lunes, septiembre 18, 2006

"EN CASA DE TITO" —Capítulo 8

Contra la corriente –Novela...

Capítulo 8
EN CASA DE TITO

El calor del mediodía le obliga a darse una ducha en el cuartucho. Luego se cambia de polera. Solo faltan los calcetines limpios... Llaman a la puerta. Le llama la atención que golpeen a la puerta. Nadie lo ha hecho desde que llegó de Ovalle.
—Un momento ya voy...
Dónde están los calcetines... es un misterio. Bajo la cama no. La noche anterior los retiró de la tendedera. Se acostó cansado y no recuerda bien dónde los guardó. Tal vez dentro de los otros zapatos. No. Nuevamente golpean a la puerta...
—Cristian... ¿Estás ahí? –Le cuesta reconocer la voz de Tito.
—¿Eres tú, Tito?
—Sí, compadre. ¿Te desperté?
—No. Espera ya te abro...
Se olvida de los calcetines mejor, y se pone los pantalones para ir a abrir la puerta.
—Hola, pasa. Perdona el desorden...
—Hola, compadre. No te preocupes. Si vieras mi pieza... parece camarín de pirata, ja, ja, ja. Oye, que está oscuro aquí. ¿Abro la ventana?
—Ah, sí. Gracias.
—¿Siempre haces lo mismo?
—¿Qué cosa?
—Dar las gracias.
—Ah, sí. No lo había notado. Es una costumbre. ¿Te molesta?
—No, no compadre, todo lo contrario. No es común que la gente lo haga. Tú eres raro. Hablas palabras bonitas y das las gracias. Mis amigos son mas garabateros, no estoy acostumbrado, pero no me molesta. Es piola’. –Abre la ventana dejando entrar un torrente de luz que llena la habitación.
—¿Cómo?
—Ah, verdad que a ti hay que traducirte. Piola : Pulento. Ah, perdón. Te dejé igual ¿verdad?, ja, ja, ja –los dos ríen de buena gana. Mientras Cristian se pone la polera, Tito hurguetea entre los libros sobre el mueble que hace las veces de ropero.
—Oye, ¿qué hacen estos calcetines aquí arriba?
—¿Ah? ¡Ahí estaban! No los podía encontrar. Ja, ja, ja.
—¡Cómo estarías de curado anoche, chico!. Ja, ja, ja. Oye, ¿recién te estás levantando dormilón?...
—No. ¿Te imaginas?. Estuve un rato cerca del supermercado y me di una ducha... ¿Tomaste desayuno, Tito?
—¿Es broma? Son más de las doce, compadre. Ya vamos a almorzar... ¿Qué onda?
—Perdona... Chitas, no me di ni cuenta como pasó la hora. ¿Vienes a mostrarme tus “bichos”?.
—No, Ahora no. Es que mi vieja me mandó a preguntarte si querías almorzar con nosotros.
—¿Tu mamá?. Pero si recién me conocen... ¿tú crees?...
—Oye, es que le caíste en gracia, compadre. Además se le puso que tú me puedes pegar el espíritu santo o algo así, ¿puedes creerlo?. Yo, el “Loco Tito” –(parodiando a los evangelizadores callejeros)– “por fin encuentra al Señor y abandona su vida de libertinaje, drogadicción y sexo, mucho sexo, de manos del hermano Cristian, Dios lo tenga en su Santo Reino”.
—¿Qué sabes tú del Santo Reino? –pregunta perturbado Cristian. Su voz se torna seria.
—Oye, compadre, no te enojís’, pu´. Si solo estoy bromeando...
—No, si no estoy molesto... lo que pasa es que he escuchado ya de ese “Santo Reino” en el funeral de mi abuelo, y otras veces. Y no me trae buenos recuerdos. Perdona. Cada vez que lo escucho, siento que la muerte está cerca... La muerte, -musita- pareciera que nunca dejará de rondarme.
—Compadre... no se me ponga grave tampoco. Mejor vamos a almorzar. Mi vieja está esperando.
—Hay un problema, Tito. No le he avisado a la señora de la pensión. Se va a quedar con el almuerzo.
—¿La señora María? Después le avisa, pues compadre. ¿Y tú jurai' que se va a quedar con el almuerzo?. Esa comadre es capaz de guardarte el almuerzo para la pascua, con tal de no perder, ja, ja, ja. Además hoy día le llegan los pensionistas de la vega, así es que no pasa na', compadre. Si quieres después te acompaño a darle una explicación.
—Está bien. Vamos.
Los dos muchachos salen del cuarto. Cristian cierra la puerta y entra al baño a lavarse las manos, mientras Tito espera. Después entran en casa de Tito. Doña Verónica le recibe jovialmente.
—Hola, Cristian. Qué bueno que aceptaras venir a almorzar con nosotros. Ven te voy a presentar a mi esposo... ¡Héctor! llegó el invitado...
Un hombre corpulento, de tez morena, nariz ancha, de mediana estatura y rostro sonriente, aparece desde dentro de la casa.
—Hola, Cristian. Tenía ganas de conocerte. Mi esposa no hace mas que hablar del “joven educadito“ que llegó de Ovalle. –le ofrece su enorme mano, que le hace recordar la “Mano del desierto” que vieron en el camino, cuando venían con Alfredo en dirección a Antofagasta.
—Buenos días señor. Gusto en conocerle –responde Cristian, un tanto sorprendido por la inesperada amabilidad de esta familia a la cual apenas conoce.
—¿No te dije que era educado, viejo?. –Doña Verónica contempla complacida a Cristian, mientras se toma del brazo de su marido.
—Ay, no... –interrumpe Tito, mientras lleva la mano a sus ojos cerrados levantando su cabeza al cielo–. Si parece una telenovela rasca. Ahora tendré que cuidarme, si no, luego me van a echar a la calle para cambiarme por “San Cristian”.
—No seas tonto, Tito. Las cosas que se te ocurren –contesta su mamá riendo de buena gana por la salida del muchacho–. Pero pasa, Cristian. Siéntate a la mesa... ¿Quieres pasar al baño?
—No gracias señora. Ya me lavé antes de venir. Muy amable.
—¿No te dije papá que es de otro mundo? –dice riendo Tito–. ¡Si da las gracias por todo!... ja, ja, ja.
—¡Tito! –advierte con voz enérgica doña Verónica.
—Ah, Cristian. En la nota que me dejó tu tío Alfredo, menciona que estás estudiando “Minas“. ¿Te gusta esa carrera? –pregunta don Héctor, el padre de Tito, para salvar la situación.
—Bueno, en realidad no sé si me gustará. La verdad es que mi tío cree que es una buena profesión.
—Y lo es. Pero, ¿tú qué piensas? –insiste sonriente don Héctor.
—No sé. Creo que me acostumbraré. No es tan malo. –responde Cristian, mientras juguetea nervioso con una miga de pan.
—Yo creo que uno debe estudiar lo que a uno le gusta –interrumpe Tito con un gesto de suficiencia–. No lo que otros le imponen, compadre.
—Pero tú al parecer no sabes lo que quieres. –dice doña Verónica mientras pone los cubiertos en la mesa–. Da la impresión que lo único que te interesa es salir con tus amigotes.
—Mamá,... no hinches’ de nuevo... Tu sabes que los Ibarra no tenemos cabeza pa’ los estudios.
—Ah, ah, jovencito –interviene don Héctor señalando a su hijo con su dedo índice–. Habla por ti, Tito. Mira que no es el caso de tu hermana. Ni mío tampoco. Yo sacaba buenas notas en el colegio.
—¡Vamos, papá.! En tu tiempo no existían las escuelas. Estaban muy ocupados correteando a los Dinosaurios... Ja, ja, ja –Tito no para de reír.
—Al único que hacen gracia tus chistes es a ti mismo –contesta su padre arrojando una miga de pan a Tito quién la atrapa en el aire y se la come.
En ese momento golpean a la puerta. Doña Verónica desde la cocina pide a su esposo: –¿Quieres abrir la puerta, gordo?
—Yo voy papá –se adelanta Tito–. Estoy más cerca.
Al abrir, Tito pregunta con familiaridad.
—¿Y tus llaves ?
—Se me olvidó llevarlas –responde una voz suave de mujer, a quién Cristian no logra ver desde su posición–. ¿Llegó...?
—Sí, llegó la visita –responde Tito, señalando a Cristian.
—Hola, Cristian. ¿Qué tal? Gusto en conocerte.
La muchacha, de unos 26 años, morena, de pelo castaño, bonita figura, aunque más bien delgada y agraciada de rostro, trae una bolsa de pan la que deja sobre la mesa para saludar a Cristian. Éste se pone de pié, le pasa su mano con una leve reverencia. A esto, la joven da una mirada de interrogación a su padre y su hermano, quienes por toda respuesta, se encogen de hombros tratando al mismo tiempo de evitar sus risitas contenidas.
—El gusto es mío, señorita...
—Marcia, me llamo Marcia. Pero siéntate por favor. –Le besa en la mejilla, y tomando la bolsa de pan se dirige a su madre que sale en ese momento de la cocina.
—Mamá, me costó encontrar pan. Tuve que ir al Supermercado.
—Gracias, hija. Es que el pan que tenía no era suficiente –responde doña Verónica, llevando la bolsa a la cocina.
El almuerzo transcurre jovial entre las bromas desatinadas de Tito y las llamadas de atención de su madre. Cristian observa de reojo a la joven quien muestra un carácter mas bien retraído, pero agradable. Cristian no puede creer que se haya comido el pescado asado que le sirvió doña Verónica.
—Perdone, señora, pero ¿Cómo preparó el pescado? Le quedó muy sabroso.
—¿Te gustó?. En realidad lo preparó Marcia.
—¿Si? Cocina muy bien. No me creería si le digo que a mí normalmente no me apetece el pescado, pero este tiene sabor como a pollo o algo así –insiste Cristian entusiasmado.
Las dos mujeres se miran una a otra, sonrientes. Tal vez por los halagos, tal vez por no estar acostumbradas a que Tito tenga amigos tan educados.
—Se prepara al horno con rodajas de Tocino, cebolla y ajo, lo que le da ese sabor tan especial –explica complacida la muchacha–. ¿Quién te enseñó esos modales, Cristian, tus padres?
—Gracias. No. Mis padres murieron cuando era muy niño. Yo me crié con mis abuelos.
—Oh, perdón no sabía... –se disculpa confundida.
—Está bien, no se preocupe. Ahora vivo con mi tío, supongo que hasta que salga del liceo y entre a trabajar.
—Por pieza, no se preocupen, pues nosotros no pensamos pedirles el cuarto, y menos a tu tío. Es un excelente arrendatario, responsable y siempre paga su arriendo a tiempo. Parece que ustedes son ramas del mismo árbol ¿eh? -dice sonriendo, don Hector.
—Además a Marcia le daría tanta pena si se fuera Don Alfredo... Ja, ja, ja –interrumpe impertinentemente, Tito.
—¡¡Tito!! –responde molesta la joven–. ¿Te das cuenta mamá?. A este cabro’ no se le quita lo desatinado –continúa Marcia, dando una mirada fulminante a su hermano.
—Tito, esas bromas están fuera de lugar, hijo. Ten más respeto con tu hermana –sentencia don Héctor en forma seria.
—¿Y qué tanta ofensa le he hecho?. Si toda la población sabe que le gusta don...
—¡Tito basta! –interviene doña Verónica–. Ya se te está pasando la mano.
—Está bien, está bien. Me cayo –dice Tito mostrando las palmas de sus manos–. Pero que conste que la verdad es que...
—¡Tito! Ya se acabó –interrumpe don Héctor con voz autoritaria, dando una severa mirada a su hijo.
—¡AAggg! –exclama Tito llevándose las manos al pecho, como si lo hubiesen herido de gravedad, mientras se desliza por la silla con voz como quebrada por el dolor– Me han apuñalado con sus miradas... estoy muriendo... Cedo mis zapatillas de tenis a mi papá que tiene los pies más chicos que los míos, y mis “bichos” a “San Cristian“ para que cuide de ellos y les de cristiana sepultura... a la Marcia no le dejo nada por cuica’, y a mi mamá, mis deudas en el almacén de la esquina para que me pague la cuenta y así el nombre de los Ibarra no sea deshonrado... Que mi cuerpo sea cremado y mis cenizas repartidas entre las niñas de la población que llorarán por mi trágica partida...
—Ja, ja, ja. –La parodia de Tito a terminado por vencer la molestia de su familia y todos rompen a reír incluyendo a Cristian que se toma el estómago de tanto divertirse.
—Este “negro”, no toma nada en serio –comenta Marcia, tratando de ponerse seria pero sin poder evitar sonreírse.
Una vez terminado el almuerzo, Tito invita a Cristian a su pieza para enseñarle su colección de insectos, los cuales muestra con orgullo mal disimulado.
—Mira, esta mariposa grande nocturna... Bueno en realidad no son mariposas, son polillas ¿sabías? –explica orgulloso a Cristian–. Bueno esa ma.. polilla la obtuve una noche en que se le metió por la espalda dentro del vestido a la Marcia. Ja, ja, ja. Era para la risa como saltaba y gritaba que se la sacara. Y más gritaba cuando yo en vez de sacársela, fui a buscar la filmadora y la grabé saltando y gritando. Se puso furiosa, y todavía sigue enojada porque yo le escondí la cinta y no se la he entregado. Siempre que me "hincha", la amenazo con mostrársela a don Alfredo, ja, ja, ja. ¿Quieres verla?
—No, Tito. No creo que a ella le gustaría...
—Claro que no le gustaría. Si se enterara me despellejaría vivo. Tiene su carácter. En eso salió a mi mamá.
—¿Tu mamá?. No lo parece. Se ve tan tranquila...
—Ay, compadre. Es que tú no la has visto cuando se enoja. Si hasta mi papá le tiene miedo cuando anda con la lesera... ja, ja, ja. ¿Tienes algo que hacer mañana, Cristian?.
—Bueno sí, tengo que estudiar. Parece que van a hacer una prueba el Martes.
—Ah, pero es el Martes. ¿Por que no vienes a jugar una pichanga con los cabros del barrio, para que te hagas de ambiente, compadre?. Puedes estudiar el Lunes, ¿cual es el drama?... ¿Qué dices? ¿Vienes?
—No sé. Quizás me anime...
—Vamos, compadre, no se la tome tan a lo grave. Mira jugamos a las 10 de la mañana en la cancha de más arriba. ¿Qué dices, te paso a buscar?
—Bueno, está bien, me convenciste... Yo te paso a buscar mejor.
—Ah, no. Yo te voy a buscar. Si no, capaz que vengas a buscarme a las 10 de la noche, compadre. Acuérdate que si no te despierto hoy, habrías seguido durmiendo todo el día.
—Ya te dije que no me estaba levantando. Me terminaba de duchar. Me levanté temprano. Pregúntale al "Antuco"...
—¡Ah... conociste a la "familia Adams"! ja, ja, ja. Yo te paso a buscar, compadre, sin drama...
—Está bien. Tú pásame a buscar.

