sábado, mayo 27, 2006

"PRIMER DÍA DE CLASES" Capítulo 4

Contra la corriente –Novela...

Capítulo 4
"PRIMER DIA DE CLASES"
La luz de la mañana le hace abrir los ojos. El despertador suena estridente en ese preciso instante. Los pensamientos le dan vuelta en la cabeza. Le cuesta ordenarlos... Ah, sí. Está en la pieza de Alfredo, es Lunes y tiene que ir a la escuela.
—" ¡La escuela! –baja de la cama sobresaltado–. Olvidé preguntar a Alfredo qué taxibús debo tomar. ¿Y ahora?... ".
Atolondrado recorre con la mirada la habitación. Sobre el pequeño baúl-mesa hay una nota. Seguro que es de Alfredo. Se apresura a leerla...
" Flaquito, no te quise despertar, pero puse el reloj despertador a las 7 A.M. Espero te haya recordado a tiempo. En el baúl está la mermelada y el pan. Los dueños de casa llegan mañana de sus vacaciones. En el velador dejé una carta. Entrégasela al Señor Ibarra (el dueño de casa) o a su esposa. Ahí les explico todo, aunque ya les había comunicado tu venida. Yo regreso el próximo Domingo, en la noche. Si ves a la Nélida, dile que... (Rayado encima). No le digas nada mejor. Yo hablo con ella cuando regrese. Que te vaya bien en tu primer día de clases. Ah, la liebre(Rayado) el taxibús que debes tomar es el Nr. 2 ó el 3. Los dos te sirven. De vuelta súbete al 3 y dile al chofer que te deje en el Supermercado de la esquina. Pórtate bien, Flaco, no incendies la casa, no seduzcas a tus compañeras de curso ni vayas a matar a la 'Negra'. Chao ".
—" Payaso ".

