y se hacen cariñito, y más cariñito, y más cariñito... después no pueden evitar que se les pase la mano, como se dice ¿no?. Entonces se les sube la temperatura, ji, ji, ji. Y entonces se ponen a tener hijitos, pues. ¿Ves?
—Ah... ¿ Y cómo...? –pregunta el niño.
—Ay, no. Hasta aquí no más llego yo, pues Tuquito. Ja, ja, ja. –ríe de buena gana doña Soledad, mientras se hace para atrás, apoyando su espalda al respaldo de la silla, ante la mirada divertida de Cristian que acaricia la cabeza del niño–. Lo demás vas a tener que preguntárselo a tu mamá o al profesor de tu escuela, ji, ji, ji. O vas a tener que esperar "cuando seas grande" como dicen por ahí., ja, ja, ja.
El niño ríe también, poniendo su mano abierta sobre su rostro, mirando entre sus dedos, sin entender mucho, pero queriendo aparentar que entiende todo. El "Pequitas" ladra contento, como si quisiera participar de ese momento alegre.
—¿Quieres otra tacita de té, Tuquito?, ¿Y tú, Cristiancito? –pregunta la mujer mientras deposita otro trozo de dulce en el plato del Antuco, y también en el de Cristian.
—Sí, gracias –responde el niño–. ¿Me puedo servir otro pedazo de torta?
—Claro, mi amor. Veo que te gustó la torta que hice ¿eh?
—¿Usted la hizo? –pregunta Cristian–. Está muy rica.
—Gracias, cariñito. Ustedes me dan ánimo con sus halagos. Son unos Amores. Para el mes de Julio, está de aniversario el “Pequitas”. Así que haré una fiestecita y ahí haré una rica torta. Ustedes serán mis invitados exclusivos.
—¿Aniversario?, ¿Exclusivos? –pregunta intrigado el niño.
—Si, Tuquito. Ese mes se cumple un año desde que me regalaron al “Pequitas”. Era tan mononito y chiquito, ji, ji, ji.
—¿Y por qué exclusivos? –insiste el niño.
—Ah, porque ustedes serán los únicos que estarán en esa fiestecita. Ah, y la Rebequita, por supuesto.
—¿Y va a haber chocolates? –pregunta con entusiasmo el Antuco.
—Ja, ja, ja... Por supuesto, Tuquito. Ahora también tengo unos chocolatitos guardados para ti, que compré en el supermercado.
—¿Me puedo comer uno? –pregunta tímidamente el niño.
—Ja, ja, ja... ¿Y dónde le cabe tanto a este niño? –pregunta divertida doña Soledad, ante la risa de Cristian.
La velada continúa entre las anécdotas del Antuco, las fotografías de doña Soledad, y los ladridos del "Pequitas", que cada vez que escucha reír, piensa que es una señal para ladrar y mover la cola.
El Antuco da cuenta de dos barras de chocolate, y otro trozo de torta, mientras conversa con la boca llena, ante las recriminaciones de doña Soledad. Cristian no recuerda haber pasado un rato tan agradable cómo aquel, y con tan extraños personajes, y de tan diversas generaciones. Bien decía su abuelo, que a veces se aprende de la vida, en donde menos se piensa. Se alegra de no haber acompañado a Alfredo y Nélida, y haber optado por conocer a tan interesante señora.
Como a las 9 de la noche, Tito lo invita a salir a juntarse con sus amigos, pero Cristian se excusa aduciendo que tiene que conversar con su tío que se va a la mina. No quiere herir a Tito, pero tampoco le agrada la idea de encontrarse con sus "amigotes", como les llama la mamá de Tito.
Esa noche, Alfredo se regresa a la mina. Le deja el encargo de recibir durante la semana, a un compañero de trabajo del otro turno, quien llevará una cama de una plaza para Cristian. Por fin podrá dormir sin el cargo de conciencia de estar privando a Alfredo de un buen descanso, ya que hasta ahora su tío ha estado durmiendo en el sofá.
Después de acostarse, no puede conciliar el sueño. Hay demasiadas cosas en su cabeza. Toda su vida se ha trastocado en los últimos días. No se acostumbra a la idea de que ya no está en su casa de Chalinga, en su cama acogedora, al lado de la ventana que da al jardín de la abuela. Que su abuelo ya no está a su lado con sus consejos campechanos. Que a sus amigos, tal vez ya no los vuelva a ver. Echa de menos el pan amasado con chicharrones, de doña Melania. Y los huevos frescos de gallina que le llevaba por la mañana, antes de irse al colegio. Una solitaria lágrima, solitaria como él mismo se siente ahora, rueda por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Sus manos aprietan fuerte la punta de la sábana húmeda entre sus dientes.
FIN DEL CAPITULO 12
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