La tarde la pasó escuchando la pequeña radio portátil de Alfredo, y haciendo ejercicios de matemáticas. Con la llegada de los Ibarra, ya no se sentía tan solo. ¿Encontraría buenos amigos, como el Atilio, el guatón Tito, el Pedro, la Nuri?. Más tarde bajó al Supermercado a comprar algo para tomar onces en su cuarto. Le dio lata tener que ir a darle explicaciones a doña María, por no haber ido a almorzar. Instintivamente no quería tener otro encuentro con Nélida, la polola de Alfredo. Al menos no todavía. Aún recordaba sus orejas calientes. Qué distinta le parecía Marcia, la hermana de Tito, si la comparaba con Nélida. ¿Sabría Alfredo que le interesaba a Marcia?. Por que definitivamente le interesaba, a juzgar por lo enojada que se puso con Tito cuando éste bromeaba acerca de Alfredo.
Ojalá pudieran comprar un televisor más adelante. Aunque fuera en blanco y negro. Podría hacer mas llevaderas las noches después del colegio. En fin, mañana será otro día. Tal vez ya sienta menos esa sensación de vacío en su pecho. La sensación de sentirse tan solo, a pesar de sus compañeros de colegio, especialmente ahora que no está Alfredo, “Alfred”, como le dice doña María. Las lágrimas salen solas, impertinentes, inesperadas. ¿Porqué no se va ese nudo de la garganta?. ¿Acaso estará allí para siempre?. ¡Qué falta le hacen su tata, su mami! El rostro bondadoso de su abuelo se aparece entre las lagrimas, y su mami, preparando la comida en la vieja cocina de hierro negro.
Después de tomar onces, se recuesta sobre la cama, rendido por las emociones que le hunden el pecho hasta que la noche piadosa le consuela el alma acariciando su cabello negro y acurrucándole en su regazo. El sueño llega sigiloso, imperceptible, profano.

Esta vez los calcetines se quedarán puestos.

FIN DEL CAPITULO 8

GLOSARIO
Polera: Blusa casual, camiseta cerrada, deportiva.
Garabateros. De habla soez, Palabrotas vulgares.
Piola, Pulento: Excelente, de buena apariencia. Bueno.
Curado: Borracho.
No te enojís’, pu´.: No te enojes, pues.
tú jurai': Tu juras, tu crees cándidamente.
Rasca: Vulgar, Ordinario.
No hinches’, me "hincha", : No importunes, Me molesta insistentemente.
Cabro, cabros: Muchacho, muchachos. Individuos jóvenes.
Cuica’: De modales delicados, se dice de personas adineradas que gustan aparentar falsa cultura.
Anda con la lesera: Pasa por momentos de disgusto.
Le dio lata: Le causó incomodidad, molestia, hastío.

jueves, agosto 03, 2006

"UN AMIGO INESPERADO" —Capítulo 7


Contra la corriente –Novela...

Capítulo 7
UN AMIGO INESPERADO

Esta mañana Cristian se levantó más temprano que de costumbre, considerando que es Sábado, y no tiene que ir a la escuela. Después de mirarse los dientes en el pedazo de espejo de la pared, (cuándo se decidirá Alfredo a comprar uno nuevo), arreglarse el pelo con la mano y sacarse las legañas de los ojos, apenas se anima a ir al baño (con el frío que hace). Hoy día amaneció con hambre. Se imagina unos panes batidos crujientes para el desayuno. Si no fuera por el hambre que tiene, se levantaría mas tarde, después de todo no tiene nada importante que hacer. Claro que las ganas de orinar son más urgentes que el desayuno, por eso mira primero por la puerta entreabierta, por si hay alguien en el patio y rápidamente se mete al cuartucho de baño a pies descalzos y en calzoncillos. Mientras mira por una rendija del techo, evacua con gran alivio su vejiga.
Después de mojarse la cara, lavarse los dientes, ponerse unos jeans azules y una polera con mangas largas, se dirige al almacén de la vuelta a comprar pan y cecinas.
Algunas vecinas conversan animadamente mientras esperan su turno para comprar, mientras aprovechan de dar miradas curiosas al joven . Un niño rubicundo y pecoso, de unos diez años, de hermosos ojos verdes, se le queda mirando fijamente casi en forma impertinente. Cristian le mira de reojo, casi divertido por la insistencia y candidez de la mirada del niño.
—¿Qué quieres “Antuco”? –pregunta la dueña del almacén al muchachito, por segunda vez, ya que por estar mirando a Cristian no la escuchó.
—¿Ah?... Dice mi mamá que le anote medio kilo de pan, un cuarto de queso y un chicle –responde el niño, mientras empuja a unas mujeres para adelantarse cerca del mesón, entregando a la gorda mujer una roñosa libreta de anotaciones.
—¿Ah sí?, ¿Y desde cuándo tu mamá compra chicles para el desayuno? –sonríe doña Luisa, que al parecer tiene un acabado conocimiento de las tretas del niño, mientras le recibe la libreta. Las otras mujeres ríen de buena gana, mientras el chico, sin decir palabra, les da una furibunda mirada.
—Te llevas el pan y el queso, por ahora. El chicle lo dejaremos para otra ocasión, cuando venga tu mamá... ¿Te parece? –El niño se sonroja y sin contestar palabra recibe el pan y sale abriéndose paso entre las mujeres, no sin antes gritarles desde una distancia segura y conveniente...
—¡Viejas sapas! –el chico sale corriendo como perseguido, hasta doblar la esquina.
—¡Este Antuco, nunca va a aprender! –dice doña Luisa en tono tranquilizador, considerando que a las otras mujeres no les hizo ninguna gracia la impertinencia del chico.
—¿Ese que no es el hijo de la rucia que tiene el esposo que trabaja en una funeraria? –pregunta una de las mujeres.
—El mismo –responde doña Luisa mientras pesa el pan de la que pregunta–. El papá es bien fregado con sus hijos, pero la señora Fani lo consiente mucho, por eso que el niño está tan consentido. Pero no es mal chico. En un niño muy inteligente y travieso, pero no es malo. De todos modos va a tener que volver con la cola entre las piernas por que se le olvidó el queso, ja, ja, ja.
—¿Y tú, jovencito, que vas a querer? –pregunta la mujer a Cristian, mientras las miradas de las otras mujeres que han estado llegando se fijan en él, como queriendo indagar con sus ojos todo lo relativo al muchacho.
—¿Me vende cuatro panes y un octavo de margarina por favor?. ¿Puedo comprar unas tres rodajas de cecina solamente?. Es que no tenemos refrigerador. –Cristian se expresa un tanto nervioso al percibir las miradas.
—Claro, jovencito, aquí puedes comprar lo que quieras. ¿Tú eres el sobrino de don Alfredo, verdad? –Cristian se muestra más nervioso al ver que ha pasado a ser el centro de la atención.
—Sí, señora. –con su vista baja mira de reojo a su alrededor para comprobar si está siendo observado.
—Ya lo parecía. Don Alfredo me había hablado de ti. ¿Y cómo te llamas, hijo? –pregunta la mujer en tono maternal, mientras pesa la cecina.
—Cristian, señora.
—Aah, qué bien. Gusto en conocerte, Cristian. Yo me llamo Luisa. El pan lo puedes escoger tú mismo. –La mujer retira el mantel que cubre el pan .
Después de pagar, Cristian se retira, no sin antes darse cuenta que el niño pecoso está un tanto retirado de la puerta del almacén, oteando hacia adentro, tratando de no ser visto.
—¿Vienes a buscar el queso que se te olvidó? –pregunta Cristian al chico que lo mira inexpresivo, sin responder.
—Ya puedes entrar –dice, mientras el niño le mira inexpresivo–. Se fueron las mujeres que estaban ahí cuando tú fuiste a comprar.
—¿Se fueron?, ¿Se fueron todas? –pregunta el chico ahora, con interés.
—Sí. Las que están ahora llegaron después. La señora Luisa te está esperando.
El Antuco entra al almacén lentamente, asegurándose primero de mirar a cada persona para comprobar que no haya nadie que lo reconozca. Cristian se ha quedado cerca de la puerta, aguardando el desenlace de la situación, llevado por la curiosidad y la simpatía que le ha despertado el niño.
—Aaah!. “Vuelve el perro arrepentido con la cola entre las piernas”... a buscar el queso que se le olvidó, ja, ja, ja. –Doña Luisa ríe divertida mientras le entrega el queso al niño, quien con la vista metida al piso, no ha dicho palabra. Luego de recibir el queso, el chico sale corriendo del almacén. Al pasar al lado de Cristian, se detiene abruptamente.
—Gracias amigo. Te debo una –dice agitado. Luego emprende nuevamente la carrera dando vueltas a la esquina. Cristían se le queda mirando, divertido, mientras se dirige a su pieza.

Después de desayunar, ordenar la pieza, dar una barrida y lavar algunas prendas, sale a dar una vuelta cerca del Supermercado deteniéndose en los puestos ambulantes que se ubican fuera. El bullicio propio de los voceadores y las conversaciones de la gente que sale y entra al supermercado le hacen experimentar un sentimiento de soledad, ya que aún no ha hecho amistades en el vecindario. Las imágenes regresan a su mente, mientras se sienta en la cuneta de la acera a observar a unos niños que juegan a la pelota en un sector de tierra, al lado del supermercado.
“—Tírala, pu’ Cristian, no te la comai’ pa’ ti solo –el Atilio increpa molesto a Cristian, mientras detiene su carrera al ver que su amigo ha errado el gol–. A la otra te vamos a poner de defensa, si no nos das pases. ¿No ves que yo estaba solo?.
“—¿Que no ves que no podía pasártela por que estaba tapado? –contesta Cristian, que en ese entonces tenía unos 11 años de edad, mientras hace un gesto de molestia con el brazo–. Además cada vez que te la paso la pierdes altiro'.
“—Bueno, así no más nos vamos. Yo tampoco te la voy a pasar cuando me toque a mí.
El Atilio se seca la transpiración con la manga de su camisa. La pichanga transcurre entre gritos y risas de los niños, hasta que la pelota va a dar justo en la ventana de la señora Melania. El estruendo del vidrio roto hace salir a la indignada mujer, con la escoba en ristre.
“—¡Chiquillos de moledera, esta es la tercera vez que me quiebran el vidrio de la ventana, voy a llamar a sus padres para que de una vez por todas les de una tunda que nunca se les olvide!.
Los gritos e improperios de la corpulenta mujer, junto con sus descontrolados ademanes, hacen que los niños salgan corriendo olvidándose del balón. Cristian, al contrario, se ha quedado petrificado del susto, por lo que no puede evitar que la furiosa doña Melania lo tome por el brazo fuertemente, ante la mirada llena de pánico del niño.
“—Y tú, Cristiancito, debería darte vergüenza, hacer pasar estos malos ratos a tu abuelo, con todo lo que él se ha sacrificado por ti. Pero ya no voy a permitir que él vuelva a pagar el vidrio quebrado, por que ya es un abuso para el pobre viejo.
El tono más tranquilo de la mujer deja entrever el cariño que parece tenerle al muchacho. Éste solo atina a cerrar fuertemente sus ojos mientras doña Melania lo sostiene del brazo, como si esperase que en cualquier momento la mujer le descargue uno de esos golpes que solo ella sabe dar, y con el cual una vez volteó a un borracho que quiso propasarse con ella.(¡Con toda seguridad, para quererse propasar con doña Melania, debe haber estado bastante borracho!). De todos modos no alcanzó a recordar el desenlace de la situación, por que un fuerte golpe en la cabeza lo hace despertar de sus cavilaciones.