El taxibús pasa lleno de estudiantes y no se detiene. Después de un rato pasa el siguiente... tampoco se detiene. Los estudiantes que se encuentran en la parada gritan palabras de todo calibre al chofer que impávido continua su marcha sin voltear. Un policía uniformado llega a la parada y hace detenerse al siguiente taxibús, logrando subir a los estudiantes ante la mirada melancólica y resignada del chofer. Luego de un "asardinado" viaje llegan al Liceo.
Una turba de "pingüinos-estudiantes" bajan en tropel disminuyendo gran parte del pasaje.
Los alumnos formados en el patio en bulliciosas columnas, conversan animadamente. Cristian busca el 2do. "B".
—Perdona... –Pregunta a un muchacho rubicundo y pecoso–. ¿Este es el 2do B?.
—No, "Ganso", es el de más allá –responde señalando con el dedo.
—Gracias.
—Está bien, compadre.
—Disculpa, ¿Este es el 2do. B? –Pregunta a una muchacha delgada y morena, de nariz aguileña y pelo corto.
—Sí, lindo. Este es –Responde pellizcando su mejilla, mientras sus compañeros de fila celebran bulliciosamente su respuesta.
—Gracias.
—De qué, amor.
" ¡Atención, atención! –resuena la voz potente del señor Artiguez, el Director–. Ya, ya, vamos guardando silencio señores, que esta es una escuela, no la vega central".
Poco a poco se detienen los murmullos risueños de los estudiantes más inquietos.
—" Buenos días jóvenes " –saluda el señor Artíguez, con sus manos tomadas a su espalda y sus piernas regordetas ligeramente separadas, cual militar pasando lista, mientras los demás profesores se ubican cerca de sus cursos respectivos.
—"¡¡ Bueenos díaas señor Artiguez !! " –Responden los estudiantes, con cierta disimulada tonalidad festiva.
—"Estamos comenzado una semana más de clases, y esperamos que recuerden las recomendaciones que siempre les hacemos. Compórtense como caballeros y señoritas educados. Demuestren así que pertenecen a uno de los Liceos más destacados del norte, el Liceo Industrial. Los inspectores han sido instruidos para traer a la Dirección a cualquier alumno que sea sorprendido fumando en el recinto del Liceo, así como a aquellos que insistan en traer material pornográfico. Tendrán que venir con su apoderado. Los alumnos que sean sorprendidos con drogas, ya sea consumiéndola o portándola, serán expulsados del establecimiento sin apelación.
Después del himno patrio se retirarán ordenadamente, dije ORDENADAMENTE a sus respectivas salas de clase. Que tengan una semana productiva."
Después del acto de rigor, los alumnos se retiran a sus salas de clases. La columna del 2do. "B", Minas, lo hace a una indicación del profesor Raúl Rojas, profesor de Castellano y Literatura, de mediana estatura, moreno, extremadamente delgado, nariz aguileña y de ojos somnolientos. Su voz grave acciona su "manzana de Adán", la cual sube y baja cual diminuto ascensor por su garganta.
—" Segundo B... A la sala de clases..."
Una vez en la sala de clases, los alumnos se ubican en sus respectivos lugares. Cristian se queda de pié a la entrada de la sala, esperando la indicación del profesor para tomar su ubicación. Sus manos inquietas dejan entrever su nerviosismo. El señor Rojas acomoda su asiento separándolo ligeramente del escritorio mientras descansa su espalda en el respaldo de su silla. Juguetea con un lápiz mientras observa a Cristian, esperando que los demás estudiantes se sienten. Luego se dirige al nuevo alumno...
—¿Tú eres el alumno nuevo?... Buenos días joven...
—Ssí, señor, es mi primer día... eh, buenos días.
—Bueno, vamos a conocernos mientras pasamos lista... ¿cómo te llamas?
—De " Chalinga ", al interior de Ovalle, señor –(risotadas).
—Perdón hijo, te pregunté cómo te llamas, no de dónde eres... ¡Ustedes guarden silencio!...
—Disculpe señor, no le escuché bien, me llamo Cristian, Cristian Aliaga Muñóz
—Eso está mejor... Ya nos dijiste de dónde vienes. ¿Y quién es tu apoderado?
—Mi tío Alfredo. Vivo con él.
—Bien Cristian, puedes tomar asiento. Ya nos conoceremos mejor.
—Disculpe,... ¿Dónde me siento, señor?...
—Puedes sentarte ahí, junto a la señorita Zamora –le señala un lugar junto a la ventana, precisamente al lado de la muchacha del pellizco, en el patio.
—"Hola lindo". –le susurra con picardía la muchacha.
—"Hola" –se sienta con la mirada baja, mirando de reojo a la clase.
—"Otro ganso" –murmura alguien– (risitas).
—Bueno, continuamos jóvenes –dice el maestro, con tono serio para acallar las risitas.
El maestro abre el libro de asistencia y comienza a salmodiar mecánicamente los apellidos de los alumnos, con tono constante como si se tratase de una voz de computadora o algo así.
—" Aliaga "... ah, ya estás... "Ardiles" -Presente-, "Avila" –Presente–, " Barrios " –Presente- ...
La lista termina con Zamora, Nuri. La chica del pellizco.
—" Presente, lindo ".
—Suficiente con que diga "presente" señorita Zamora.
—Sí, lindo, perdón. Digo... profesor –(risas).
—Ahh. Llegó de cómica esta semana. Vamos a ver cómo está su disertación de la lectura que les asigné.
—¡Churra!... (Blanca palidez)
—¿Cómo dijo?
—Nada... nada, señor, disculpe –se saca apresuradamente el chicle que ha estado masticando, se pone de pié y se jala nerviosamente su corta falda.
—" Te churreteaste, Nuri", –le murmuran desde el banco de atrás –(risitas).
—A ver, guardemos silencio, jovencitos... Señorita Zamora... –el maestro se acerca lentamente con sus manos tomadas por detrás, cual gendarme que acaba de atrapar a un fugitivo–. Ustedes debían leer el libro "Palomita Blanca"... ¿De qué autor,... señorita Zamora?
—Lafurcade, señor –contesta nerviosa.
—Bien, pasó la primera, ya no se la comen los leones... ¿Podría hacernos un resumen somero del argumento... señorita Zamora?
—Sí señor. Se trata de... de dos jóvenes que... de diferente situación social ¿ve?, –contesta la muchacha atropelladamente y ya con más confianza–. Uno tiene harta' plata, y la otra es re' pobrete, que se conocen en un concierto rock,... luego se bañan piluchos en la playa, después... y que luego se ponen a pololear y resulta que después, los amigos de él no la aceptan a ella, por que resulta que ella es de "pobla" ¿ve?, y él es "cuico, mijito rico de su mamá" y resulta que al final...
—¡Ay, Dios! –interrumpe el profesor, llevándose una mano a la cabeza–. Gracias, señorita Zamora, –(risas)– puede sentarse... ¿Críticas a la novela, jóvenes?... ¿Y bien?...
—Señor... –Se pone de pié un muchacho larguirucho, de lentes ópticos gruesos, ojos claros, colorín, con su corbata algo desajustada, sentado detrás de Cristian.
—¡Señor López!... Qué grata novedad... –dice el profesor, con fingida y teatral sorpresa–, creí que solo en la clase de matemáticas comentaba... adelante... por favor.
El maestro se dirige a su escritorio y toma asiento mientras se dispone a escuchar.
—(Carraspea) –Bueno... la novela me gustó, porque enseña... quiero decir... (carraspea)... muestra la realidad de los jóvenes en una época especial...
—¿No será " época específica ", señor López?
—Sí, eso quise decir... Bueno, muestra la realidad de una época específica y... y... la manera como pensaba la juventud en ese tiempo.
—"En el tiempo de los 'Marihuanero-saurios'", "o de los 'Hippie-sterodópodos' –interrumpen algunos graciosos, produciendo la risa de sus compañeros.
—Muy graciosos... ¿Y cómo piensa la Juventud ahora? –el profesor se levanta de su escritorio y comienza a caminar por la clase–. Todos pueden comentar... a ver. Esto se está poniendo interesante. Siéntese señor López, gracias... ¿Y bien?
Levanta su mano una muchacha de pelo castaño, largo, de bonita figura e igual semblante. El profesor hace un gesto para que se ponga de pié, cosa que ella hace con cierta coquetería.
—Bueno, la juventud, creo yo, ¿no?... hoy día está más liberada de las reglas que antes ponían los mayores. –Da una mirada de reojo a Cristian para constatar si éste la está observando–. Por ejemplo ahora los viejos ya no " hinchan " tanto con la hora en que debemos llegar de un "carrete"...
—Perdón, Claudia. "Los padres ya no exigen tanto en cuanto a la hora..." No me destroce el idioma mi amor... continúe –(risas).
—Bueno... es igual... Además hoy día los jóvenes tenemos más libertad para conocer a otros jóvenes, pololear quiero decir ¿ve?... Antes no se podían tomar ni la palabra... –(risas).
—Muy ilustrativo tu comentario, querida, pero me gustaría saber cuál creen ustedes que es el pensamiento de la generación joven, es decir, cómo ven los jóvenes de hoy nuestra sociedad actual. Qué piensan en cuanto a ello... ¿me siguen?... Siéntese señorita Mariño, gracias. Tal vez, el señor Aliaga quisiera darnos su opinión. ¿Nos hace el honor señor Aliaga?.
Cristian siente como si le hubiesen dado un mazazo en la cabeza y lo dejasen clavado al asiento. La temperatura sube bruscamente a grado 30. Respira hondo y se incorpora pesadamente, prolongando el tiempo, soñando con el timbre de término de clases...
—(Carraspea), (vuelve a carraspear)... –"Dale huasito"–, –"Dale gansito"– (risitas). Todas las miradas las siente clavadas como puñales en cada espacio de su cuerpo. Temiendo desmayarse en cualquier momento, recuerda uno de los dichos favoritos de su abuelo... "El miedo es un monstruo que no existe, Chato. Pero su aspecto es aterrador. Si abres bien los ojos y le miras desafiante, se empequeñecerá hasta adoptar una forma ridícula y luego desaparecerá como perro con la cola entre las piernas...". Mira a su alrededor paseando la mirada entre los alumnos, lo más sereno que puede aparentar, haciendo caso omiso a las risas contenidas. Poco a poco terminan los murmullos. Luego respira hondo y... ¡vamos Cristian!... tú puedes...
—Creo, profesor, que es difícil que todos los jóvenes piensen igual (carraspea), o piensen de una misma manera. Yo creo que depende de cómo hayan... hayamos sido criados. Yo no puedo decirle cómo piensa la juventud... actual (carraspea), por que no conozco mucho. Me crié en un pequeño pueblito, y ahí los jóvenes, estoy seguro (carraspea), piensan muy diferente de lo que puedan pensar, por ejemplo, en esta ciudad. Pero si quiere mi opinión...
—Por favor señor Aliaga...
—Bueno, a mí me enseñaron que no es bueno estar muy "atrincao". Pero tampoco tener mucha "rienda suelta". Lo bueno es tener libre... digo, libertad –(risitas nerviosas)–, pero nunca tanto como para perjudicarse uno mismo, o perjudicar y preocupar a los demás que lo quieren a uno... Eso es lo que yo pienso...
Cristian se sienta en medio del sepulcral silencio que causaron sus humildes pero acertadas palabras. De reojo le pareció ver al "monstruo ridículo" escurrirse avergonzado por debajo de la puerta de clases. El maestro se pone de pié, sonríe y se dirige a Cristian.
—"El de palabras pocas en sus labios..., pasa por sabio....". Gracias señor Aliaga... –Mirando irónicamente a Claudia, quien baja su rostro un tanto avergonzada, agrega–. Hacía tiempo que no me regalaban comentarios que no precisaran de alguna sufrida corrección.
La clase continúa amena y compartida, excepto por Claudia, quien después del comentario de Cristian no abrió la boca y se dedicó a fijar su persistente mirada en él.
El timbre de término de clases produce una algarabía prontamente controlada por el señor Rojas. Fuera en el patio, el muchacho colorín se acerca a conversar con Cristian...
—¿Qué tal?. Me llamo Ulises López –le tiende la mano.
—Hola, me llamo Cristian. –le cuesta responder al saludo de Ulises, ya que éste le toma su mano por el dedo pulgar como hacen los jóvenes. Hasta que Cristian logra acertar, lo que hace que ambos se rían del transe.
—Ja, ja... ¿Cómo se saludan en tu pueblo?
—Bueno como se hace en todas partes. Así... –Cristian estrecha la mano del muchacho.
—Ah, eso es "retro". Hay que ponerse en "onda".
—Está bien, no hay problema.
—¿Qué te pareció el "tres R" ?
—¿ Quién?
—Ja, El "tres R", pues. El profesor. Le dicen así por que se llama Raúl Rojas Rivera, tres "R", ¿ves?
—Ah. ya entiendo.
—¡Uf, menos mal! –hace un gesto como dando las gracias al cielo–. Además dicen que le gusta el "copete". Por eso dicen que le viene el apodo, ja, ja, ja.
—Ah, sí. Mi tío me dijo que así le dicen al vino.
—No, ganso... "Copete" es cualquier trago, no solo el vino. Además no seas "huachaca", aquí nadie toma vino, solo del fuerte, o cerveza.
—¿Aquí?, ¿Quieres decir, en el colegio?
—Bueno, en el liceo no, pues está prohibido. Pero fuera de aquí hay varios que le hacen al trago. Yo no, eh? –se apresura a aclarar–. A mí si que no me gusta esa onda. Eso sí que soy re' bueno pa' fumar. Mi papá no me dice nada. Es decir me dijo... –(Remedando la voz de su padre)–: "Que no te vea yo fumando jovencito"... Y como no me ha visto... no me dice nada... ja, ja, ja. Ríete, es un chiste –arruga la nariz para acomodarse los gruesos lentes.
—Ah, sí. Es divertido.
—Bueno pues, que te pareció.
—Qué, ¿el chiste?
—No ganso, el profe. De eso estamos hablando ¿no?
—Oh, sí. Perdona. Bueno, me pareció una buena persona, y se nota que sabe tratar a los alumnos.
—Es que no lo has visto enojado... Aaaah... cuando se enoja, te da "filo" –(hace un gesto con la mano)– por un buen tiempo, y si puede "rajarte" en las notas, te "raja". Así no mas, "care' palo". Por eso es mejor estar en la onda con él. Cuando anda en buena onda, es re' buena persona.
Ven, te voy a presentar a las "minas" del curso, son solo cuatro mujeres. La Mirtha no vino hoy, está enferma de la semana pasada. –Se acercan a las tres muchachas que conversan dando miraditas coquetas y risueñas a Cristian.
—¡Hola, “locas”! ¿Cómo están? Les voy a presentar al hua..., perdón... a Cristian. Saluden, no sean gansas...
—¡Hola!, Hola,... –Saludan atropelladamente–. ¿De dónde dijiste que venías, lindo? --Pregunta Nuri, la del pellizco, mientras Claudia y la otra muchacha pecosa y de larga cabellera pelirroja, de grandes ojos verdes pero no muy agraciada de rostro, se sonríen. La pelirroja mordisquea nerviosamente sus uñas.
—De “Chalinga”, en Ovalle.
—¿Chalinga? ¡Qué nombre más raro!, suena a "mandinga". Ja, ja, ja –interrumpe el pelirrojo. Ríen nerviosamente–. Parece un grupo Satánico. ¿En tu pueblo no hay brujas, y esas cosas, Cristian?.
—No, no hay nada de eso –responde Cristian con cierta seriedad.
—Vamos, no te enojes, si no te estamos "basilando". Solo preguntaba.
—¡Ulises!... Siempre con sus metidas de pata... –sanciona Claudia, mirando comprensivamente a Cristian, aprovechando la ocasión para congraciarse con él.
—Está bien. Si no me han molestado –dirigiéndose a Ulises–. No te preocupes. Uno de estos días les contaré acerca de mi pueblo. Ahora lo que más me preocupa es que me vaya bien en el liceo. No me gustaría repetir. Yo no entiendo nada de Minería.
—No te preocupes –se apresura a intervenir Ulises– ¡Nosotros tampoco!... Ja, ja, ja –sueltan todos una risotada escandalosa, que celebran por un buen rato.
—Si te juntas con los mateos del curso, te va a ir bien –interrumpe la muchacha colorina de pelo largo–. El Ulises te puede ayudar en matemáticas. Se las sabe todas ¿verdad Ulises?
—Cierto... Hey, pero tú no te has presentado flaca –se dirige a la colorina–. Preséntese como corresponde a una dama "esquisofrénica–locateli"...
—Oh, perdón... –La muchacha se ruboriza y adopta una actitud seria para disimular lo mejor que puede su nerviosismo–. Me llamo Irene, y soy hermana de Ulises.
—"Eso se nota de bieeen leejos". Ja, ja, ja, ja –corean al unísono Claudia y Nuri, mientras le toman el cabello a los dos hermanos. Todos irrumpen en carcajadas.
Tres muchachones de aspecto bravucón se acercan al grupo.
—¿Qué onda?. ¿Porqué tanta risa, "cabeza de cobre"?, Ja, ja, ja –pregunta uno de ellos con tono fanfarrón, el que parece ser el líder, mientras los otros dos, de mas baja estatura, celebran la pregunta como si se tratase de un gran chiste.
—¿Y a "vos" quién te invitó al baile, estúpido? –contesta en tono desafiante la Nurí, con sus brazos en jarra, mientras se le pone en frente.
—Cuidadito, flaca "pitillo", no te metai' conmigo. Sabís' que tenís' que salir del liceo y ahí no están los profes' pa' que te defiendan... Después nos veremos en el “hoyo” –responde el muchachón mientras le toma el mentón, a lo que Nuri responde retirando bruscamente la mano del "valiente". Un buen grupo de estudiantes se ha acercado al ver el barullo...
—Mira como me tiemblan la piernas –responde la Chica, mientras mueve sus piernas, como si temblaran. Sus dos amigas y Cristian, se apresuran a retirar a Nuri antes que la cosa se ponga mas grave...
—Ya, Nuri, déjalo. No te metas con ellos. No vale la pena –dice Claudia mientras logra apaciguar a duras penas a la iracunda Nuri. Los muchachones hacen un gesto grosero y despectivo y se retiran muertos de la risa.
Una vez terminado el tumulto, los "mirones" se retiran paulatinamente.
—Buena, "Guardaespaldas ". ¿Cuándo nos defiendes de nuevo? –le reprocha Irene a su hermano que durante todo el incidente permaneció mudo y separado del grupo.
—Si las suicidas son ustedes no yo pues. ¿Pa' qué se meten con el Nono?. Saben que es violento, y que es de los "Satánicos".
—¡Yo no le tengo miedo al desgraciado infeliz !..., Además es valiente en patota, pero estando sólo se... (irreproducible)... –La Nuri mira de pronto a Cristian y se calla de súbito, llevándose una mano a la boca–. Ay, disculpa Cristian. Qué vas a pensar de mí, que soy una rota.
—"Y no es chiste, ja, ja, ja" –interrumpe Ulises.
Las otras muchachas dan una mirada furibunda a Ulises, quien se calla abruptamente.
—No, está bien, yo entiendo –la tranquiliza Cristian–. ¿Por qué dijiste que era de los "Satánicos", Ulises?.
—De los Satánicos. El Nono está metido en uno de esos grupos fallados, que adoran al Diablo y matan gatos y todas esas tonteras. También se "pichicatean" y se ponen violentos. Por eso es mejor no meterse con ellos.
—¿Pichicatear?
—Drogarse, compadre. Pincharse, volarse, endiosarse, blanquearse, etc, etc. ¿Cachai, “loco”? –el colorín hace un gesto de " volado ", y el signo "paz" con los dedos, causando risa en sus compañeras.
—¿A qué se refería él cuando dijo que se verían en el “hoyo”?
—Ah, eso. Es que hay un hoyo en el patio trasero, que simula una entrada a una mina, para las clases prácticas.
—Ah.
En ese momento suena el timbre para reintegrarse a clases.
—Bien, hay que ir a matearse otra vez, ¿vamos, mis chicas? –Bromea el colorín, ofreciendo el brazo a las muchachas quienes se toman de él. Cristian se dirige a la sala con Irene, quien se ha quedado algo mas atrás.
La clase siguiente era de Matemáticas, donde Ulises se las contestó todas y Cristian sufrió enterrado en su asiento hasta que con un suspiro de alivio escuchó el bendito y maravilloso timbre de término de clases.
Para ser su primer día de clases no estuvo mal. Considerando que había hecho algunos amigos, enfrentado a los Satánicos, y logrado sobrevivir a la "lata de sardinas" Línea 3.

FIN DEL CAPITULO 4

lunes, abril 24, 2006

"LA PENSIÓN DE DOÑA MARIA" Capítulo 3

Contra la corriente –Novela...

Capítulo 3
" LA PENSIÓN DE DOÑA MARÍA"

Después de regresar del centro, refrescarse y lavarse las manos en su cuarto, tío y sobrino se dirigen a almorzar a la pensión de Alfredo.
Caminan dando vuelta a la esquina en un estrecho pasaje obstaculizado por varios vehículos estacionados. Alfredo golpea suavemente la reja metálica. La casa bien construida, destaca de las demás, con un ventanal grande, al parecer del dormitorio principal. Pintada de color rosado fuerte, ventanas y rejas azules. Su antejardín cubierto con cerámico rojo bermellón y ribetes negros, dan a entender el extraño gusto de sus dueños. Una “casa” para perros, color azul, se encaja en un rincón detrás de un arbusto.
—¡Aaaaló! ¡señora María! –Alfredo llama con insistencia a la puerta, mientras la enorme perra de la casa ladra furiosamente–. Yo no sé por qué no ponen timbre. Voy a tener que hacerme el amable e instalarlo yo... ¡señora Mariaaa!
Cristian trata de ocultarse detrás de Alfredo mientras no le quita la vista al enorme animal quien ladra como si quisiera comérselo.
—Ya, ya voy... Ah, es usted, don " Alfred". Espere un poco, voy a amarrar a la "Negra" primero, mire que a usted lo conoce pero a su amiguito lo puede morder, ¿Sabe?. ¡Ya!, cállate perra antipática, ¿no ves que es don "Alfred"?
La mujer, de baja estatura, de unos 55 años, viste pantalones ajustados azules de lanilla, los que resaltan su figura regordeta. Sandalias de goma dejan ver las uñas de sus pies pintadas de rojo chillón al igual que las de sus manos. Sus ojos pintados profusamente hacen resaltar sus pestañas postizas sobrecargadas de rimel. Una blusa estampada de seda, peinado "Afro" rubio teñido, pañuelo amarrado a lo "Rambo" y dos grandes aretes de medialuna completan su estrafalaria indumentaria. Con dificultad logra controlar al animal amarrándolo a la reja. Luego procede a abrir la puerta invitándoles a entrar con un gesto cinematográfico.
—Pasen, por favor amorcitos.
Cristian se queda boquiabierto sin poder disimular su asombro. El aspecto caricaturesco de la mujer, casi no le permite evitar la risa, mientras da una mirada a Alfredo. Éste, dándose cuenta de la sorpresa del muchacho, le guiña un ojo haciéndose cómplice de la risa contenida de su sobrino.
—Pasen, pasen, no sean tímidos... si la que muerde es la "Negra", no yo, ja, ja, ja... ¡Coortalaaa, "Negra"!
Mientras la perra no deja de ladrar, la mujer les hace pasar al comedor ya preparado con los cubiertos sobre la mesa. Alfredo y Cristian se acomodan en sus respectivas sillas.
—Así es que éste es su tan mentado sobrino, ¿Williams?
—Cristian, se llama Cristian, doña María –insiste Alfredo con tono divertido.
—Ay, Ja, ja... Usted perdone, jovencito, ja, ja, ja. Es que soy tan mala con los nombres, ¿Sabe?. De todos modos... su tío nos ha hablado mucho de usted... ¿Puedo llamarle Cristian?
—Claro, señora, no hay problema –asiente Cristian.
—Uy, que simpático... Ah, don "Alfred", la "Nila" le dejó un recado.
Dirigiéndose a Alfredo pone su mano en el brazo de él, de modo maternal.
—Dejó dicho que la disculpara, porque tuvo que viajar a Tocopilla. Su Papá la mandó a buscar para que le ayude.
Luego se dirige a Cristian a modo de explicación.
—Es que yo soy separada ¿Sabe?. El papá de "Nila" vive en Tocopilla. Y como es la única hija mujer... busca cualquier pretexto para que lo vaya a ver. Es su regalona. A mi no me molesta ¿Sabe?. Después de todo él siempre nos ayuda con algo de platita. Yo tengo que rebuscármelas para mantenernos ¿Sabe?. Por eso tengo pensión. Don "Alfred" es mi cliente regalón, por que es novio de "Nila", ¿verdad don "Alfred"?
—Polola, doña María, somos pololos.
—Bueno, es lo mismo... Ay usted que es –le da un pequeño empujón–, si nadie le está echando el lazo, ¿sabe?, ja, ja, ja.
—¿No dijo cuándo regresaría? –pregunta riendo, Alfredo.
—Bueno, ella dijo que el Lunes. Pero usted sabe que a veces el papá la deja por mas tiempo, no sé...
—Qué lástima. Yo tengo que subir el lunes a la Mina, y ya no regreso en una semana más.
—Bueno, después se ponen al día, pues don "Alfred", ja, ja, ja –la mujer guiña un ojo a Alfredo, mientras le toca el codo–. ¿Su sobrino vendrá a almorzar solamente, como usted don "Alfred", o desea que le demos onces y desayuno?
—Sí. Él tomará desayuno, almuerzo y onces. Después arreglamos el precio, ¿le parece?
—Oh, está bien, don "Alfred".
—Perdona, tío, eh... digo, Alfredo. Si no te molesta prefiero desayunar en la pieza para no llegar atrasado a la escuela –le pide Cristian, con mirada suplicante.
—Bueno si lo prefieres así... De todos modos cuando desees desayunar aquí, puedes venir cuando quieras, ¿verdad señora María?.
—Por supuesto, no faltaba más. Bueno ahora basta de bla, bla, y vamos a almorzar, miren que les tengo una sorpresa.
La mujer se ausenta por unos minutos y regresa con una fuente tapada y unos platos que pone frente a Alfredo y Cristian. Con mirada expectante y ávida por ver la reacción de los dos, destapa la fuente...
—¡Chuletas de cerdo con puré! Tatáan. ¿Qué les parece? –aclama risueña.
—¡Vaya, sí que es sorpresa!. Yo esperaba chupín de pescado –dice Alfredo, mientras da una mirada con picardía a Cristian, quién exhala un contenido suspiro de alivio.
—¡Cómo se le ocurre don "Alfred"!, Hay que darle una bienvenida como se merece a este jovencito, ¿sabe?. Ya pues, sírvanse que el puré se enfría rápido. “Bon apetit.”
Los dos disfrutan del inesperado almuerzo mientras doña María parece disfrutar observándoles comer con tanto gusto.
Después del almuerzo, y luego de esquivar los zarpazos de la "Negra", ambos se retiran a la pieza.