—¡Ándale, le pegaste al socio, Antuco!. –Unos niños corren a recoger el balón que ha caído hacia la calzada, después de golpear a Cristian.
—Perdona, socio, fue sin querer. –se disculpa el Antuco, transpirado y jadeante. Los otros chicos se acercan a rodear al joven.
— “Te las mandaste, Antuco”, “Pa’ otra vez fíjate pa’ donde chutiai’“. “No ves que ahora el socio se va a enojar, ¿ no es cierto, socio?” –los niños se atropellan al hablar.
—No, si es mi amigo. ¿No es cierto socio? –contesta el Antuco con aire de importancia, al reconocer a su salvador del almacén.
—Claro, no te preocupes, además no fue intencional –responde el joven poniéndose de pié, mientras se soba la cabeza–. Pero no voy a negarte que me dolió. –(risas).
—Oye, ¿Tú no eres de por aquí, verdad?. No te había visto –pregunta intrigado el niño, mientras se acomoda al lado de Cristian quién se ha vuelto a sentar en la cuneta.
—No, llegué hace poco. Vivo con mi tío aquí cerca. ¿Por qué?.
—No, por nada. Solo te pregunto no más. Es que yo conozco a casi todos los niños del barrio, y a ti no te había visto. ¿Tenís’ hermanos chicos?
—No. Soy yo solo. No tengo hermanos. ¿Y tú?
—Yo sí tengo... –El niño es interrumpido por los otros chicos que ya han perdido su interés en la conversación.
—Vamos a seguir jugando, Antuco –insiste un niño regordete, mientras lo jala de la polera–. Después sigues conversando con el socio.
—Vayan ustedes no más, después voy yo. –El Antuco contesta con aire de importancia, tratando de demostrar su calidad de líder delante de Cristian– ...Ya pu’ guatón, no estís’ hinchando.
Los niños salen corriendo a jugar en medio de una gritería general. A Cristian le llama la atención que un niño prefiera conversar con un casi desconocido, a seguir jugando con sus amigos. También a notado la mirada perspicaz e inteligente del niño.
—¿Qué te estaba diciendo?... –retoma la conversación el Antuco.
—Yo te preguntaba si tenías mas hermanos.
—Ah, sí... Tengo una hermana más chica que se llama Loreto, pero es re’ intrusa. Me registra todos los cuadernos de la escuela y se pone los zapatos de mi mamá. El otro día la pillaron pintándose la boca con el ‘ruge’ de mi mamá. Vieras’ visto como quedó. Parecía payaso como se pintó la cara, ja, ja, ja. Mi papá dice que la va a meter en un ataúd y va a clavar la tapa para que se quede tranquila. Claro que lo dice ‘de decir’ no más, ¿ah?. Lo que pasa es que mi papá trabaja vendiendo cajones pa’ los muertos –el niño gesticula entretenido durante el relato–. Claro que ella cree que es verdad, y se pone a llorar cuando mi papá se lo dice. Es más tonta?.
—¿Y a ti te gusta el trabajo que hace tu papá? –pregunta Cristian, para ver la reacción del niño.
—¿Estai’ mas loco?. Me da “guácatela” –hace un gesto de desagrado con su rostro–. Pero mi papá dice que es un trabajo como cualquier otro, y que si no fuera por ellos, mucha gente no tendría donde dejar a sus muertos.
—¿Y tú que piensas? –pregunta el muchacho, divertido por las respuestas del niño.
—No sé pu’, que está bien, supongo. Pero yo ni loco trabajaría en eso. Me daría más miedo?. La otra vez, cuando mi mamá se enfermó, mi papá me llevó a mi y a la Lore’ a la funeraria donde trabaja, y había un muerto en un cajón que iban a ir a buscar. La Loreto cuando lo vio se puso a llorar y estuvo como un mes con pesadillas en la noche. Mi mamá se enojó re’arto con mi papá, y le dijo que cómo se le ocurría mostrarle los muertos a la niña. Mi papá le dijo que él había dejado a la Lore’ y a mí, muy sentaditos en la otra oficina, y que la Lore’ sola se había ido a meter donde no debía. La Loreto me acusó a mí, y le dijo a mi mamá que yo le había arrimado la silla al cajón para que se subiera.
—¿Y fue así? –pregunta el joven sin poder controlar la risa que le causa el animado relato del niño.
—Sí pu’, pero fue por que ella me pidió que quería subirse para ver qué había en el cajón.
—¿Y tú por qué se lo arrimaste?
—¿Y cómo iba a saber que había un muerto adentro?. Si habían re’ muchos cajones ahí, y la Lore’ justo tenía que antojarse subir al que tenía el muerto. Es más quemá’?. Vieras' visto el medio grito que pegó. Ja, ja, ja.
El cabello corto rubicundo y erizado del niño, le confiere un aspecto travieso, que hace recordar a Cristian su propia infancia, ya que don Benancio, su abuelo, siempre se lo cortaba así. “El pelo largo es para los ‘maricas’”, decía. La convicción con que su abuelo recitaba sus dichos, siempre le hicieron creer que era la última opinión valedera de los asuntos. No cabía discusión alguna. Era esa manera en que don Benancio manifestaba sus opiniones, lo que le hace sentir nostalgia del sentido de seguridad que le inspiraba su presencia, haciendo más profundo su sentimiento de soledad.
La voz del niño le hace salir de sus cavilaciones.
—¿Y cómo te llamai' tú, socio?
—Cristian. Y tu debes llamarte Antonio.
—¿Y quién te lo dijo? –pregunta sorprendido el niño.
—Nadie. Lo que pasa es que como te dicen "Antuco", supuse que te llamabas Antonio.
—Ah sí pu', obvio. Qué gil. Ja, ja, ja –ambos ríen.
—¿Tu vives cerca de "la loca", Cristian?
—¿La loca?. ¿Quién es la loca?.
—Es una señora que está “chiflá del mate”, y vive por donde señalaste tú recién.
—No, no la conozco todavía. ¿Y en verdad que está loca?
—Claro pu'. No vis' que sale a pasear con su perro y una muñeca que tiene, y se pone a hacerla dormir como si fuera una guagua de verdad. A veces se pone a llorar en la calle, y las vecinas tienen que entrarla a su casa. Los cabros del barrio le tienen miedo, pero yo no –el Antuco adopta postura de valiente–. Chis', yo hasta entro a su casa, y ella me deja a tomar té.
—¿Y no tienes miedo?
—¿Por qué pu'?. Si no hace na'. Yo hasta le he ido a comprar al almacén cuando ella me manda. Después me regala chocolates. Claro que mi mamá no sabe, porque ella me tiene prohibido ir pa´la casa de la loca.
—¿Y sabes el verdadero nombre de la señora?
—Claro, pu'. Ella me lo dijo. Se llama Soledad. Pero ella dice que le diga "Sole" no mas. Dice que ella misma se puso ese nombre, por que está sola en el mundo. Bueno aparte del "Pequitas".
—¿El Pequitas?.
—Es su perro. Yo no sé por qué le puso así, cuando es un perro negro re' chico, lleno de rulos y tiene unas orejas grandes así –el niño gesticula exageradamente mientras habla–, y yo nunca le he visto ninguna peca.
—¿Y tu cómo sabes, lo has revisado? –pregunta Cristian divertido, para ver cómo reacciona el niño.
—Claro pu'. Bueno, antes no me dejaba tomarlo, me ladraba y quería morderme. Pero después que me hice amigo de la loca, quiero decir, de la señora Sole, ya me deja que lo tome en brazos, y me lengüetea toda la cara, 'guacatela' –el niño hace un gesto de desagrado.
—Ja,ja,ja. Seguramente le puso "Pequitas" por alguna otra razón, no por que tuviera pecas, ¿no crees?
—A lo mejor, pu'. Pero es un perro re' cariñoso. Mi papá dice que él cree que al perro también se le “pelan los cables”, como a la señora Sole.
—¿Y por qué lo dice?
—Bueno, resulta que una vez, cuando estaban velando a la señora del almacén,...
—¿Cuál señora, la señora Luisa?
—No, pu' socio. La señora Luisa es la señora chica, guatona del almacén donde compramos el pan en la mañana, donde estaban las viejas metiches, ¿no te acuerdas? –los gestos divertidos que hace el Antuco por describir su narración hacen que Cristian a penas pueda controlar su risa.
—Ah, sí, por supuesto.
—Yo me refiero a otra señora, de otro almacén, que también era guatona –Cristian vuelve su rostro para que el niño no vea sus esfuerzos por contener la risa–. Pero ella era del almacén de más abajo, ese que está al lado de la farmacia.
—Ah, sí. Bueno, ¿y?
—Bueno... ándate, ya me olvidé lo que te estaba contando...
—Me decías de que una vez en ese velorio... no sé, algo pasó...
—Ah, si, ya me acordé. Esa vez mi papá estaba encargado de llevar el cajón al cementerio con la "funebreria" donde él trabaja...
—La qué...?
—La... funerberia...
—¿No será "funeraria"?...
—Eso... la funeraria... Pero no me interrumpai' tanto pu' socio. ¿No vis' que se me olvida lo que estamos hablando?...
—Oh, perdona. Sigue no más. Te escucho... ¿y?
—Bueno, mi papá estaba en el velorio esperando que el cura terminara de rezar y esas cosas, para llevarse el cajón al cementerio en la carroza que él maneja. Cuando la señora Sole, con su perro en los brazos se acerca al cajón para verle la cara a la muerta, y el "Pequitas" se le arrancó de los brazos a la señora Sole, y se subió arriba del cajón de la muerta y se puso a comerse las flores y levantó la pata para mear' las flores, y justo entonces mi papá lo va a tomar para bajarlo, por que la señora Sole con los puros nervios se puso a gritar, y no hacía nada mas que taparse la cara con las manos. Y entonces el "Pequitas" le mordió la nariz a mi papá, y del puro dolor mi papá dijo un tremendo garabato, bien fuerte y todas las viejas que estaban ahí lo miraron re´ feo, y el cura se enojó, –el niño gesticula describiendo la escena– y le dijo que era un "erenje"...
— ¿No será “hereje”?
— Bueno... “hereje”, pero no me interrumpai’ pu’... Bueno, y el cura le dijo que se fuera y que saliera inmediatamente de la iglesia. Pero mi papá le dijo que no podía irse por que él era el chofer de la carroza, y que lo único que él había querido, era bajar al perro del cajón.
Cristian ya no puede contener la risa que le causa el relato y los gestos de Antuco.
— Ja, ja, ja... Bueno, y después ¿qué pasó?...
— Después yo le dije a mi papá que yo podía bajar al "Pequitas", pero mi papá me dijo que de ninguna manera, por que me podía morder también. Entonces yo igual me acerqué al "Pequitas" y en cuanto me vio, se me tiró a los brazos a lengüetearme contento y movía bien rápido su colita mocha. Así es que lo saqué de la iglesia y se lo entregué a la señora Sole. Mi mamá dijo que yo había sido un héroe y me dio un beso delante de todas las viejas, y me dio mas vergüenza?. Por eso mi papá no puede ver al "Pequitas" y dice que tiene los "cables pelados", como la señora Sole.
—Me imagino. ¿Y la Señora Soledad qué te dijo?
—Estaba re' contenta, y me invitó a tomar té a su casa. Yo al principio no quería, por que me daba miedo, pero después cuando los niños amigos míos me dijeron que yo era un “gallina”, tuve que ir no mas. Cuando entré a su casa estaba todo bien oscuro, y la señora Sole me dijo, de adentro, "pasa no más Antuco", y yo pasé y miraba pa' todos lados. Ya me parecía que de repente me iba a salir alguien y me iba a estrangular o algo así... –gestícula con sus manos al cuello–. Me senté bien despacito en un sillón re´viejo que tiene en el living, y miraba pa' todos lados. Cuando de repente el "Pequitas" me saltó encima, por atrás, que me hizo dar un tremendo grito. Vieras' visto el sustito que me dio. Entonces la Señora Sole salió de adentro, bien asustada, preguntándome que qué me había pasado. Y yo le dije que nada, que el "Pequitas" me había asustado. Así que la señora Sole le dijo al "Pequitas" que era perrito malo y un desatento con las visitas y lo encerró en el dormitorio, y el perro lloraba y gemía igual que los niños.
—Bueno, ¿y se te pasó el susto después?...
—Claro pu', ¿no vis' que después nos hicimos re' amigos con la loca, quiero decir, con la señora Sole?. Yo creo que a lo mejor no está tan loca, porque dice cosas que no son cosas que dicen los locos.
—¿Ah, sí?...
—Claro, pu'. Una vez me dijo que... a ver ¿cómo era?... Ah, sí... dijo: " Si este mundo malo dice que lo blanco es negro, y que lo negro es blanco, ¿quién es el que está loco?." Yo no entendí mucho pero creo que no son cosas de loco ¿o sí?...
—Yo pienso que no...
—También me dijo que los papás son como trabajadores que trabajan para Dios. Y que Dios les dio el trabajo de cuidar a sus hijos, y que después Él les va a preguntar cómo cuidaron a sus hijos. Y si no los cuidaron bien, no van a entrar al "Reino de Dios"...
—¿"Reino de Dios"? –pregunta intrigado Cristian. Otra vez esa expresión...
—Sí, así dice ella... Y dice que todos podemos entrar al "Reino" si sabemos cómo hacerlo...
—¿Y ella lo sabe?...
—No sé. Es que yo no sé si cuando habla cosas, es por que está hablando de veras o es por que se le "pelan los cables".
—Difícil saberlo ¿verdad?...
Cristian se queda meditando sobre lo que podrá ser "El Reino de Dios" en la mente enferma de la señora "Sole", mientras el Antuco sigue parloteando animado sin percatarse de que su interlocutor está muy lejos de ahí. Tendrá que conocer a la señora "Sole", y tiene el extraño presentimiento de que no está tan loca, y de que no se arrepentirá de conocerla. Recuerda una de las sentencias de su abuelo...