Alfredo está tendido boca arriba sobre la cama, mientras Cristian, sentado en el sofá, sostiene su cabeza hacia atrás sobándose el hinchado estómago.
—¡Qué panzada, "Alfred"!. Casi no puedo abotonarme el pantalón... aah.
—¿"Alfred"?. Para ti soy "Alfredo", payaso –le arroja un almohadón–. Y por esta vez te escapaste del pescado. Pero no creas que doña María siempre cocina así. Sus almuerzos son mas bien con gusto a poco. Debe haberle enviado plata don Lucho.
—¿Don Lucho?.
—Su marido, es decir su ex-marido. Aunque solo están separados. Él vive con otra "comadre" en Tocopilla.
—¿Y por qué manda a buscar a tu polola? –le devuelve el almohadonazo.
—Según él, para que le ayude en el negocio. Tiene un pequeño restauran de comida china. Pero la verdad de la milanesa, es que lo hace para regalonear un poco con Nélida. La quiere mucho, por ser la única mujer. Tiene un hijo de tres años con la conviviente, pero es varón. Y además del Leo, no tiene más hijos.
—¿El Leo?
—Si, Leonardo, el hermano de Nélida. El Señor Miranda del que te hablé, el profesor del Liceo.
—Ahh.
—Buen tipo don Lucho. Yo lo conocí el mes pasado, cuando vino a arreglar unos asuntos de cheques protestados. La Nélida me lo presentó. Fuimos a comer juntos. Yo invité... Me salió más salado, pero cuando vaya a Tocopilla me desquito en su Restauran y le como hasta los platos...ja, ja, ja.
—Aayy, me duele la guatita... "Alfred", ¿Cuándo dijiste que subías a la mina "Almíbar"?
—Ja, ja, ja... "Zaldivar", tonto, "Zaldivar"... El Lunes. Tengo que estar a las 6 de la mañana cerca del paradero de la otra cuadra para alcanzar el bus que nos lleva a la mina. Flaco... si no te importa me voy a pegar una siestecita reparadora para asimilar las chuletas de cerdo.
—Yo también voy a dormir un poco. Buenas tardes... "Alfred" –nuevo almohadonazo–.Ja, ja, ja.

Los dos días siguientes, Alfredo y Cristian, se dedicaron a recorrer la ciudad.: La zona céntrica comercial donde Cristian se "pegó" a cada vitrina. El cine, donde se durmió y despertó al final de la película. El Balneario, donde se negó rotundamente a adentrarse en el mar más allá de la extrema orilla a pesar de las bromas de Alfredo. La azotea del Edificio más alto de la ciudad, donde Cristian se mareó de vértigo. El museo histórico, donde tocaba todo con la mano. Las Ruinas de Huanchaca, donde se resbaló y quedó todo rasmillado... Y por supuesto, La Portada... Portada natural labrada por el mar a orillas de los desfiladeros de arena, que enmarcada en un precioso crepúsculo anaranjado, parecía un cuadro impresionista de esos que Manet pintaba de la naturaleza, salpicado de pintitas negras voladoras, gaviotas juguetonas cual niños bulliciosos que se niegan a recogerse al descanso.
En ese entorno casi irreal, los pensamientos de Cristian vuelan tras las gaviotas cercanas, que recogen sueños en sus picos, dejándolos caer cual plumas llevadas por el viento, que suben, se arremolinan frenéticamente... para luego caer girando lentamente, flotando en un descenso gracioso, hasta posarse nuevamente en su mente de adolescente soñador, dueño del mundo y sin embargo carente de todo, menos de recuerdos tristes que se acumulan en su pecho confundido y aturdido. Nuevamente saturado de preguntas y emociones encontradas. Nuevamente con ese nudo apretando su garganta...
El rostro del Tata, “Don Bena” con la bombilla del mate en su boca, se recorta en el sol rojo que agoniza en el mar salpicado de colores amarillos, rojos y anaranjados, con su sonrisa serena, segura, complaciente...
—"Tómate el mate, Chatito. El mate hay que tomarlo caliente pa' que te haga llorar ahora y reír después. Mira que llorar es bueno pal' espíritu. Así se vacían las amarguras y las penas... y quedai' livianito pa' seguir viviendo..."
El graznido de gaviotas inquietas añaden un fondo dramático a las palabras del Abuelo en su mente...
—"La gente nunca para de llorar, ¿sabias?. Solo dejan de brotar lágrimas. Son como gaviotas que nunca paran de graznar y de zambullirse en el mar... llanto contenido que si pudiera salir, capaz que llenase el mismísimo mar..."
El Abuelo se quedaba viendo el infinito, con su mirada perdida en la distancia.
—"La gente tiene tanto por qué llorar –decía..."
Tal vez recordaba sus propios motivos por los que llorar. Quizás por la "Mami", quizás por su "Pai"... quizás por la vida mezquina que le quitó sus risas y sus momentos gratos, y la posibilidad de ver hacerse hombre a su "Chato" querido...
—"Es que nadie vive solo de recuerdos –decía con voz quebrada por la nostalgia–. Hay que tener también motivos pa' querer seguir viviendo, sino estamos fritos, Chato, estamos fritos..."
¿Sería cierto lo que decían las viejas en " Chalinga", que su tata se dejó morir?... ¡No, no ,no!... eso es impensable. El tata amaba la vida... la misma vida era su motivo para vivir...

—¿Te acuerdas, Flaco, que a mi taita le gustaba hablar del mar?...–La voz de Alfredo le saca de sus cavilaciones–. Él decía que había sido pescador en Taltal... Ja, yo nunca le creí... pero ahora que lo pienso... uno que nunca ha vivido del mar o cerca del él, no puede hablar con tanto amor acerca del mar como lo hacia mi viejo...
Alfredo, arrimado en la baranda de fierro oxidado del mirador, suspira en cada frase, como masticando los recuerdos uno a uno, mientras se queda mirando la agonía del sol, con la vista perdida, tal y como lo hacía su padre.
—Estaba pensando en eso justamente, Alfredo. ¿Tu crees que el Tata haya querido morir y se haya abandonado al frío?
—¿El viejo?... No, ni por un instante. Lo que pasa es que estaba empecinado en encontrar la mina de oro que el Benancio le dijo había hallado y luego perdido. No por la plata, tu sabes que a mi taita nunca lo mareó el dinero. Mas bien quería convencerse que el Benancio no había difariado, como decía mi vieja, ni que andaba fanfarroneando como decían en el pueblo. Pero el que la embarró, fue el mismo Bena, por meterle en la cabeza que en uno de esos días encontraría de nuevo la veta y que estaba tan cerca, por que lo había soñado y que en sueños había visto la picota que se le perdió justo encima de la veta.
—Pero, ¿cómo sabes todo eso?.
—Tu abuelo me lo contaba cada vez que iba a verlo. El viejo decía que ese sueño había matado al Benancio. Tenía miedo que tu lo supieras y te empecinaras también y fueras a buscar la picota roma, como le decía el Benancio. Decía que si él la encontraba primero y no había ninguna veta de oro, nadie más se iba a aventurar en el desierto a buscarla.
—Pero si yo era muy chico como para querer irme de pirquinero.
—Bueno, así pensaba él. Parece que tú le hacías muchas preguntas.
—Sí, pero yo quería saber cómo había muerto mi papá. Y por qué había muerto sólo, en el desierto. No por que quisiera ir a buscar la mina.
—El caso es que ese día que se fue, nunca pensaba quedarse más de tres días. Al menos así le dijo a la señora Melania. Lo que pasó, fue que al viejito lo pilló una camanchaca y se quedó dormido, por eso se..... bueno, por eso lo trajeron congelado de frío.
—Me acuerdo de lo angustiado que estuve esa semana que no volvió. Yo me quedé en casa del Atilio.
—¿Atilio?
—El Atilio, pues, el hijo de don Miguel, mi padrino.
—Ah, ya.
—Alfredo, ¿Quién quedó en la casa de “Chalinga“?
—Precisamente Don Miguel, tu padrino. Un día te contaré un secreto acerca de él.
—¿Qué es? Vamos, dímelo...
—No, Cristian, ahora no, no insistas. Prometo que te lo diré después.
—¿Y cuándo es ese “ después”?
—Después. Mira, si pasas de curso, te lo digo.
—Chitas, ahora tendré que esforzarme en los estudios para saberlo. ¿No será que me estás inventando para que yo estudie?
—Ojalá fuera un invento, Cristian. No, no lo es.
—Alfredo, ¿Qué va a ser de nosotros ahora?
—Ey, Ey. No se me ponga triste mi sobrino. ¿Qué va a ser?. Nada, pues. Que la vida seguirá adelante –Alfredo rodea con su brazo a Cristian y luego le estrecha afectuosamente–. Tú y yo encontraremos nuestra media naranja, nos casaremos, tendremos hijos y todo vuelve a empezar. Por ahora usted preocúpese de estudiar y sacar buenas notas para que después gane "buen billete" y me mantenga a mi, mientras yo me doy la vida del oso, con mujeres, "copete", juergas y me gasto todo el sueldo de mi sobrino... Ja, ja, ja.
—Ja, los sueños del fresco "Alfred", ja, ja, ja –ambos se trenzan en fingida lucha.
—Oye, "Alfred"...
—No me digas "Alfred", payaso...
—Bueno, Payaso... ¿Y ahora cómo nos iremos?. Se ha hecho de noche y estamos lejos de la ciudad, y parece que ya no hay locomoción –pregunta con cierta preocupación Cristian.
—No te preocupes, Flaco, ven... –Alfredo se aproxima a una camioneta que se dispone a regresar a la ciudad con un matrimonio de cierta edad.
—Disculpe señor. ¿Podría llevarnos a la ciudad?. Solo vamos a la entrada norte, nos bajamos en el "Trocadero"...
—Suban atrás –contesta el hombre.
—Gracias, muy amable.
—Por nada. Golpeen el techo cuando deseen bajarse.
—Ok, Así lo haremos.

La noche ha caído y la ausente luna permite disfrutar de una hermoso cielo negro salpicado de estrellas, que junto a la brisa del viento sobre la cara detrás de la camioneta, se lleva los recuerdos tristes y parece elevar el espíritu. Hay tanta belleza en la naturaleza, tanta hermosura. La mente de Cristian se llena de preguntas sin respuestas. ¿Acaso existirá alguien que las pueda contestar, alguien que le pueda regalar las ansiadas respuestas?. Algo le dice que en algún recodo del tiempo se encontrará con ellas.


FIN DEL CAPÍTULO 3





GLOSARIO

Pensión: Hogar particular donde ofrecen comida y/o alojamiento para los trabajadores solteros o que no son de la ciudad.
¡Coortalaaa!: Déjate, detente, deja de hacerlo.
Tocopilla : Pequeña ciudad Nortina y costera de Chile.
Polola (o) : Enamorada(o) con quien se hacen citas sin estar comprometidos.
chupín de
pescado : Plato típico nortino.
Plata : Dinero.
"comadre" : Tipa, mujer, fulana.
la guatita : El estómago.
Ruinas de
Huanchaca : Antiguas ruinas de una fundición de metales, boliviana.
Pa’ pal’ : Para, para el...
Quedai’ : Quedas.
Pai : Papi, papito. Padre.
Mami : Madre.
estar fritos : Estar perdidos, terminados, acabados.
Chalinga : Pueblito rural del norte de Chile.
Taita : Padre.
Taltal : Pequeño puerto del norte de Chile.
Difarear : Pensar desequilibradamente, ver visiones irreales.
Embarrar(la) : Hacer algo desafortunado, cometer una torpeza.
Camanchaca: Nubes bajas a ras de suelo, con temperaturas muy bajo cero en su interior..
Chitas : “Puchas”, qué lastima, qué lamentable.
Media naranja :Compañera, Esposa.
Copete : Tragos, licor, vino.
Trocadero : sector residencial a las afueras dela ciudad.

lunes, marzo 06, 2006

"UN NUEVO COMIENZO" -Capítulo 2

Contra la corriente –Novela...

Capítulo 2
" UN NUEVO COMIENZO "

El bus serpentea entre los áridos cerros que custodian el interminable camino de asfalto y polvo desértico.
Una enorme mano parece emerger desde las profundidades de la tierra como queriendo atrapar a algún caminante descuidado.
—¡Alfredo, mira! Allí... –Señala Cristian, excitado.
—¿Qué?, ah, sí. Es la "Mano del desierto", es obra de un artista Chileno. Un día te traeré para que la conozcas de cerca. Es más grande de lo que parece.
Alfredo se acomoda nuevamente en su asiento reclinado. El calor a ratos se hace insostenible. Cristian trata de seguir mirando por la ventanilla, queriendo ver cualquier cosa. Cualquier cosa es mejor que nada en el desierto.
Las sombras del atardecer parecen cambiar el pobre paisaje desértico. Asemejan enormes seres mitológicos queriendo atrapar al bus en cada curva, extendiéndose cada vez más, siniestros, arteros. El joven reclina su cabeza en el asiento, cerrando los ojos. Las imágenes regresan juguetonas, lejanas...
—"Cristian, anda a ayudar a tu tío Alfredo que viene cargado de maletas" –advierte la Señora Julia, en voz alta, mientras seca sus manos en el delantal y se apresura a entrar en la cocina, al ver de lejos a Alfredo acercándose a la casa–. "Yo voy a preparar un matecito que tanto le gusta. Avísale a tu abuelo que venga, está en el banco carpintero".
—"Sí, mami" –contesta el chiquillo desde el patio trasero, en ese tiempo de unos diez años, mientras corre entusiasmado en dirección a su Tío.
—"¡Cristian!" –grita la abuela.
—"¡Sí mami!" –el niño detiene bruscamente su carrera y regresa corriendo a la casa, donde el Tata, entendiendo la contraorden.
—"¡Abuelo! ¡Abuelo!" –grita agitado–. "¡Viene el Tío Alfredo, y viene cargado de maletas!"
—"Ya, ya. Ya te oí, no gritís' tanto que no estoy sordo" –el Tata desata su 'coleto', y se pone su sombrero de fieltro que le confiere un aspecto de señor importante. De esos señores elegantes de los años 30, con un aire Gansteril, de la época de 'Capone'.
Es Cristian quien llega primero a recibir a Alfredo. Su abuelo camina parsimonioso, con una sonrisa de satisfacción en su rostro. Sin quitar la mirada del rostro de Alfredo. Observándole satisfecho, orgulloso. Sus pantalones anchos, como a él le gustan, sostenidos por suspensores que se niegan a rendirse ante los tiempos y su camisa blanca, arremangada, flamean cual banderas victoriosas, altivas al viento.
Cristian recuerda bien esos viajes de Alfredo a pasar sus vacaciones en casa de los abuelos.
El asiento incómodo del bus no le deja dormir. Medita en el hecho de que es la primera vez que viaja tan lejos. Sus únicos viajes hasta el presente son, desde " Chalinga" hasta el pueblito de Ovalle, y de Ovalle a Chalinga. (¡Qué emocionante!).
Alfredo era el único hijo que en ese entonces le quedaba a Don Bena. Benancio, su otro hijo, el padre de Cristian, se había ido ya. Lo habían encontrado un día, tirado en el desierto, con los ojos abiertos mirando al infinito, como queriendo alcanzar en el cielo, la fortuna que siempre le fue esquiva en la tierra, o tal vez buscando la imagen de Lidia, su mujer, quien había muerto de pulmonía cuando Cristian apenas tenía dos años.
Triste la vida de los Aliaga. Sin embargo tenían 'lomos duros' como le gustaba afirmar a Don Bena. Era como si la muerte siempre estuviera rondando la casa, de visita. Tal vez le gustaba retozar bajo la sombrilla fuera de la casa, techada de uvas y de hojas tiernas de la parra bien regada por la abuela. Quizás por eso nunca se iba por mucho tiempo.

Cristian sigue contemplando sus imágenes meditadas...
—"Ja, ja, ja. Hola Cristian, hola Papá. Que gusto llegar a casa–. Alfredo deja la maleta y los bolsos que trae en el suelo para saludar a Don Bena, mientras Cristian se abraza efusivamente de las piernas de su tío, sin dejarlo caminar–. "Hey, hey, cualquiera diría que no vengo hace muchos años".
—"Es que el chiquillo te espera con ansias pu', Alfredo. Podrías venir más seguido, hijo. La viejita y yo también te extrañamos".
—" Es que la pega no está buena, Taita. Y sale caro estar viniendo tan seguido. Pero dicen que se van a abrir otras mineras pronto, y a lo mejor ahí encuentro mejor pega. Así podré venir más seguido".
Cristian coge la maleta grande de la mano de Alfredo, la cual por su peso se le cae al suelo bruscamente. Sus esfuerzos por cargarla, dan a su rostro transpirado y enrojecido, un aspecto muy cómico.
—"Deja, deja, Chato, yo la cargaré. Eres una calamidad. Tenís' que comer mas "cocho con leche" para que tengai' más ñeque'" –dice riendo don Bena, mientras levanta la maleta. Alfredo ríe de buena gana.
—¡Cristian! –la voz de Alfredo lo sobresalta al sacarlo de su dormitar–. Ya llegamos a Antofagasta.