"—La gente hace cosas tan malas, Chato, que uno no sabe si estamos todos locos y los locos cuerdos." –decía cada vez que escuchaba de algún asesinato en su radioreceptor a transistores que acostumbraba a poner bajo su oreja cuando se iba a dormir. Le encantaba dormirse con la radio encendida. Y siempre cuando él despertaba por los fuertes ronquidos de su abuelo, se acercaba sigilosamente para retirarle la radio de la almohada y apagarla. Pero era inútil. Tan pronto apagaba el receptor, su abuelo abría los ojos y le increpaba: "Deja, deja, ye' Chato, caramba..." –y volvía a encender la radio– ..."¿no ves que estoy escuchando 'el correo de radio minería'?..." –decía, a pesar que ese noticiero había terminado hacía horas y no se daba cuenta que estaba escuchando un programa evangélico, de esos que pasan de madrugada. Era realmente cómico escuchar las palabras emotivas del predicador en medio de los ronquidos de su abuelo.

—...¿Tú crees que deba decírselo?...Socio..., socio...¡SOCIOO!...
Las palabras insistentes del Antuco lo sacan de sus cavilaciones.
—¿Ah? Sí... ¿decirle qué...?, disculpa...
—¡Rájate!, que estabai' volado, socio...
—Perdona, Antuco es que me estaba acordando de algo... ¿qué me preguntabas?...
—Te decía que si debo contarle a mi mamá que la "loca" me deja a tomar té a veces, ¿o no?. No vis' que a mi me conviene ir, por que me da chocolates, de esos que ella compra y que son súper ricos...
Cristian no alcanza a sacar al Antuco de su dilema chocolatado, por que una muchachita de unos 6 años, cabello corto, castaño oscuro, de bonito semblante, llega corriendo a buscarlo...
—"Tuco", dice mi mamá que "vallai" a almorzar... y que te apurís'"...
—Ya voy..., socio, esta es la Lore', mi hermana...
—Hola, Loreto, ¿cómo estás?.
—Hola... –contesta la niña con timidez, mientras baja la vista.
—¿ No es cierto, Lore' que tú pegaste el "medio" ni que grito cuando viste al muerto en el cajón?...
—Pesao', ¿pa' qué contai' eso? –la niña le da un golpe de puño en la espalda al Antuco, quien se incorpora riendo y corre hacia su casa...
—No me pillas... lero, lero. Ja, ja, ja...¡Chao, socio!, después seguimos conversando...–la niña persigue a su hermano corriendo y arrojando piedras.
—Chao, –contesta Cristian, mientras se incorpora para dirigirse a su cuarto. Se deberá dar una buena mojada al cuerpo, antes de almorzar, ya que está haciendo bastante calor. No hay mucho que hacer en Sábado. ¿Qué tendrá doña María para el almuerzo esta vez?. Se conforma con lo que sea, con tal que no sea pescado... "guácatela", como diría el Antuco...


FIN DEL CAPITULO 7


GLOSARIO
Calzoncillos:
Pantaloncillos interiores.
Polera: Camiseta deportiva.
Viejas sapas: Mujeres intrusas, metiches.
Fregado: Estricto, exigente.
Refrigerador: Heladera.
altiro': De inmediato.
Pichanga: Partido de fútbol de barrio.
Socio: Amigo, conocido.
Guatón, no estís’ hinchando.: Gordo, no estés importunando.
Guácatela: Expresión de desagrado, asco.
Es más quemá’ : Es muy desafortunada, de mala suerte.
Qué gil: Qué tonto, sonzo, necio.
Los cabros del barrio: Los muchachos del barrio.
Guatona: Gorda.
Mear': Orinar.
Garabato: Grosería, Palabra soez.
Chiflá' del mate... : Desequilibrada de la cabeza, trastornada, loca.

lunes, julio 17, 2006

"CLASE DE LITERATURA" Capítulo 6

Contra la corriente –Novela...
Capítulo 6

CLASE DE LITERATURA


—"El escribir transforma al escritor en un pequeño dios. Puede construir mundos, y derribarlos. Puede hacer que la vida de un personaje transcurra llena de felicidad, o puede sumirlo en la angustia y la desesperación. Puede dar vida o puede quitarla..."
El " Tres R" ha estado disertando acerca de la vocación de escritor, a propósito del análisis de una obra Literaria. Mientras el profesor habla y se pasea, los alumnos escuchan con la cabeza baja, algunos jugueteando con el lápiz, otros francamente distraídos, mirando por la ventana. Cristian parece ser el único que toma notas, además de Nuri que escribe en un pedazo de papel, el cual pasa disimuladamente a su compañera de atrás, provocando sus risitas contenidas.

—“De algún modo –continua el "Tres R"– el escritor termina encariñándose u odiando a los personajes que crea. Se transforman en hijos, buenos o malos. Los puede relacionar entre sí, combinándolos como en un experimento de química, y siempre que se comunican o traslapan sus vidas, producen un efecto diverso, lógico o inesperado. Y muchas veces el carácter y personalidad de cada uno de ellos, son determinantes en cuanto al resultado de esa “reacción química” y al efecto que tendrán en la historia o mundo creado...”

Mientras se pasea al disertar, el profesor se detiene al lado de Mirtha, compañera de Nuri, que no alcanza a esconder el pedazo de papel. Se lo quita de la mano con hábil movimiento. Mientras lo sostiene en su mano a la altura de su rostro y, sin leerlo, da una mirada de condolencias a la joven mientras sonríe irónicamente. La avergonzada muchacha baja la vista, mientras el profesor guarda el pedazo de papel en el bolsillo de su camisa. Algunos compañeros que se dan cuenta de lo ocurrido, se burlan de la muchacha haciendo morisquetas. Sin dar más importancia al episodio, el " Tres R" continúa su disertación...

—Por ello cada uno de esos “hijos”, debe estar claramente definido en la mente de su creador, y éste debe ser capaz de pensar, sentir y reaccionar como cada uno de ellos. Para lograrlo debe “conocer” la historia de cada uno de sus personajes. No se puede hacer “existir” a un personaje que no tenga una historia de su propia identidad.
Por otro lado la poesía y la prosa, emanan generalmente de ti, eres tú mismo percibiendo tu entorno y las emociones que éste te produce para trasladarlas al papel. Tu sensibilidad particular y muy tuya, le confiere una huella digital, por decirlo así, que identifica tus escritos y tu manera de percibir y narrar tus emociones. La riqueza de nuestro idioma, hacen que el español sea muy pródigo en expresar sentimientos, ideas y emociones...

El maestro cierra el "cómic" que un alumno leía disimuladamente, dando un golpecito con el mismo, en la cabeza del avergonzado joven.

—Por eso, jóvenes –continúa el maestro–, debería ser una deuda con ustedes mismos, el enriquecer su vocabulario. Esfuércense en aprender nuevas palabras y su significado, úsenlas en su habla diaria y no copien el habla cada vez más contaminada y vulgarizada que, lamentablemente, hasta los adultos están usando hoy, como una moda.
—Señor, ¿le puedo preguntar algo? –interrumpe levantando la mano Benigno Morales, un joven delgado, con la corbata suelta y su camisa fuera del pantalón, a quien apodan "el Maligno", y que repite de curso por segunda vez.
—Por supuesto, señor Morales. ¿ Podrías ponerte de pié para que todos podamos escuchar tu pregunta?.
—No, profe, así no mas, sin drama..... ¿ Nos podría decir qué tiene usted en contra de que los jóvenes tengamos nuestra propia forma de hablar?, ¿ Le hacemos algún daño a alguien con eso?
La impertinente interrupción, en tono desafiante, del muchacho produce un murmullo por toda la sala y luego un espeso silencio...
—Además, –continúa el impertinente– siempre y en todas las épocas ha habido jóvenes y han tenido su propia forma de hablar ¿verdad?... y nunca ha habido drama, compadre... –el altanero muchacho da una mirada a sus compañeros mientras sonríe maliciosamente, como buscando la aprobación del curso.

El Profesor pausa por un largo momento, mientras se pasea con la vista en el piso. Con una mano en la barbilla y la otra a su espalda, sosteniendo un trozo de tiza, busca en su mente las palabras precisas que utilizar, frente a esta inesperada interrupción.

—Morales, Morales... –repite lentamente el profesor, en el tono de alguien que ha perdido la esperanza de un entendimiento conciliatorio–. Mira, hijo, no voy a negar lo obvio. Es cierto que siempre ha habido jóvenes. También es cierto que en todas las épocas los jóvenes han buscado identificarse con algún modo particular de expresarse. Sin embargo, y de alguna manera, siempre se había respetado el idioma en la sociedad tradicional, de cualquier lugar civilizado. El habla singular de los jóvenes no pasaba de ser una moda localista y de duración definida por la generación de esos jóvenes en particular. Y en casos excepcionales, algunas de esas nuevas palabras, de uso común, se fueron incorporando y enriqueciendo nuestros idiomas.
En cambio hoy, –continúa el profesor– vemos con mucho pesar, que la ofensiva contra nuestro o nuestros idiomas tradicionales, no solo está siendo liderada por jóvenes de pensamiento rebelde o progresista, como les gusta definirse a ellos; sino por personas adultas, incluso profesionales que a modo de profetas modernos, aparecen en los medios de comunicación, no solo aprobando esta “herejía gramática”, si no, y lo que es peor, incentivándola, con el exclusivo objetivo de granjearse las simpatías de los que aprueban esa actitud y que, lamentablemente a veces, me da la idea, son más de lo que nos gustaría que fueran.

El impertinente trata de argumentar algo, pero el maestro, ignorándolo, sigue con su discurso...

—Por otra parte, me gustaría preguntar a todos ustedes, qué opinan porque cada vez, y con más frecuencia, se esté usando habla soez en los periódicos, revistas, cine, televisión, incluso en la literatura contemporánea. ¿ Alguien desea opinar?...

Uno de los alumnos, el más joven de la clase, el que leía el "comic", y a quien sus compañeros bautizaron como “El guagua”, levanta su mano...

—Muy bien señor Robledo, dígame; aparte de admirar a "Superman", cuál es su opinión...
—¿ Qué es “ habla soez”, señor?. –( risotadas).
—¡Por ejemplo cuando alguien te dice...” Las de tu madre... “! –grita un chistoso desde el fondo de la sala, provocando las risotadas de los otros alumnos y el seguimiento de varios “ejemplos” grotescamente descriptivos.
—¡A ver jovencitos! –interviene el “tres R”, levantando la voz en tono molesto y autoritario para llamar a la tranquilidad–, nadie les ha dado permiso para que se comporten como en su casa. No se olviden que todo el curso ya tiene una anotación negativa la semana pasada. Si siguen así van a ser incluidos muy pronto en el Libro de Guines.
—¡Oye, “guagua”, pregunta ahora qué es el Libro de Guines, ganso! –grita otro chistoso –(nuevas risotadas).
—Bueno, caballeros. Basta de interrupciones...

La oportuna intervención del profesor, logra calmar a los festivos alumnos. Luego de esperar que se restaure totalmente la calma, el “tres R” se dirige al alumno que hizo la pregunta originalmente.

—Garabatos, palabrotas, obscenidades, vulgaridades, señor Robledo. Éso significa habla soez. Como puede ver, sus compañeros son expertos en la materia... Pero aún no han contestado a mi pregunta... ¿Qué opinan que cada vez con más frecuencia se esté empleando ese tipo de habla en la literatura contemporánea?.
Los alumnos se miran entre sí, sin que nadie se atreva a emitir una opinión.
—¿Y qué les pasó?, ¿Se les terminaron las ganas de exponer sus opiniones tan descriptivas que tenían hace un momento?.
Los alumnos se sonríen en voz baja, cuchicheando entre ellos.

—Bueno... por lo que veo, parece que por hoy se les fundieron las neuronas –comenta con ironía el profesor–. Tarea para la casa, entonces. Para el próximo lunes deberán traer sus opiniones por escrito. Pueden buscar opiniones al respecto, de algunos personajes contemporáneos o no. Las mejores citas serán nominadas al 6,5 y si son muy buenas, al 7. Hasta el lunes jóvenes, pueden retirarse. Señor Aliaga, ¿puede quedarse un momento?. Usted también, señorita Delgado... gracias.

Los alumnos salen en medio de una algarabía, controlada prontamente por el "3R". Mirtha, una muchacha un tanto gordita pero agraciada de rostro, la alumna que mencionó el profesor para que se quedara, juguetea nerviosa con su corbatín. Después de cerrar la puerta, el maestro le pide a la muchacha que se acerque a su escritorio, mientras Cristian continúa sentado en su asiento, desde donde no puede escuchar la conversación.

—Señorita Delgado. Le voy a entregar el papelito que le quité, y sin leerlo, por respeto a usted –dice el profesor mientras le entrega el trozo de papel–. Pero no puedo dejar de lamentar el hecho de que, de un tiempo a esta parte, usted se está distrayendo muy frecuentemente. Antes era mucho mas aplicada a sus estudios, una de mis mejores estudiantes. Sin embargo ahora la veo como soñando despierta... mirando a la luna por la ventana... ¿No será que después de salir de su enfermedad de la semana pasada, ahora se está contagiando de "Nuritis" Zamora?. Las veo muy compinches últimamente.
—Sí señor... quiero decir no señor, disculpe... –la muchacha baja la mirada, avergonzada.
—Trate de no sentarse al lado de Nuri. De lo contrario no podrá concentrarse ¿no cree?
—Si señor... gracias señor Rojas... ¿Puedo retirarme?...
—Por supuesto, pase usted... –contesta el maestro, con cierto tono irónico.
—Gracias, permiso...

La muchacha se retira rápidamente, no sin antes compartir una sonrisa de alivio con Cristian, quien se ha puesto de pie para acercarse al profesor.