Cristian mira por la ventanilla. Ya ha oscurecido y solo logra ver las luces de las casas, mientras el autobús da las últimas vueltas por la entrada sur de la ciudad. Al llegar al terminal, el bus se estaciona en el andén. Los pasajeros se aglomeran al lado de la máquina. Alfredo retira con dificultad las maletas y un bolso de mano. Cristian carga con algunos paquetes y un bolso.
Un grupo de Taxistas se acerca a los pasajeros con algarabía, bromeando entre ellos. "¿Taxi señor?. Lo llevamos cómodo". "Jefe, mire, auto nuevo". "No estís' levantando a los pasajeros pu' guatón, el caballero se va a ir conmigo ¿verdad patrón?". "¿Le llevamos las maletas, señora?". "Hey lorea' como se quiere avivar el chino, si yo le ofrecí primero, al caballero pu' pasao' pa' la punta" "Oye, mira la comadre pa' gorda, no se puede subir al taxi, se le va a rajar la falda". "Oye, flaco, dile a tu señora que baje de peso, si no vas a morir aplastao'". "Ja, ja, ja."
Mientras dura la distracción uno de los Taxistas, extremadamente bajo de estatura, sube las maletas de Alfredo a su auto y gentilmente, con una caricaturesca reverencia, extiende su mano a la puerta abierta de su auto invitando a Alfredo y Cristian a subir. " Oye, mira se avivó el Chico, te quitó al pasajero". "Hey chico avispao', adonde la viste" "Te va a llegar, cabro chico, te vamos a acusar a tu mamá, la vieja gorda, para que te aplaste" "ja, ja, ja, ja."
—¿Adónde llevamos a los señores?" –pregunta el taxista, mirando por el retrovisor a sus colegas, con una sonrisa pícara en el rostro.
—A la población Bonilla, por favor –indica Alfredo.
—A cual Bonilla Señor, –pregunta el taxista, sonriendo por el espejo retrovisor– ¿Bonilla baja, Bonilla Alta, Ampliación Bonilla, Nueva Bonilla, Avenida Bonilla, o Simplemente Bonilla?. No sé a qué inteligente se le ocurrió ponerle nombres tan exclusivos a esas Poblaciones. Hay que ser adivino para encontrar una dirección. Ja, ja, ja.
—A la "simplemente Bonilla" –contesta Alfredo, sumándose a la risa del taxista.
El taxi se detiene en un pasaje amplio, pobremente iluminado. De esos donde se ha dejado un espacio pequeño para arboledas, y que nunca tienen árboles.
—¿Cuánto le debo, amigo?
—Para usted, dos luquitas' no más mi caballero. El taxímetro marca un poco más.
—Esta bien, gracias. –Alfredo saca unos billetes arrugados de su bolsillo, los estira lo mejor que puede y se los pasa al taxista, quien cierra el maletero después de bajar las maletas.
—Gracias mi caballero, estamos para servirle. Tome, aquí tiene mi tarjeta con mi teléfono por si algún día necesita de un taxi.
Las luces del auto se alejan mientras Cristian se las queda mirando hasta que se pierden de vista. Es de noche y no es mucho lo que hasta ahora puede ver de Antofagasta. Solo la casa donde vivirán. Una casa tipo, de esas que entrega el Gobierno en sus planes habitacionales, con un pequeño antejardín de un metro y medio, sin estucar, y una puerta de madera. Dos pequeñas ventanas completan el frontis de la vivienda. Alfredo se dirige hasta un portón lateral metálico con una pequeña puerta en medio, al lado del antejardín, y que comunica con un pasillo directo al patio trasero.
—Entremos, Flaquito, que se está poniendo helado. –Alfredo busca entre sus bolsillos y saca una llave con la cual abre la pequeña puerta metálica.
—¿Ves? Te dije que teníamos entrada independiente.
Ingresan a un pequeño pasillo sin techo después del cual acceden a una pieza de madera y cholguán, construida artesanalmente por algún maestro chasquilla en el patio de la casa. Una casucha semi destartalada tiene escrito en un trozo de madera: "Baño".
—Ese es el baño. Es independiente al de los dueños. Así no tenemos que molestarlos cada vez que queramos ocuparlo –señala Alfredo, mientras abre la puerta del cuartucho.
Alfredo saca una llave del bolsillo con la cual abre el pequeño candado que cierra la puerta de la habitación. Cristian pasea su vista por el lugar, con mirada triste, desencantado, mientras Alfredo ha encendido la lámpara de velador y acomoda las maleta y los bolsos sobre un mueble hechizo de madera, que hace las veces de Ropero.
Cristian se sienta con su pequeño bolso de mano en la cama, contemplando con mirada perdida el piso de tierra endurecida de la habitación que es de un tamaño regular. Una vieja silla, un pequeño baúl de madera, una cocinilla de dos platos, a gas, un viejo sofá, un pequeño velador y uno de esos "muebles" de alambre y plástico que se venden en esas ferias baratas, completan el "mobiliario".
—De día no parece tan deprimente, Flaquito –se apresura a decir Alfredo, al notar la mirada de decepción del muchacho–. Mañana iremos a tu Escuela. Ya tengo arreglado lo de tu traslado. Te gustará.
Cristian se recuesta en la cama, con su vista fija en el techo de calaminas.
—Acuéstate bajo las tapas, flaquito. Yo dormiré en el sofá. –Alfredo ayuda a Cristian a sacarse los zapatos. Lentamente su sobrino se quita los pantalones y se mete bajo las tapas. Sin hacer ningún comentario mas, cierra los ojos para dormir.
La noche pasa sin mas trámite, complaciente, protectora para tío y sobrino, rendidos por el viaje y las emociones de los últimos días.

Apretujados en la improvisada "mesa-baúl", Alfredo y Cristian desayunan tostadas con mermelada. Alfredo se ha sentado en el sofá, arrimando el baúl, y Cristian ocupa la única silla de la habitación.
—¿Dónde es tío?.
—"Alfredo".... ¿Dónde es qué?
—Perdón. Alfredo,... ¿Dónde queda la Escuela?.
—¿El Liceo Industrial?. Queda cerca de aquí. A unos 5 o 10 minutos en "Liebre".
—¿Liebre?
—Taxibuses, Flaco. Así se les llama aquí. Te inscribí en segundo medio, en la especialidad de Minas. Afortunadamente estamos en mitad de Marzo, así es que lo vas a tomar desde el principio. No te has perdido mucho.
—¿Minas?, ¿No será muy difícil?.
—Al principio puede que te cueste un poco, pero ya te nivelarás. Me vas a perdonar que no preguntara tu opinión, pero todo pasó tan deprisa que en cuanto me informaron de la... situación de papá, sabía que el único camino lógico era traerte a vivir conmigo, y como tu ya vas un año atrasado, lo primero que se me ocurrió fue hablar de inmediato con el Señor Miranda, profesor de cuarto medio, para que te consiguiera un cupo en ese colegio, y así no perdieras el año. El se comprometió a darte una 'empujadita'.
—¿Tú lo conocías?
—Claro, es el hermano de Nélida.
—Tu Novia...
—Mi polola, Flaco, mi polola.
—¿Vive cerca de aquí?
—Quién...¿ El señor Miranda?
—No, tu polola.
—Sí, a la vuelta de la esquina, en la segunda casa. Tiene una perra enorme. Acostumbran a dejarla amarrada en el antejardín.
—A tu polola...
—No, a la perra , payaso. –Alfredo revuelve el cabello de su sobrino mientras ambos ríen, envolviéndose en una fingida lucha sobre la cama.

Alfredo y Cristian esperan el taxibús, el cual se detiene absolutamente lleno de pasajeros, en su mayoría estudiantes que se dirigen a sus colegios.
—Sube, flaco. Si no, no alcanzaremos a llegar a tiempo. –Alfredo empuja a Cristian hacia la masa humana, y luego se encarama en la pisadera casi colgando del vehículo.
—" Suba, señor, que tengo que cerrar la puerta. No puede ir nadie colgando. No quiero que me saquen un parte." –El chofer da ordenes cual director de orquesta, que conoce su oficio, mientras cierra dificultosamente la puerta del taxibús dejando apretado cual sardina en lata, a Alfredo .
—" Ya, niñitos, córranse pa' atrás, que aun queda espacio".
—" ¡Cómprate un acoplado, viejo!. O fabrícate un segundo piso. ¿No vis' que ya no entra más gente?" -las chanzas son celebradas con constantes risotadas de los estudiantes que conforman el bullicioso pasaje.
—" ¡Si nos seguís apretando la guata', nos vas ha hacer vomitar a todos! Ja, ja, ja."
—" Eso me pasa por subir "Pingüinos". Después se quejan que los choferes les tienen mala" –protesta el ajizado chofer, dirigiendo su mirada a Alfredo como buscando su justificación.
Al llegar a su destino, Alfredo y Cristian son arrastrados por la marea de estudiantes que baja del vehículo, quedando éste prácticamente vacío.
—¿Todos venían para el Liceo, Tío?
—La mayoría en este caso. A veces solo se bajan unos cuantos... y dime "Alfredo", ¡durazno!.
—Perdona, "Alfredo Durazno". Alfredo, ¿Por qué el chofer llamó "Pingüinos” a los Estudiantes?
—Ja, ja, Así llaman los choferes en forma despectiva a los estudiantes con sus uniformes azules y camisas blancas, como los pingüinos que parecen vestir de etiqueta.
El Director les hace esperar un rato. Al cabo de unos minutos uno de los inspectores, les hace pasar al despacho. Después de saludar a Alfredo y a Cristian, el director les invita a sentarse.
—Asiento, asiento por favor. El señor Miranda ya habló conmigo, así es que ya le tenemos lista la vacante a su sobrino. Supongo que es este jovencito, ¿verdad?.
—Así es, señor Artíguez. Este es Cristian, mi sobrino.
—Así es que éste es el jovencito "Ovallino". ¿Cuántos años tienes, hijo? -el Director, hombre complaciente, regordete, un tanto calvo, se acomoda en su asiento entrelazando sus dedos sobre el escritorio, mirando al muchacho con curiosidad por sobre sus pequeños anteojos. Cristian se revuelve incómodo en la silla.
—Dieciséis, señor, pero cumplo diecisiete en Mayo.
—¿Y dime, te acostumbras a la ciudad? -su pequeño bigote se mueve cómicamente al hablar.
—Recién llegamos ayer, Sr. Artíguez -interrumpe Alfredo.
—¿Y ya viene al Liceo?... Algo me dice que tenemos a un jovencito muy aplicado aquí.
El Sr. Artíguez, saca un libro del cajón de su escritorio y después de abrirlo, se dispone a tomar nota...
—Y dime, hijo, ¿ cuál es tu nombre completo? –pregunta por sobre sus lentes acomodados ridículamente sobre la punta de su regordeta nariz.
—Cristian Benancio Aliaga Muñóz, señor.
—Cristian por tu papá, supongo.
—No, mi Pai', quiero decir, mi papá se llamaba Benancio, como mi Abuelo.
—¿Se llamaba?, ¿Que ya no se llama? –el director da una mirada de interrogación a Alfredo.
—No Señor. Él murió cuando Cristian tenía 11 años –interviene Alfredo.
—Oooh, cuanto lo siento hijo, ¿Y tu madre?
—También falleció, cuando yo tenía como dos años. No alcancé a conocerla.
—Oh, es una pena. Es decir que solo tienes a don Alfredo por familia –afirma a modo de pregunta el Director, mirando a Alfredo como buscando en éste, una respuesta tranquilizadora.
—En realidad no –responde Alfredo–. Cristian tiene más familia por parte de su mamá. Dos tías y su abuela materna. Pero ellas viven en Hijuelas, un pueblito de la quinta Región, y son de situación económica baja. Y aunque querían cuidar a Cristian, yo preferí traérmelo a Antofagasta, para que termine sus estudios y pueda repuntar más que su padre y que yo, que escasamente completamos la básica. .
—Y usted, ¿nunca intentó terminar sus estudios de enseñanza media, señor Aliaga? –Alfredo sonríe, mientras se acomoda en la silla, un tanto nervioso.
—En realidad lo intenté. Mientras trabajaba, me inscribí en la "nocturna". Pero las malas juntas me alejaron de la escuela y perdí el año dos veces. Me dio vergüenza regresar, así es que un día deje de asistir así no más. No he vuelto a intentarlo.
—Bueno, nunca es tarde para tratar... ¿Qué edad tiene usted, Sr. Aliaga?
—¿Yo?. Veintiocho –nuevamente se acomoda en la silla, esta vez más nervioso–. Con su respeto, señor Artíguez, me gustaría que termináramos con lo de Cristian, yo tengo que hacer otras cosas en la mañana.
—Oh, perdón no quise incomodarle.
—No, no se preocupe. Solo que el tiempo se me hace muy corto en las mañanas.
—Es verdad. Bueno, eso es todo. En realidad los otros antecedentes usted ya me los había adelantado –incorporándose les ofrece la mano mientras Alfredo y Cristian se ponen de pié–. Como hoy es Viernes, será mejor que te integres el lunes, jovencito. Trae un cuaderno y lápiz para empezar. Las demás cosas te las iremos pidiendo durante la semana.
Salen por el largo pasillo del Liceo, hasta la puerta de entrada, de rejas metálicas. Algunos estudiantes, alcanzados por el horario de inicio de clases, ingresan apresurados y agitados.
—¿Dónde iremos ahora, Alfredo? –pregunta Cristian, intrigado por el repentino apuro de Alfredo.
—Vamos al centro, quiero que conozcas un poco la ciudad –Alfredo no puede ocultar su nerviosismo.
—¿Algo te molesta...? –pregunta intrigado el muchacho.
—No es eso. Es que... ya es la tercera vez que el Director trata de convencerme de volver a estudiar.
—¿Y eso te disgusta?
—No es eso. La verdad es que no puedo pensar en ello por ahora. Y me incomoda que me urjan.
—¿No te gustaría ir a la escuela?
—Después conversamos de eso... ¿Te parece? –Alfredo desvía la atención del tema bromeando y despeinando a Cristian, quien ríe de buena gana.
Suben a otro taxibús, ya sin su carga "bulliciosa-estudiantil", y se sientan al final del vehículo.
Al llegar al centro de la ciudad, dirigen sus pasos a la plaza de armas.
—Esta es la famosa Plaza Colón.
—¿ Famosa?
—Es un decir, flaco. Algunos de mis compañeros de trabajo de más edad, me cuentan que por años los jóvenes, especialmente estudiantes, durante las "fiestas de primavera", acostumbraban a pasear a la redonda, disfrazados, dando vueltas y vueltas tal como si fueran manecillas de un reloj. Hacían amistades, conversaban, comenzaban noviazgos... hasta que los tiempos cambiaron y todo eso terminó.
—¿Sentémonos un rato, flaquito? –Alfredo y Cristian se acomodan en uno de los bancos del paseo, mientras disfrutan de unas bolsitas de maní.
—Alfredo... ¿ Te puedo preguntar...?
—¿Qué deseas saber flaquito?
—¿Porqué te incomoda que te pregunten por tus estudios?
—Ah, eso... Bueno, en realidad no es que me incomode. Mira, flaco, a Benancio, tu padre, y a mí, no nos fue fácil el tema de los estudios. Para ayudar a atender las necesidades de la familia tuvimos que trabajar de muy jóvenes. Yo estuve resentido mucho tiempo con mi taita, por que nunca quiso que viniera a estudiar aquí.
Alfredo, con la vista perdida en algún punto de los cerros pelados que se ven a la distancia desde donde están, pausa por un momento, rememorando su relato.
—Cuando cumplí los 18, me vine al norte. Eso no le gustó a mi taita y a tu papá tampoco. Pero igual me vine, con la puras 'patas´y el 'buche'. No sé si te acuerdas, tú debes haber tenido unos siete años.
Con la idea de estudiar y trabajar al mismo tiempo, empecé re’ bien, pero me arrimé a malas juntas y todo se fue 'a la porra'. Hice de todo; trabajé en la vega cargando camiones, en una fábrica de ladrillos, lustré zapatos... en fín. En ese tiempo era difícil encontrar pega. Dormí en la Playa, en las Ruinas de Huanchaca......
—¿Las ruinas de qué...? –interrumpe intrigado Cristian.
—Las Ruinas de Huanchaca. Son ruinas de una antigua fundición de metales, cuando Antofagasta era de Bolivia. Están ubicadas al lado sur de la ciudad. Un día voy a llevarte para que las conozcas... Bueno, como te decía, la pasé último. Pero al final me las arreglé y pude salir adelante. De a poco tu abuelo fue aceptando que yo viviera mi vida. Además yo siempre les mandaba platita y los iba a ver para mis vacaciones. En cierto modo siempre culpé a mi viejo por no tener más estudios... Ahora que recuerdo todas esas cosas, me da 'no se qué' amargarme con el viejo. Ahora ya se fue y....
Su voz se quiebra y sus ojos vidriosos miran la copa de los arboles, pausando para despejar el nudo que le atraganta.
—Después de todo el viejo era buena persona y mucho de lo que aprendí de la vida se lo debo a él –agrega, con voz temblorosa–. Aunque su regalón fue siempre el Benancio, tu papá.
La mano de Alfredo en la cabeza de Cristian, provoca un profuso abrazo del muchacho, que sin palabra alguna transmite miles de cosas. Cosas que salen de adentro, que solo ellos entienden y que provoca miradas curiosas.
—Vamos, flaquito, vas a conocer a la Nélida.
—¿Vamos a almorzar?
—Exacto. Y vas a probar un chupín de pescado que te va ha hacer chupar los dedos.
—Ajjjj, pescado. Tu sabes que no me gusta.
—Puchas, seguís’ siendo el mañoso de siempre. Pero aquí vas a tener que acostumbrarte a comer de todo. Acuérdate que solo pago pensión. No es comida de Hotel. Así que si no te lo comes, tú no más pierdes y gana la “Negra”.
—¿Tu polola? –Pregunta Cristian, con pícara mirada.
—La perra, tonto, la perra –bromean revolviéndose el cabello.
—Te quiero, tío.
—Y yo a ti, sobrino malcriado...

Finalmente se dirigen a tomar el taxibús, abrazados como dos viejos amigos, cómplices de alguna secreta picardía.

FIN DEL CAPÍTULO 2

Glosario:
Avispao’ (avispado): Despierto, sagaz, alerta.
Avivarse: Adelantarse, anticiparse.
Cabro : Muchacho, Joven, tío.
Cocho: Hulpo, harina tostada con leche, espeso.
“Con las patas y el buche”: Sin ningún medio económico.
Chato: Chico, bajo
Cholguan: Láminas de madera prensada.
Chupín de pescado: Plato típico.
“Durazno”: Duro de mollera, porfiado.
Guata: Estómago, vientre.
Guatón: Gordo, grueso.
Lorea: “mira”, observa.
Lucas, luquitas : mil pesos
Ñeque: Fuerza, fortaleza física.
Pasao’ pa’la punta (Pasado para la punta): Puntudo, adelantarse con impertinencia.
Pega: Trabajo, empleo.
Pingüinos: Estudiantes, escolares.
Polola: Enamorada, chica con quien haces citas.
Taita: Padre, papá.
Tenís: tienes
“Todo se fue a la porra”: Todo se perdió.