—Asiento, señor Aliaga... Puedo tratarte de tú ¿verdad?...
—Si, señor Rojas, por supuesto –asiente el joven, un tanto nervioso.
—La verdad que la clase anterior, el lunes pasado, no tuvimos mucha oportunidad de conocernos bien... Perdón, antes de seguir... ¿tienes algo que hacer, para no quitarte tu tiempo?...
—No, señor... está bien.
—Yo no conozco a tu tío... ¿cómo se llama...?
—Alfredo.
—Alfredo, sí. Como te decía, yo no lo conozco, aparte de lo que me ha dicho de él, el colega Miranda. Pero tengo entendido que va a ser tu apoderado.
—Sí, señor. Lo que pasa es que yo no tengo padres. Los dos murieron cuando era niño.
—Oh, lo siento... No lo sabía. ¿Dónde estudiabas anteriormente, Cristian?...
—En Ovalle, por que en Chalinga no hay enseñanza media.
—¿Y qué tal es tu pueblito?...
—Bueno, como todos, supongo. No hay mucho que decir... es tranquilo, todos se conocen... yo estaba acostumbrado a vivir allí. La verdad que todavía echo mucho de menos...
—Claro, tiene que ser así. Recién vas a cumplir una semana aquí, ¿verdad?
—Sí.
—¿Se te hace muy difícil?... quiero decir, ¿el vivir aquí?... –el maestro le mira con atención mientras se sube a medio sentar en la esquina de su escritorio.
—Bueno, por ahora sí. Lo que pasa es que no conozco a nadie todavía, aparte de mis compañeros de curso... extraño a mis amigos de Chalinga.
—Me imagino. ¿Y dónde vives?... ¿cerca de aquí?
—En la población "Bonilla". Me demoro como 10 minutos en taxibús.
—Ah. No es tan lejos. Vives con tu tío, me imagino... –afirma a modo de pregunta el profesor.
—Sí. Él arrienda una pieza donde vivimos los dos...
—Debo decirte que es obvio para mí que has recibido una muy buena educación,... en lo personal, me refiero. Tus modales de destacan en medio de la "jauría" que tengo como profesor jefe. ¿Te criaste con tu tío...?
—En realidad no, señor. Yo me crié con mis abuelos, los padres de mi papá...
—Aah. De ahí debe venir entonces el buen entrenamiento... ¿ Y porqué te viniste a Antofagasta?
—Es que mis abuelos murieron, y mi tío no quiso enviarme donde mi abuela Sara y mis tías, en Hijuelas, porque quería que estudiara una profesión.
—Hizo muy bien. Aunque me imagino que no se le debe hacer muy fácil cuidar de ti y al mismo tiempo trabajar... ¿Y cómo es tu relación con él?... perdona la pregunta, no quisiera inmiscuirme...
—No, está bien señor... Bueno, nos llevamos muy bien –dice el muchacho, con una sonrisa de satisfacción- yo soy su único sobrino, así que soy su regalón, dice él...
—Me alegro mucho. Eso te va a facilitar mucho las cosas, especialmente tu progreso en los estudios, ¿no crees?
—Sí. Yo creo...
—Me he fijado que eres un poco tímido. Pero al mismo tiempo discierno que tienes una personalidad muy bien formada. Seguramente tus abuelos te dieron una buena formación moral y un conjunto de valores que se percibe con solo conversar contigo. Eso es muy raro encontrar hoy día, especialmente en la juventud.
El joven solo atina a bajar la vista un poco incómodo por los comentarios del profesor.

—Yo quería conocerte un poco mejor, Cristian –agrega el maestro–, y al mismo tiempo darte un consejo desinteresado, si tú me lo permites, claro...
—Sí, señor... dígame no mas...
—Mira Cristian –el profesor pausa por un momento, tratando de hallar las palabras apropiadas–. En este colegio, como en todos, te encontrarás con buenos, malos, y muy malos amigos. Me he dado cuenta que estás asociándote con el grupo de Ulises López y Nuri Zamora... ¿verdad?
—Sí, señor, es que ellos se me.....
—No, no... Cristian –interrumpe el profesor–. Está bien. No lo estoy objetando... al contrario. Ulises es un muy buen alumno. Es uno de los mejores calificados en el curso, junto con su hermana Irene. Es cierto que de vez en cuando se descarría en su conducta por influencia de la señorita Zamora. En el fondo Nuri es buena chica. Yo creo que le falta mas orientación solamente. Lo malo es que cuando he tratado de hablar con ella, me rehuye. Como te habrás dado cuenta, ella tiene una especie de guerra personal contra la disciplina, o algo así ... ja, ja, ja.
—Sí, señor... me he dado cuenta –contesta el joven, mas relajado al notar que el "3 R" lo toma con humor.
—En realidad, este curso no está tan mal. –continúa el maestro–. Al menos los puedo controlar... Después de todo no tenemos malos elementos. Lo malo es que hay algunos alumnos que son muy malos para el estudio... Se pasan la vida chacoteando, haciendo bromas... no sé. Incluso tengo dos o tres que vienen repitiendo curso como tres años. Mi consejo es que cuides tus asociaciones, Cristian. Tú sabes lo que se dice.." Dime con quién andas..."
—"... Y te diré quién eres" –termina la frase el joven, dando a entender que conoce el refrán.
—Así es. O más bien, "Dime qué calificaciones tienes, y te diré con quién te juntas", ja, ja, ja... ¿no te parece?.
—Tiene razón, señor... gracias.
—No tienes por qué darlas, Cristian. Tengo el presentimiento que darás más de una sorpresa a esos alumnos que vienen a calentar asiento al colegio. Ojalá no te contagies con las malas juntas, porque en otros cursos los colegas tienen cada ejemplar...
—No se preocupe, trataré de recordar sus consejos –dice el joven, mientras se incorpora para retirarse.
—Así lo espero, Cristian, por tu bien... Ah, lo olvidaba. Cualquier cosa que necesites de mi persona, no dudes en pedirlo. A mí me gusta ayudar a los jóvenes que se esmeran en aprender y surgir. Si hay algo que no entiendas en mi asignatura, no dudes en preguntar. Si te haz fijado, hay varios alumnos que después de clases se quedan a hacerme algunas consultas acerca de la clase. Eso es muy estimulador para un profesor, y a mí me agrada ayudarlos.
—Gracias de nuevo, señor... lo tendré en cuenta...
El joven se despide del profesor, quién se queda ordenando sus notas y su carpeta antes de retirarse de la sala.

Fuera de la sala, cerca de la puerta de salida, está Mirtha, esperando a ver qué desenlace tendría la conversación de Cristian con el "3 R".

—¿Qué te dijo, Cristian? -pregunta curiosa, la muchacha.
—Nada. Solo quería conversar conmigo sobre los estudios y esas cosas...
—¿Te retó?
—No –sonríe divertido por la pregunta el joven–. Me dijo que tuviera cuidado con qué niños me junto.
—Apuesto a que te dijo que no te juntaras con la Nuri...
—No, no dijo nada de eso. Solo comentó que yo escogiera con cuidado a mis amistades, para lograr buenas calificaciones.
—Entonces no te separes del Ulises, si quieres sacar buenas notas en matemáticas, ja, ja, ja –comenta riendo Mirtha–. Ahora si quieres sacar buena nota en conducta, siéntate con el Avila. Ese compadre aparte de ser mateo, es más tranquilo que fotografía. Una no se da ni cuenta si está en clases o no. Lo malo que nadie quiere juntarse con él...
—Sí, lo he notado. ¿Y porqué? –pregunta intrigado el joven, mientras ambos se encaminan hacia la salida del colegio.
—Es que pertenece a una de esas religiones extrañas que prohiben todo, y nunca va a las fiestas que organizan los niños del curso. Además si tu le metes chachara, te habla y te habla de Dios y que la Biblia y que este otro, y aquello, y no para de machacarte la sesera, ¿'cachai'?
—¿Ah, sí?, ¿Y a ti te cae mal?
—No, pa' na'. El "Padre Pollo" es buen gallo, solo que tiene eso... tu entiendes –la muchacha hace un gesto de rezar con las manos mientras mira al cielo en actitud de mártir.
—¿Padre Pollo?
—Ja, ja, ja. Así le puso el "Maligno", porque antes le decían el "pollito", por lo flaquito. A mí me aconsejó re harto' cuando rompí con el Lucho, mi ex- pololo. Estaba mas deprimida... y el Padre Pollo me ayudó harto. Chis', fíjate que ni mi mamá me 'pescó' cuando andaba 'maleta'. La pura Nuri y el Pollo me ayudaron. Claro que la Nuri me aconsejó puras 'cabezas de pescado'...
—¿Ah sí?
—Ja, ja, ja, claro pu'. Fíjate que me dijo que siguiera al Lucho, y que cuando se juntara con la 'mechuda' que tiene ahora, le dijera que cuándo me iba a dar la leche para la guagua, y que cuando se botara a choro', le reventara un huevo crudo en la cabeza... ¿te imaginai' qué loca?...
—¿ Y tú lo hiciste?
—¿Estay más...? –hace un gesto grosero con las manos–. Si estaba deprimida no mas pu'... No chiflá' del mate... –los dos jóvenes ríen de buena gana.
Los dos jóvenes se dirigen a la salida del colegio y en dirección al paradero de la locomoción colectiva...
—Oye, –continúa la joven– menos mal que el "3R", no leyó el papel que me quitó de las manos... se pasó pa' ser gente mi mijito rico...
El joven no logra disimular su sorpresa, ante la forma en que la muchacha se refiere al profesor, por lo que Mirtha trata de corregir su comentario, un tanto avergonzada..
—Chuta, parece que metí la pata'. Lo que pasa es que a mí me cae re' bien el "3R", porque no es como los otros profes, ¿'cachai'? El siempre ha sido 'buena onda' conmigo. Me ayuda cuando no entiendo la materia... Me ayudó dándome otra oportunidad para hacer las pruebas que me perdí por estar enferma...

Mientras habla, la muchacha arruga el papel que le regresara el profesor, arrojándolo hacia dentro del antejardín del colegio. En ese momento Mirtha se da cuenta que se acerca el taxibús que pasa por su casa...

—Ah, chitas, ahí viene el taxibus... Chao, Cristian, nos vemos mañana...

La muchacha corriendo, logra subirse a tiempo al taxibús y desde la ventana hace señas despidiéndose del joven, quien le responde con otro gesto, mientras ve alejarse la máquina. La curiosidad, le impulsa a regresar a la puerta del colegio, para coger el papel que Nuri pasara a Mirtha durante la clase, y que ésta arrugara y arrojara al antejardín. Mirando hacia todos lados como si estuviera cometiendo un terrible delito, lee el trozo de papel... " Fíjate que está rico el huaso, Mirtha..."

FIN DEL CAPÍTULO 6.

GLOSARIO
Cháchara : Habla vacía, recibida a disgusto.
¿'cachai'? : ¿Captas? ¿Entiendes?
pa' na' : Para nada.
ni mi mamá me 'pescó' : Ni mi mamá me ayudó, no me hizo caso, me ignoró.
cuando andaba 'maleta'. : Cuando andaba mal de ánimo, deprimida.
'cabezas de pescado' : Sugerencias descabelladas, habla sin sentido, anormal.
chiflá' del mate... : Desequilibrada de la cabeza, trastornada, loca.
parece que metí la pata'.: Cometí una infidencia. Dije algo confidencial.
'buena onda' : Buena persona.

viernes, junio 09, 2006

"NELIDA" —Capítulo 5


Contra la corriente –Novela...

Capítulo 5
"NÉLIDA"

Los dos días siguientes, transcurren monótonos. Del Liceo a la pieza, de la pieza a la casa de doña María, de la casa de doña María a su pieza, de ahí al Liceo, del Liceo a su pieza y de su pieza a la casa de doña María nuevamente, esquivando a la “Negra”, que ya se ha ido acostumbrando a Cristian. Ya no le ladra, pero le ha dado por olfatearlo por todos lados como si estuviera buscando algo. Luego le tira el pantalón jugueteando. El problema es que le ha roto el botapié de su mejor pantalón. El otro problema es que doña María es una parlanchina empedernida y ya lo tiene “mareado”, hablándole de su “Nila”, a la cual aun no conoce y de sus proyectos de poner un Restorán. Y lo peor es que ha tenido que comer dos veces pescado, (con lo que le gusta). Además los dueños de la casa no han llegado aún, a pesar que se suponía llegarían el Martes. No es que le importe, pero está intrigado de cómo le recibirán. Además le gustaría saber si tienen hijos de su edad para tener con quién conversar después de clases. Hasta ahora no ha conocido a nadie del barrio.

El jueves al llegar a la casa de doña María a almorzar, le abre la puerta una joven de unos 25 años, de mediana estatura, morena de ojos grandes almendrados, que le recordaron a Bety, “su Bety”. Cabello largo liso castaño, sedoso, de muy agraciada figura. Viste una pequeña falda roja y blusa blanca, amarrada en lugar de abotonar. Con andar felino y mirada sonriente se dirige al muchacho...
—Tú debes ser Cristian... el sobrino de Alfredo, ¿Verdad?... Mamá me ha hablado de ti. Pasa, supongo que la “Negra” ya te ubica.
—Claro, gracias –no puede evitar sentir cierta incomodidad ante la mirada insistente de la muchacha, quien no le quita la vista mientras pasan al interior de la casa.
—Hola, Cristian, veo que ya conociste a “Nila” –dice doña María, con su mejor sonrisa.
—Bueno, en realidad no nos hemos presentado formalmente. Me da gusto conocerte, Cristian –Nélida le extiende su mano.
—Igualmente, señorita –balbucea Cristian un tanto perturbado. El no está acostumbrado a muchachas tan lindas y especialmente con minifaldas tan cortas.
—¿Y Alfredo?. Ah, que tonta, verdad que está en Zaldivar –se contesta ella misma–. ¿Te gusta Antofagasta? –pregunta, por decir algo...
—Sin ofender, en realidad no me gusta mucho. Los cerros pelados... la vida muy agitada. No me puedo acostumbrar –balbucea Cristian sin levantar la vista.
—Bueno ya te acostumbrarás.
La muchacha se sienta despreocupada, dejando ver sus muslos redondeados lo que incomoda a Cristian.
—Eso pasa con todos los que vienen de más al sur –agrega–. Se deprimen cuando no ven nada verde.
—¡Aquí lo único que verás verde, son los carabineros. ¿Sabes?! Ja, ja, ja –interrumpe doña María, queriéndose hacer la graciosa–. Solo mar y cerros pelados. Pero supongo que ya haz conocido a algunas muchachas ¿verdad? –pregunta con tono de picardía.
—Bueno, sí. En el liceo conocí a unas compañeras...
—¿Y nada más?... ¿No estás pololeando? –pregunta con mal disimulado interés la muchacha.
Cristian se perturba con la pregunta. Siente que un rubor incontrolable le calienta las orejas. La muchacha no ha dejado de mirarle con esa sonrisa inquisitiva.
—Vamos “Nila”. no hagas ponerse colorado al niño... –interrumpe doña María mientras pone los cubiertos frente al muchacho.
—No, no me gusta pololear. –Cristian baja la cabeza tratando de esconder el rubor que se ha apoderado definitivamente de su cara.
—¡Nooo!... ¡Un joven de otro mundo! ¿Oíste mamá?. Ja, ja, ja –las dos mujeres ríen de buena gana–. Por favor no vayas a creer que nos reímos de ti, Cristiancito. Lo que pasa que es muy raro ver un joven como tú, nada de mal parecido, decir que no le gusta pololear.
—Claro, ¿sabes? –interviene doña María con un tono maternal y conciliador–. Si aquí los jóvenes como tú, y más jóvenes aun, a los once años, viven tratando de encaramarse sobre las muchachas, ja, ja ¿ Sabes?. Por ejemplo, y para que tú veas, sin ir mas lejos, la chica de la vecina de mas arriba...
—¿Quién mamá? –interrumpe Nélida–. ¿La “Vero”?
—No, niña. Esa es otra de las mismas. Me refiero a la otra vecina de la vuelta, la rubiecita esa... no me acuerdo como se llama...
—Quién, ¿la “Pita “?
—Esa misma, yo la conozco por Lupe.
—Es la misma, mamá, se llama Lupe pero le dicen “Pita”...
—Ah, bueno, así será... Bueno como te decía, la Lupe esa no tiene mas de 14 años y ya tiene guagua. Y el pololo no debe tener mas de 13 años, ¿sabes?. ¡Qué va a hacer el pobre “perico“ ese!, si no sabe ni limpiarse el traste, ¿sabes?. Menos va a poder alimentar a la muchacha y al crío, ¿no te parece?.
Doña María ha puesto el almuerzo ante Cristian el cual da un suspiro de alivio cuando se percata que no es pescado.
—Te serví, lentejas “Cris” –dice doña María con su cara llena de risa–, pues ya me di cuenta que no te gusta el pescado. Lo noté cuando arrugas la nariz cada vez que lo sirvo.
—¿Que es regodeón también? –interviene Nélida con una mirada pícara de complicidad con su madre–. Yo creí que solo era vergonzoso. –Las orejas de Cristian parece que van a derretirse.
—Nélida, deja en paz al Chico... ¿No ves que lo tienes todo perturbado? Después se me va a aburrir y no va a querer venir a tomar once, ¿sabes?.
—Ay mamá, si no lo estoy molestando... solo le decía nomás... ¿Te molesto Cristian?
—Ejem, –carraspea nervioso–. No, no me molesta. Solo que como no la conozco bien todavía, estoy un poco nervioso.
Cristian trata de comer rápido para salir de la situación incómoda, solo para quemarse la boca con la comida caliente.
—Aay, perdona, “Cris”, olvidé decirte que estaba caliente, ¿sabes?. ¿Quieres que le agregue un poco de agua fría?.
—No, no. Así está bien, señora María. No se preocupe por favor.
—Creo que mejor me voy a mi pieza para dejar almorzar tranquilo a Cristian. Después nos vemos ¿ya?. –Nélida toca la nariz del joven y se retira sonriente a su cuarto.
—Es lo mejor que puedes hacer, “Nila“, mira que me lo tienes todo nervioso al niño, ¿sabes?. No le hagas caso “Cris”. La “Nila“ es así, pero es muy buena hija. Nunca me ha dado problemas. Aunque las envidiosas del barrio hablan puras leseras y calumnias de ella.
Cristian termina a duras penas su almuerzo. Parece que cada lenteja se le atascara en su garganta seca. Doña María lo ha dejado almorzando solo y se ha retirado al cuarto de Nélida. No puede borrar de su mente los ojos de Nélida. Almendrados y profundos. Le traen otros ojos almendrados a su mente. Los de “Bety”. ¿Qué estará haciendo en ese momento?. ¿Se recordará de él, como él de ella?. Estaba tan cerca de saber si en realidad le gustaba. Atilio se lo había confidenciado...
Las imágenes vuelven tiernas, dulces, agradables...

—“ Tu le gustas, Cristian. Lo sé.” –Puede ver el rostro de Atilio, transpirado después del partido de fútbol, enfático como si se tratara de una información de vital importancia.
—“ ¿ Cómo lo sabes?, ¿Te lo dijo ella? ”
—“ No seas tonto. Eso no lo dicen las niñas así no más. Lo sé por que me doy cuenta como te mira.”
—“ Pero ella mira a todos igual...” –la aseveración tiene olor a pregunta y es expectante.
—“ No igual. A ti se te queda mirando embobada, cuando tú no la ves. Pero yo me doy cuenta. Te digo... tú le gustas.”
— “Bueno y si así fuera, ¿qué voy a hacer?”
— “Bueno, supongo que se lo dirás, ¿no?...”
—“¿Estás loco?, ¿Qué le diré? ”
—“Que a ti también te gusta, supongo... ¿No? ”
—“ ¿Y cómo sabes si a mí me gusta? ”
—“ Vamos, Cristian... no me vas a decir que no te gusta. Si se te ponen los ojos como huevo frito cuando la miras. A mí no me engañas...”

—¿Terminaste de almorzar?
La voz de Nélida hace trizas las imágenes queridas. Es como si le despertaran bruscamente de un hermoso sueño.
—Ah, si. Ya he terminado gracias. Debo irme, tengo tareas que hacer.
—¿Ya se va “Cris”?, ¿Tan luego? Quédese a conversar un ratito, mientras se come la frutita –la señora María con su tonito maternal de siempre, retira los cubiertos.
—Gracias, señora María. Mañana tal vez. Lo que pasa es que ahora debo terminar un informe escolar que hay que entregar mañana. Estaban sabrosas las lentejas. Gracias. –Nélida le observa sonriente, como adivinando el porqué de la inesperada prisa de Cristian. Sabe que el muchacho está avergonzado y desea poner tierra, mucha tierra de por medio.
—No tienes qué agradecer, hijo. ¿Nos vemos a las onces? –pregunta doña María.
—No sé. Tal vez... yo le aviso... Hasta pronto señorita Nélida, gusto en conocerla..
—“Nila”.
—¿Cómo?
—Que me llames “Nila”...
—Oh, sí... perdón señorita “Nila”. Gusto en conocerla.
—El gusto ha sido mío, Cristian. Te dejo en la puerta no te vaya a molestar la “Negra”.
—Gracias.
Al salir al antejardín, la muchacha le detiene suavemente por el brazo.
—Cristian, ¿te puedo hacer una pregunta? -le habla casi al oído, en voz baja, como si no quisiera que doña María escuchase.
—¿Sí, señorita Nélida... digo, señorita “Nila”?
—¿Qué te contó de mí, tu tío Alfredo?
—Oh, bueno... me... me dijo que usted era su polola, y.. bueno, que era bonita...
—¿Ah, sí?, ¿Así te dijo? ¿Y qué más?...
—Bueno, nada más.
—¿No te dijo que quizás nos casemos a fin de año?...
—No... No me dijo nada de eso. –Cristian contesta sorprendido.
—En realidad él no quiere casarse todavía, pero soy yo la que lo presiona. Yo creo que cuando dos personas se entienden y se quieren, no tienen para qué esperar tanto ¿no crees?.
—Bueno sí... quiero decir no sé. Mi tío es el que tiene que decidir esas cosas.
—Y a ti, ¿te gustaría que nos casáramos? –pregunta con voz muy suave, mientras mira fijamente a los ojos del joven para ver su reacción.
—La verdad señorita "Nila", que no sé... yo... yo no... mi tío no conversa esas cosas conmigo.
—Pero yo te estoy preguntando a tí. Qué te parece a ti que nos casáramos con Alfredo... ¿te gustaría?
—Chitas, no sé que decirle. Es que como recién la vengo conociendo... me pilló de sorpresa su pregunta... ¿Le podría contestar otro día?
—Está bien, Cristiancito. No es que yo quiera ponerte en un aprieto. Es que para mí es super importante tu opinión. Después de todo si nos casamos con Alfredo tendremos que vivir contigo, y no sé si eso te incomodaría, ¿entiendes?.
—Sí, entiendo, señorita "Nila". Pero no se preocupe, lo que mi tío decida, está bien para mí.
—Ay, qué 'chévere'. A mí me has caído super bien, así es que me fascinaría vivir contigo... y con Alfredo, por supuesto.
Llega apresuradamente a su cuarto. Deja su mochila con cuadernos, se saca a tirones su corbata y se dirige urgentemente al baño. Su vejiga parece que va a estallar. Por fin puede descargar su desesperada urgencia. Aún no se siente en confianza como para pedir el baño en casa de doña María. Vergüenzas de pueblerino. Luego coge el espejo. Quiere comprobar si sus orejas lucen tan rojas como se imagina. ¡Horror!. Parecen semáforos encendidos en roja que anuncian a todos los vientos ¡¡¡¡Cristian está muuyy avergonzado!!!!... Qué plancha. Seguro que la señorita Nélida se habrá dado cuenta. Le da rabia consigo mismo. Los seres humanos debiéramos tener un interruptor, de modo que cada vez que nos ruborizáramos, nos permitiera pulsarlo y nuestras mejillas y orejas volvieran automáticamente a su normalidad.
Siente ruidos en la casa. Más bien parecen voces. Se acerca a la ventana trasera para escuchar mejor. Sí. Ahora está seguro. Son voces y ruidos de Platos. Da la vuelta al pasillo lo más rápido que le permiten sus piernas y el cierre del marrueco, que no quiere cerrar por mas que lo tira. Sale a la calle y se dirige a la puerta principal para escuchar. Al fin logra cerrar el cierre del pantalón, justo cuando se abre la puerta.
Un muchacho de unos 16 años le observa intrigado...
—¿Si, dime? ¿Buscas a alguien? –pregunta el muchacho, moreno de baja estatura, despeinado, delgado, con jeans y zapatillas. Sus ojos achinados y nariz aguileña, le dan una apariencia de persona del altiplano.
—Eh... no, yo... es decir... –Cristian no encuentra cómo explicar. La puerta abierta repentinamente y la pregunta del jovenzuelo, le tomaron desprevenido.
—¿Qué deseas? –insiste el muchacho limpiándose la boca con la manga de la camisa desabotonada.
—Soy... es decir, me llamo Cristian, y vivo aquí, en el patio de esta casa... ¿Y tú quién eres?, ¿Porqué estás aquí, en la casa?
—¿Cómo? Yo vivo aquí, compadre. No entiendo... ¿Dices que vives aquí también?... Aah, ya entiendo. Tú debes ser el sobrino de don Alfredo. Él nos dijo que traería un sobrino de Ovalle... ¿Eres tú verdad?
—Oh, sí. Perdona... yo no sabía...
—Ah, no te preocupes, compadre... Pensaste que se habían metido a la casa ¿verdad?
—Bueno, sí, algo así... Gusto de conocerte, me llamo Cristian –le extiende la mano.
—Ya lo dijiste... Bueno, también gusto en conocerte. Me llamo Héctor, pero me dicen “ Tito” –le pasa la mano al estilo nuevo que aprendió en el liceo.
—¿Llegaste solo? –pregunta Cristian, por decir algo.
—Claro que no. ¡Qué onda!... llegué con los viejos. En realidad debíamos haber llegado el Lunes o Martes, pero se nos paneó el cacharro. Yo tenía que entrar al colegio y ya estoy más atrasado...
—¿A qué colegio vas?
—Al Liceo de hombres. ¿Y tú?
—Al Liceo Industrial.
—Ah, que buena onda –contesta el "Tito", levantando sus cejas–. Mi taita quiere que vaya ese Liceo. Pero no alcanzamos matrícula. Así es que a lo mejor el otro año entro ahí. Y tú, ¿cómo lo hiciste para encontrar cupo?.
—Bueno en realidad, mi tío Alfredo consiguió matrícula. Parece que tiene un conocido que es profesor de ese Liceo.
—Ah, que buena onda, voy a hablar con él. A lo mejor me “pitutea” a mí también.
—¿Te pitutea?
—Claro. ¿No sabes lo que es “pitutear”?. ¡Qué ganso...! Pitutear: recomendar con un conocido, meter a lo compadre, etc. Oye compadre, se nota que no eres de aquí. Ja, ja, ja.
—Bueno, Tito, era eso nada más, perdona si te preocupé.
—No pasa ná’, compadre, no hay drama. Oye, ¿Por qué no pasai’ un rato para que conozcas a los viejos? Son buena onda... pasa.
—No, gracias, a lo mejor otro día. Ahora tengo que estudiar.
—No me digas que eres de la especie “Loco-Mateo”, compadre. Mira que a mi no me entra ná’ –hace ademán de golpear la cabeza–. A lo mejor me ayudas con las tareas y yo a cambio te presento a las “minas“ del barrio. ¿ah?, ¿qué tal?. ¿Te interesa, compadre? ja, ja, ja.
—¿Quién es Tito? –pregunta una voz de mujer madura, desde dentro de la casa.
—Es el sobrino de don Alfredo mamá. Sintió ruidos y vino a ver si estaban robando...
—Oye, Tito, no le pongai' tanto... –se apresura a corregir Cristian.
—Tranquilo, compadre, si mi vieja es buena onda. No pasa ná’ –le guiña un ojo. El muchacho le recuerda algo a Ulises, su compañero de curso. Tal vez por su modo de ser. Porque de rucio... éste no tiene nada.
La mujer, delgada, de unos 40 años, viste jeans, polera con una calavera estampada en el pecho y el pelo negro amarrado con una cola, bien parecida, se asoma a la puerta secándose las manos con un mantel.
—Hola. Tú debes ser el sobrino de Alfredo –le extiende su mano húmeda.
—Sí, señora. Gusto en conocerla.
—Llámame Verónica. ¿Estás yendo al colegio?
—Si, al Liceo Industrial.
—Oh, qué afortunado. Nosotros no pudimos encontrar matrícula para el Tito. Cuesta tanto entrar a ese liceo. Todos los estudiantes quieren entrar allí.
—No le pongai’, mamá –interrumpe el jovenzuelo–. Muchos van al Liceo Comercial también.
—Ah, bueno. Pero una gran mayoría intenta en el Industrial, no me lo vas a negar.
—Ah, por que a los taitas les gusta que sus hijos entren allí. Todo por que ahí son más estrictos que en otros colegios. El señor Artíguez, el Director, tiene fama con los viejos. Lo conocen en toda la ciudad, por lo fregao’.
—Bueno, como sea. El hecho es que es un liceo muy solicitado. ¿Por qué no pasas un rato... ? –dirigiéndose a Cristian–. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Cristian, señora. Le agradezco, pero en realidad ahora no puedo. En todo caso le prometo que otro día vendré con mas tiempo para conocernos mejor.
—Como quieras. Ven cuando gustes. A Tito le gustará conocer a otro amigo. Y quizás hasta me lo endereces un poco. Se nota que eres un buen chico.
—Que mala onda, compadre –interviene el muchacho–. Pero no te pierdas. Quiero enseñarte mi colección de “bichos raros”.
—Está bien, para otro día será. Bueno señora, me dio gusto conocerlos. Hasta luego.
—Adiós, Cristian. No te pierdas.
—Chao, compadre. Por cualquier cosa, golpéame la ventana del rincón. Esa es mi pieza.
—Bien, así lo haré. Ah, Tito. Te pasaré una carta por tu ventana. La dejó mi tío para tu Papá.
—Ok, compadre. Tíramela por la ventana.
Madre e hijo se quedan mirando mientras Cristian ingresa por la puerta que da al pasillo y de ahí al patio trasero.
—¿De qué te ríes, Negro?...
—De nada mamá. Es que nunca me había topado con un loco "cuico"...y "guaso", más encima, ja, ja, ja.
—Tú a todos encuentras "cuico", Negro –dice doña Verónica, dando un pequeño tirón en el mechón de su hijo–. Lo que pasa es que no estás acostumbrado a ver a un joven educadito y gentil. Al menos podías interesarte en ser como él.
—Chis' buena, mamá, oh. ¿Te imaginai'?... Yo...flaco, feo, negro... ¿ y cuico? ... Chis' la ondita. Ja, ja, ja, ja.
—Ja, ja, ja... No, no me lo podría imaginar, ja, ja, ja...


FIN DEL CAPÍTULO 5

GLOSARIOLa “Negra” : La perra de casa.
Carabineros: Policías de uniforme verde.
Pololeando: Tener sitas, tener una enamorada sin compromisos, salir con alguien.
“perico“ : Jovenzuelo inexperto.
Regodeón: Mañoso, no gusta de muchas comidas, se regodea en comer solo lo que gusta.
Leseras: Tonteras, sandeces, habla vana.
Qué plancha: Qué vergüenza.
Se nos paneó el cacharro: Se nos descompuso el automóvil.
Mi taita : Mi padre.
No hay drama : No hay problemas.
Loco-Mateo : Joven aplicado, Estudioso, que saca buenas calificaciones.
“Minas” del barrio : Muchachas del barrio.
Fregao’. : Fregado, estricto, enérgico en aplicar la disciplina.
loco "cuico": Joven de alta sociedad, elegante, educadito, de modales finos. Polola (o) : Enamorada(o) con quien se hacen citas sin estar comprometidos. "compadre" : Amigo, socio.Guaso: Gente de campo, tímido, sencillo.

sábado, mayo 27, 2006

"PRIMER DÍA DE CLASES" Capítulo 4

Contra la corriente –Novela...

Capítulo 4
"PRIMER DIA DE CLASES"
La luz de la mañana le hace abrir los ojos. El despertador suena estridente en ese preciso instante. Los pensamientos le dan vuelta en la cabeza. Le cuesta ordenarlos... Ah, sí. Está en la pieza de Alfredo, es Lunes y tiene que ir a la escuela.
—" ¡La escuela! –baja de la cama sobresaltado–. Olvidé preguntar a Alfredo qué taxibús debo tomar. ¿Y ahora?... ".
Atolondrado recorre con la mirada la habitación. Sobre el pequeño baúl-mesa hay una nota. Seguro que es de Alfredo. Se apresura a leerla...
" Flaquito, no te quise despertar, pero puse el reloj despertador a las 7 A.M. Espero te haya recordado a tiempo. En el baúl está la mermelada y el pan. Los dueños de casa llegan mañana de sus vacaciones. En el velador dejé una carta. Entrégasela al Señor Ibarra (el dueño de casa) o a su esposa. Ahí les explico todo, aunque ya les había comunicado tu venida. Yo regreso el próximo Domingo, en la noche. Si ves a la Nélida, dile que... (Rayado encima). No le digas nada mejor. Yo hablo con ella cuando regrese. Que te vaya bien en tu primer día de clases. Ah, la liebre(Rayado) el taxibús que debes tomar es el Nr. 2 ó el 3. Los dos te sirven. De vuelta súbete al 3 y dile al chofer que te deje en el Supermercado de la esquina. Pórtate bien, Flaco, no incendies la casa, no seduzcas a tus compañeras de curso ni vayas a matar a la 'Negra'. Chao ".
—" Payaso ".

El taxibús pasa lleno de estudiantes y no se detiene. Después de un rato pasa el siguiente... tampoco se detiene. Los estudiantes que se encuentran en la parada gritan palabras de todo calibre al chofer que impávido continua su marcha sin voltear. Un policía uniformado llega a la parada y hace detenerse al siguiente taxibús, logrando subir a los estudiantes ante la mirada melancólica y resignada del chofer. Luego de un "asardinado" viaje llegan al Liceo.
Una turba de "pingüinos-estudiantes" bajan en tropel disminuyendo gran parte del pasaje.
Los alumnos formados en el patio en bulliciosas columnas, conversan animadamente. Cristian busca el 2do. "B".
—Perdona... –Pregunta a un muchacho rubicundo y pecoso–. ¿Este es el 2do B?.
—No, "Ganso", es el de más allá –responde señalando con el dedo.
—Gracias.
—Está bien, compadre.
—Disculpa, ¿Este es el 2do. B? –Pregunta a una muchacha delgada y morena, de nariz aguileña y pelo corto.
—Sí, lindo. Este es –Responde pellizcando su mejilla, mientras sus compañeros de fila celebran bulliciosamente su respuesta.
—Gracias.
—De qué, amor.
" ¡Atención, atención! –resuena la voz potente del señor Artiguez, el Director–. Ya, ya, vamos guardando silencio señores, que esta es una escuela, no la vega central".
Poco a poco se detienen los murmullos risueños de los estudiantes más inquietos.
—" Buenos días jóvenes " –saluda el señor Artíguez, con sus manos tomadas a su espalda y sus piernas regordetas ligeramente separadas, cual militar pasando lista, mientras los demás profesores se ubican cerca de sus cursos respectivos.
—"¡¡ Bueenos díaas señor Artiguez !! " –Responden los estudiantes, con cierta disimulada tonalidad festiva.
—"Estamos comenzado una semana más de clases, y esperamos que recuerden las recomendaciones que siempre les hacemos. Compórtense como caballeros y señoritas educados. Demuestren así que pertenecen a uno de los Liceos más destacados del norte, el Liceo Industrial. Los inspectores han sido instruidos para traer a la Dirección a cualquier alumno que sea sorprendido fumando en el recinto del Liceo, así como a aquellos que insistan en traer material pornográfico. Tendrán que venir con su apoderado. Los alumnos que sean sorprendidos con drogas, ya sea consumiéndola o portándola, serán expulsados del establecimiento sin apelación.
Después del himno patrio se retirarán ordenadamente, dije ORDENADAMENTE a sus respectivas salas de clase. Que tengan una semana productiva."
Después del acto de rigor, los alumnos se retiran a sus salas de clases. La columna del 2do. "B", Minas, lo hace a una indicación del profesor Raúl Rojas, profesor de Castellano y Literatura, de mediana estatura, moreno, extremadamente delgado, nariz aguileña y de ojos somnolientos. Su voz grave acciona su "manzana de Adán", la cual sube y baja cual diminuto ascensor por su garganta.
—" Segundo B... A la sala de clases..."
Una vez en la sala de clases, los alumnos se ubican en sus respectivos lugares. Cristian se queda de pié a la entrada de la sala, esperando la indicación del profesor para tomar su ubicación. Sus manos inquietas dejan entrever su nerviosismo. El señor Rojas acomoda su asiento separándolo ligeramente del escritorio mientras descansa su espalda en el respaldo de su silla. Juguetea con un lápiz mientras observa a Cristian, esperando que los demás estudiantes se sienten. Luego se dirige al nuevo alumno...
—¿Tú eres el alumno nuevo?... Buenos días joven...
—Ssí, señor, es mi primer día... eh, buenos días.
—Bueno, vamos a conocernos mientras pasamos lista... ¿cómo te llamas?
—De " Chalinga ", al interior de Ovalle, señor –(risotadas).
—Perdón hijo, te pregunté cómo te llamas, no de dónde eres... ¡Ustedes guarden silencio!...
—Disculpe señor, no le escuché bien, me llamo Cristian, Cristian Aliaga Muñóz
—Eso está mejor... Ya nos dijiste de dónde vienes. ¿Y quién es tu apoderado?
—Mi tío Alfredo. Vivo con él.
—Bien Cristian, puedes tomar asiento. Ya nos conoceremos mejor.
—Disculpe,... ¿Dónde me siento, señor?...
—Puedes sentarte ahí, junto a la señorita Zamora –le señala un lugar junto a la ventana, precisamente al lado de la muchacha del pellizco, en el patio.
—"Hola lindo". –le susurra con picardía la muchacha.
—"Hola" –se sienta con la mirada baja, mirando de reojo a la clase.
—"Otro ganso" –murmura alguien– (risitas).
—Bueno, continuamos jóvenes –dice el maestro, con tono serio para acallar las risitas.
El maestro abre el libro de asistencia y comienza a salmodiar mecánicamente los apellidos de los alumnos, con tono constante como si se tratase de una voz de computadora o algo así.
—" Aliaga "... ah, ya estás... "Ardiles" -Presente-, "Avila" –Presente–, " Barrios " –Presente- ...
La lista termina con Zamora, Nuri. La chica del pellizco.
—" Presente, lindo ".
—Suficiente con que diga "presente" señorita Zamora.
—Sí, lindo, perdón. Digo... profesor –(risas).
—Ahh. Llegó de cómica esta semana. Vamos a ver cómo está su disertación de la lectura que les asigné.
—¡Churra!... (Blanca palidez)
—¿Cómo dijo?
—Nada... nada, señor, disculpe –se saca apresuradamente el chicle que ha estado masticando, se pone de pié y se jala nerviosamente su corta falda.
—" Te churreteaste, Nuri", –le murmuran desde el banco de atrás –(risitas).
—A ver, guardemos silencio, jovencitos... Señorita Zamora... –el maestro se acerca lentamente con sus manos tomadas por detrás, cual gendarme que acaba de atrapar a un fugitivo–. Ustedes debían leer el libro "Palomita Blanca"... ¿De qué autor,... señorita Zamora?
—Lafurcade, señor –contesta nerviosa.
—Bien, pasó la primera, ya no se la comen los leones... ¿Podría hacernos un resumen somero del argumento... señorita Zamora?
—Sí señor. Se trata de... de dos jóvenes que... de diferente situación social ¿ve?, –contesta la muchacha atropelladamente y ya con más confianza–. Uno tiene harta' plata, y la otra es re' pobrete, que se conocen en un concierto rock,... luego se bañan piluchos en la playa, después... y que luego se ponen a pololear y resulta que después, los amigos de él no la aceptan a ella, por que resulta que ella es de "pobla" ¿ve?, y él es "cuico, mijito rico de su mamá" y resulta que al final...
—¡Ay, Dios! –interrumpe el profesor, llevándose una mano a la cabeza–. Gracias, señorita Zamora, –(risas)– puede sentarse... ¿Críticas a la novela, jóvenes?... ¿Y bien?...
—Señor... –Se pone de pié un muchacho larguirucho, de lentes ópticos gruesos, ojos claros, colorín, con su corbata algo desajustada, sentado detrás de Cristian.
—¡Señor López!... Qué grata novedad... –dice el profesor, con fingida y teatral sorpresa–, creí que solo en la clase de matemáticas comentaba... adelante... por favor.
El maestro se dirige a su escritorio y toma asiento mientras se dispone a escuchar.
—(Carraspea) –Bueno... la novela me gustó, porque enseña... quiero decir... (carraspea)... muestra la realidad de los jóvenes en una época especial...
—¿No será " época específica ", señor López?
—Sí, eso quise decir... Bueno, muestra la realidad de una época específica y... y... la manera como pensaba la juventud en ese tiempo.
—"En el tiempo de los 'Marihuanero-saurios'", "o de los 'Hippie-sterodópodos' –interrumpen algunos graciosos, produciendo la risa de sus compañeros.
—Muy graciosos... ¿Y cómo piensa la Juventud ahora? –el profesor se levanta de su escritorio y comienza a caminar por la clase–. Todos pueden comentar... a ver. Esto se está poniendo interesante. Siéntese señor López, gracias... ¿Y bien?
Levanta su mano una muchacha de pelo castaño, largo, de bonita figura e igual semblante. El profesor hace un gesto para que se ponga de pié, cosa que ella hace con cierta coquetería.
—Bueno, la juventud, creo yo, ¿no?... hoy día está más liberada de las reglas que antes ponían los mayores. –Da una mirada de reojo a Cristian para constatar si éste la está observando–. Por ejemplo ahora los viejos ya no " hinchan " tanto con la hora en que debemos llegar de un "carrete"...
—Perdón, Claudia. "Los padres ya no exigen tanto en cuanto a la hora..." No me destroce el idioma mi amor... continúe –(risas).
—Bueno... es igual... Además hoy día los jóvenes tenemos más libertad para conocer a otros jóvenes, pololear quiero decir ¿ve?... Antes no se podían tomar ni la palabra... –(risas).
—Muy ilustrativo tu comentario, querida, pero me gustaría saber cuál creen ustedes que es el pensamiento de la generación joven, es decir, cómo ven los jóvenes de hoy nuestra sociedad actual. Qué piensan en cuanto a ello... ¿me siguen?... Siéntese señorita Mariño, gracias. Tal vez, el señor Aliaga quisiera darnos su opinión. ¿Nos hace el honor señor Aliaga?.
Cristian siente como si le hubiesen dado un mazazo en la cabeza y lo dejasen clavado al asiento. La temperatura sube bruscamente a grado 30. Respira hondo y se incorpora pesadamente, prolongando el tiempo, soñando con el timbre de término de clases...
—(Carraspea), (vuelve a carraspear)... –"Dale huasito"–, –"Dale gansito"– (risitas). Todas las miradas las siente clavadas como puñales en cada espacio de su cuerpo. Temiendo desmayarse en cualquier momento, recuerda uno de los dichos favoritos de su abuelo... "El miedo es un monstruo que no existe, Chato. Pero su aspecto es aterrador. Si abres bien los ojos y le miras desafiante, se empequeñecerá hasta adoptar una forma ridícula y luego desaparecerá como perro con la cola entre las piernas...". Mira a su alrededor paseando la mirada entre los alumnos, lo más sereno que puede aparentar, haciendo caso omiso a las risas contenidas. Poco a poco terminan los murmullos. Luego respira hondo y... ¡vamos Cristian!... tú puedes...
—Creo, profesor, que es difícil que todos los jóvenes piensen igual (carraspea), o piensen de una misma manera. Yo creo que depende de cómo hayan... hayamos sido criados. Yo no puedo decirle cómo piensa la juventud... actual (carraspea), por que no conozco mucho. Me crié en un pequeño pueblito, y ahí los jóvenes, estoy seguro (carraspea), piensan muy diferente de lo que puedan pensar, por ejemplo, en esta ciudad. Pero si quiere mi opinión...
—Por favor señor Aliaga...
—Bueno, a mí me enseñaron que no es bueno estar muy "atrincao". Pero tampoco tener mucha "rienda suelta". Lo bueno es tener libre... digo, libertad –(risitas nerviosas)–, pero nunca tanto como para perjudicarse uno mismo, o perjudicar y preocupar a los demás que lo quieren a uno... Eso es lo que yo pienso...
Cristian se sienta en medio del sepulcral silencio que causaron sus humildes pero acertadas palabras. De reojo le pareció ver al "monstruo ridículo" escurrirse avergonzado por debajo de la puerta de clases. El maestro se pone de pié, sonríe y se dirige a Cristian.
—"El de palabras pocas en sus labios..., pasa por sabio....". Gracias señor Aliaga... –Mirando irónicamente a Claudia, quien baja su rostro un tanto avergonzada, agrega–. Hacía tiempo que no me regalaban comentarios que no precisaran de alguna sufrida corrección.
La clase continúa amena y compartida, excepto por Claudia, quien después del comentario de Cristian no abrió la boca y se dedicó a fijar su persistente mirada en él.
El timbre de término de clases produce una algarabía prontamente controlada por el señor Rojas. Fuera en el patio, el muchacho colorín se acerca a conversar con Cristian...
—¿Qué tal?. Me llamo Ulises López –le tiende la mano.
—Hola, me llamo Cristian. –le cuesta responder al saludo de Ulises, ya que éste le toma su mano por el dedo pulgar como hacen los jóvenes. Hasta que Cristian logra acertar, lo que hace que ambos se rían del transe.
—Ja, ja... ¿Cómo se saludan en tu pueblo?
—Bueno como se hace en todas partes. Así... –Cristian estrecha la mano del muchacho.
—Ah, eso es "retro". Hay que ponerse en "onda".
—Está bien, no hay problema.
—¿Qué te pareció el "tres R" ?
—¿ Quién?
—Ja, El "tres R", pues. El profesor. Le dicen así por que se llama Raúl Rojas Rivera, tres "R", ¿ves?
—Ah. ya entiendo.
—¡Uf, menos mal! –hace un gesto como dando las gracias al cielo–. Además dicen que le gusta el "copete". Por eso dicen que le viene el apodo, ja, ja, ja.
—Ah, sí. Mi tío me dijo que así le dicen al vino.
—No, ganso... "Copete" es cualquier trago, no solo el vino. Además no seas "huachaca", aquí nadie toma vino, solo del fuerte, o cerveza.
—¿Aquí?, ¿Quieres decir, en el colegio?
—Bueno, en el liceo no, pues está prohibido. Pero fuera de aquí hay varios que le hacen al trago. Yo no, eh? –se apresura a aclarar–. A mí si que no me gusta esa onda. Eso sí que soy re' bueno pa' fumar. Mi papá no me dice nada. Es decir me dijo... –(Remedando la voz de su padre)–: "Que no te vea yo fumando jovencito"... Y como no me ha visto... no me dice nada... ja, ja, ja. Ríete, es un chiste –arruga la nariz para acomodarse los gruesos lentes.
—Ah, sí. Es divertido.
—Bueno pues, que te pareció.
—Qué, ¿el chiste?
—No ganso, el profe. De eso estamos hablando ¿no?
—Oh, sí. Perdona. Bueno, me pareció una buena persona, y se nota que sabe tratar a los alumnos.
—Es que no lo has visto enojado... Aaaah... cuando se enoja, te da "filo" –(hace un gesto con la mano)– por un buen tiempo, y si puede "rajarte" en las notas, te "raja". Así no mas, "care' palo". Por eso es mejor estar en la onda con él. Cuando anda en buena onda, es re' buena persona.
Ven, te voy a presentar a las "minas" del curso, son solo cuatro mujeres. La Mirtha no vino hoy, está enferma de la semana pasada. –Se acercan a las tres muchachas que conversan dando miraditas coquetas y risueñas a Cristian.
—¡Hola, “locas”! ¿Cómo están? Les voy a presentar al hua..., perdón... a Cristian. Saluden, no sean gansas...
—¡Hola!, Hola,... –Saludan atropelladamente–. ¿De dónde dijiste que venías, lindo? --Pregunta Nuri, la del pellizco, mientras Claudia y la otra muchacha pecosa y de larga cabellera pelirroja, de grandes ojos verdes pero no muy agraciada de rostro, se sonríen. La pelirroja mordisquea nerviosamente sus uñas.
—De “Chalinga”, en Ovalle.
—¿Chalinga? ¡Qué nombre más raro!, suena a "mandinga". Ja, ja, ja –interrumpe el pelirrojo. Ríen nerviosamente–. Parece un grupo Satánico. ¿En tu pueblo no hay brujas, y esas cosas, Cristian?.
—No, no hay nada de eso –responde Cristian con cierta seriedad.
—Vamos, no te enojes, si no te estamos "basilando". Solo preguntaba.
—¡Ulises!... Siempre con sus metidas de pata... –sanciona Claudia, mirando comprensivamente a Cristian, aprovechando la ocasión para congraciarse con él.
—Está bien. Si no me han molestado –dirigiéndose a Ulises–. No te preocupes. Uno de estos días les contaré acerca de mi pueblo. Ahora lo que más me preocupa es que me vaya bien en el liceo. No me gustaría repetir. Yo no entiendo nada de Minería.
—No te preocupes –se apresura a intervenir Ulises– ¡Nosotros tampoco!... Ja, ja, ja –sueltan todos una risotada escandalosa, que celebran por un buen rato.
—Si te juntas con los mateos del curso, te va a ir bien –interrumpe la muchacha colorina de pelo largo–. El Ulises te puede ayudar en matemáticas. Se las sabe todas ¿verdad Ulises?
—Cierto... Hey, pero tú no te has presentado flaca –se dirige a la colorina–. Preséntese como corresponde a una dama "esquisofrénica–locateli"...
—Oh, perdón... –La muchacha se ruboriza y adopta una actitud seria para disimular lo mejor que puede su nerviosismo–. Me llamo Irene, y soy hermana de Ulises.
—"Eso se nota de bieeen leejos". Ja, ja, ja, ja –corean al unísono Claudia y Nuri, mientras le toman el cabello a los dos hermanos. Todos irrumpen en carcajadas.
Tres muchachones de aspecto bravucón se acercan al grupo.
—¿Qué onda?. ¿Porqué tanta risa, "cabeza de cobre"?, Ja, ja, ja –pregunta uno de ellos con tono fanfarrón, el que parece ser el líder, mientras los otros dos, de mas baja estatura, celebran la pregunta como si se tratase de un gran chiste.
—¿Y a "vos" quién te invitó al baile, estúpido? –contesta en tono desafiante la Nurí, con sus brazos en jarra, mientras se le pone en frente.
—Cuidadito, flaca "pitillo", no te metai' conmigo. Sabís' que tenís' que salir del liceo y ahí no están los profes' pa' que te defiendan... Después nos veremos en el “hoyo” –responde el muchachón mientras le toma el mentón, a lo que Nuri responde retirando bruscamente la mano del "valiente". Un buen grupo de estudiantes se ha acercado al ver el barullo...
—Mira como me tiemblan la piernas –responde la Chica, mientras mueve sus piernas, como si temblaran. Sus dos amigas y Cristian, se apresuran a retirar a Nuri antes que la cosa se ponga mas grave...
—Ya, Nuri, déjalo. No te metas con ellos. No vale la pena –dice Claudia mientras logra apaciguar a duras penas a la iracunda Nuri. Los muchachones hacen un gesto grosero y despectivo y se retiran muertos de la risa.
Una vez terminado el tumulto, los "mirones" se retiran paulatinamente.
—Buena, "Guardaespaldas ". ¿Cuándo nos defiendes de nuevo? –le reprocha Irene a su hermano que durante todo el incidente permaneció mudo y separado del grupo.
—Si las suicidas son ustedes no yo pues. ¿Pa' qué se meten con el Nono?. Saben que es violento, y que es de los "Satánicos".
—¡Yo no le tengo miedo al desgraciado infeliz !..., Además es valiente en patota, pero estando sólo se... (irreproducible)... –La Nuri mira de pronto a Cristian y se calla de súbito, llevándose una mano a la boca–. Ay, disculpa Cristian. Qué vas a pensar de mí, que soy una rota.
—"Y no es chiste, ja, ja, ja" –interrumpe Ulises.
Las otras muchachas dan una mirada furibunda a Ulises, quien se calla abruptamente.
—No, está bien, yo entiendo –la tranquiliza Cristian–. ¿Por qué dijiste que era de los "Satánicos", Ulises?.
—De los Satánicos. El Nono está metido en uno de esos grupos fallados, que adoran al Diablo y matan gatos y todas esas tonteras. También se "pichicatean" y se ponen violentos. Por eso es mejor no meterse con ellos.
—¿Pichicatear?
—Drogarse, compadre. Pincharse, volarse, endiosarse, blanquearse, etc, etc. ¿Cachai, “loco”? –el colorín hace un gesto de " volado ", y el signo "paz" con los dedos, causando risa en sus compañeras.
—¿A qué se refería él cuando dijo que se verían en el “hoyo”?
—Ah, eso. Es que hay un hoyo en el patio trasero, que simula una entrada a una mina, para las clases prácticas.
—Ah.
En ese momento suena el timbre para reintegrarse a clases.
—Bien, hay que ir a matearse otra vez, ¿vamos, mis chicas? –Bromea el colorín, ofreciendo el brazo a las muchachas quienes se toman de él. Cristian se dirige a la sala con Irene, quien se ha quedado algo mas atrás.
La clase siguiente era de Matemáticas, donde Ulises se las contestó todas y Cristian sufrió enterrado en su asiento hasta que con un suspiro de alivio escuchó el bendito y maravilloso timbre de término de clases.
Para ser su primer día de clases no estuvo mal. Considerando que había hecho algunos amigos, enfrentado a los Satánicos, y logrado sobrevivir a la "lata de sardinas" Línea 3.

FIN DEL CAPITULO 4