lunes, febrero 27, 2006

"ADIOS CHALINGA"- Capítulo primero



Capítulo 1
"ADIOS CHALINGA"
—"El polvo al polvo, ceniza a las cenizas..."
Las palabras arrastradas del cura, esparciendo agua sobre el féretro, le parecen lejanas a Cristian desde donde está. No había querido estar cerca del cajón. Le asusta la muerte. Era más fácil esconderse arriba del pimiento, como si fuera una rama más, impávida, melancólica. Desde entre las hojas puede ver a los concurrentes al cementerio. Parecen añosos sauces llorando su propia muerte... observando el frío cajón con mirada perdida, sumidos en sus propios pensamientos. Doña Melania arroja unas flores sobre el cajón, mientras enjuga una lágrima con su pañuelo amarillo chillón. Los enterradores, con sus palas, comienzan a cubrir de tierra el cajón, mientras el cura salpica "agua bendita" sobre el féretro.
—"Es cosa de herencia –decía su abuelo Benancio– a su Padre tampoco le gustaban los funerales".
Ya había visto demasiadas muertes. La de su madre no, claro, era demasiado pequeño para recordarla. Pero la de su padre sí. Esa sí la recordaba, claro que no dolió tanto como ésta. Después de todo sus abuelos lo "adoptaron" desde que tenía cuatro años para que su "Pai" se fuera de pirquinero a probar suerte. Nunca entendió porqué su padre regresaba por tan poco y luego lo dejaba solo mirando hacia el camino polvoriento hasta que se volvía un puntito, mientras el movía sus manitas convencido que el "puntito" le contestaba.
Ahora el paisaje no es como para extasiarse. Lápidas blancas, silenciosas y frías. Cercos de madera, custodios de huesos olvidados. Flores de papel secas como la piel de los viejos que forman el fúnebre auditorio y que contemplan al vacío con mirada perdida, como si se preguntaran cuándo les tocará su turno. O quizás para meditar sobre el pasado, sobre la ridiculez de la vida y de lo rápido que pasa el tiempo.
Luego la muerte de su "Mami", como llamaba a su abuela. Esa si dolió, pero no como ésta. Esta duele hasta los huesos. Esta le metió un nudo en el "pescuezo", como diría su tata, Don Bena. Desde la noche que trajeron al viejo, el nudo no le deja hablar. Cuando trata de hacerlo, solo le sale un chillido agónico que termina por cerrarle la garganta.
—"Don Bena tiene que haberse dejado morir de frío" –dijeron las vecinas metiches– "Echaba mucho de menos a su hijo" –sentenciaban.
Qué saben ellas del Abuelo. El no era hombre para darse por derrotado. Claro que extrañaba a su "Pai", pero él no lo dejaría solo a propósito.
—"Hay tantas cosas que tenís' que aprender todavía "Chato", y no sé si me alcance el tiempo pa' ensañártelas toas'. Pero cuando yo me vaya, te voy a dejar preparao' pa' vivir solo.".
No, él nunca lo dejaría solo a propósito y tan pronto.
Una de las cosas que nunca entendió, es por qué su abuelo le llamaba "Chato". Él es mas bien alto, de unos "metro setenta y... bueno, para no exagerar, de "uno sesenta y nueve". En ese caso pudo haberle llamado "Flaco", como lo hacía su tío Alfredo cuando era mas niño, ya que su figura alargada le hace parecer mas alto de lo que realmente es. Pero a él le gustaba que su abuelo le llamara así. Era como su marca personal. Nadie más le llamaba de esa manera.
Se deja caer estrepitosamente del pimiento. Dando una voltereta en el pasto queda de espalda con los brazos abiertos mirando al cielo, mientras sus ojos vidriosos contemplan el infinito.
¡Cuánto le pesan sus apenas dieciséis años!. Parece como si se le hubiera acabado la vida. Como si ya no hubiera nada mas que esperar.
Después de un rato se incorpora dificultosamente, como si su cuerpo pesara una tonelada. Arrastrando los pies se acerca lentamente al cajón.
La última palada de tierra ya no deja ver el féretro. Luego las mujeres depositan cuidadosamente las flores como para no despertar al muerto.
Cavila....
—"'Chato', no te aflijai' tanto por los muertos. Mejor es perro vivo que León muerto. Porque el perro puede seguir moviendo la cola, en cambio el León ya no puede morder a nadie." –sentenciaba el tata. Siempre decía cosas que no dejaban objeción.
—"Si tu abuelo es muy enterao' –decía la Mami–. Aunque nunca fue a la escuela, sabe muchas cosas que no sé de onde' las aprende. Si hasta aprendió a leer él solo". El tata reía.
—" Mirando la vida, vieja, mirando la vida se aprende harto si se abren bien los ojos" –decía con su sonrisa pícara, mientras guiñaba un ojo a Cristian y fabricaba su cigarro casero.
—¿Vamos Cristiancito? –la mano de Doña Melania en su hombro, le saca de sus pensamientos–. Tu abuelo ya se ha ido. Dios se lo ha llevado a su santo Reino. Ahora debe estar feliz, con tu abuela.
¿Dónde quedará ese "Santo Reino" donde Doña Melania envía a todos sus parientes que han muerto y a los de ella también?.
El cura pone su mano en la cabeza de Cristian.
—¿Era tu abuelo, hijo?.
Le mira con enojo, queriéndole gritar: "Sí ¿y qué.? y a Ud., ¿qué le importa?. Sin embargo el nudo en su garganta no le deja hablar, y no hará el ridículo emitiendo ese chillido infantil. Ahora es enemigo del mundo, está furioso con todo y con todos. Frenético toma la pala de un sepulturero y trata de desenterrar al muerto.
—¡Se ha vuelto loco, el pobre chico! –dice el cura–. Hay que llevarlo donde el enfermero para que le ponga un tranquilizante.
Entre varios logran controlar al desconsolado muchacho, hasta que se cansa de forcejear. Lo llevan entre el cura y el sepulturero, uno de cada brazo. Pero ya no le quedan fuerzas para luchar. Ahora es un cordero. No le interesa lo que hagan con él.
El calor del mediodía le quema la cabeza, todo le da vueltas. Se le revuelve el estómago.
Todo se ha vuelto negro.
La luz entra por la ventana hiriéndole los ojos. ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde el berrinche en el cementerio?. Siente voces que conversan, ajenas al despertar de Cristian.
—¡Ya despertó! –advierte a los demás doña Melania– (Claro, solo ella sabe primero que nadie lo que pasa en Chalinga... ¡y lo que pasará!).
—¿Te sientes mejor, hijo? –se apresura al acercarse a la camilla donde han puesto a Cristian–. Ha venido Alfredo, tu tío. No alcanzó a llegar al funeral, pero se quedará unos días. "Parece que viene a buscarte para llevarte a Antofagasta" –susurra en su oído, como si se tratase de un gran secreto de estado, que solo el muchacho debiera conocer.
(Claro, apuesto a que Alfredo no ha dicho 'ni media', pero ella ya sacó sus conclusiones).
—Te quiere mucho y te cuidará ahora –dice la gorda mujer, con ojos húmedos y voz maternal, mientras acaricia el cabello del joven.
Era muy niño cuando se despidió de Alfredo quien se fue a trabajar al norte. Pero nunca ha estado lejos en realidad. Para sus vacaciones siempre venía a visitar a sus viejos, como él les decía.
Las imágenes vienen a su mente como si la brisa que entra por la ventana las trajera, juguetonas, felices...
—"Flaco, apuesto a que no puedes quitarme la pelota."
Con sus 6 años apenas podía tocar la pelota de trapo que Alfredo retiraba justo cuando él la iba a patear.
—"Vamos Flaco, cómo te vas dejar vencer."
Cansado y feliz de que su tío le dedicara tiempo, finalmente lo agarraba firme de una pierna y no lo soltaba hasta que Alfredo le dejaba patear la pelota. Tal vez si hubiera tenido un hermano, entre los dos podrían habérsela quitado más fácilmente.
—¿Cómo te sientes Flaquito? –la voz suave y emocionada de Alfredo le saca de sus cavilaciones. Siente su mano afable en la cabeza.
—Bien, tío. –contesta medio dormido– ¿Porqué no estuviste...?
—No pude llegar a tiempo al funeral. Me avisaron recién ayer de la muerte de tu abuelo. Pero pasé al cementerio de camino aquí. Me dijeron que te desmayaste. ¿Estás seguro que te sientes bien?.
—Sí, estoy bien, no te preocupes. ¿Me vas a llevar...?
—Luego hablaremos de eso, no te preocupes. Ahora descansa, te hace falta –Alfredo seca tiernamente la transpiración en la frente de su sobrino.
Cristian cierra los ojos por un momento mientras repasa los penosos acontecimientos de ese día. Luego trata de incorporarse para ver mejor el lugar. La cabeza le duele. Aun se siente algo mareado. Sin embargo logra sentarse a medias en la cama donde le han puesto.
Mira a su alrededor. La sala semioscura, blancas paredes y cortinas del mismo color, le indican que está en la posta. Alfredo está de pié, más allá del biombo, hablando calladamente con el cura. Su figura alta y espigada contrasta con la del sacerdote, de corta estatura y regordeta. No había visto a su tío desde hace casi un año. Se ve algo mayor con esa barba corta y bien cuidada, a pesar de haberse rasurado los bigotes. Le recuerda un dibujo de Abraham Lincon en su libro de Historia.
—Don Alfredo, –les interrumpe doña Melania– si Cristiancito se siente bien, podemos llevarlo a casa de Don Be... a su casa. ¿Le parece don Alfredo? –corrige algo avergonzada mientras mira de reojo al muchacho, tratando de constatar si su comentario le ha afectado.
—Me siento bien –confirma Cristian, mientras trata de incorporarse–. Y ya quisiera irme.
—Ud. perdone señor cura –se disculpa Alfredo, mientras ayuda a Cristian a incorporase y bajar de la camilla.
Las bisagras de la vieja puerta de entrada suenan como quejándose por la ausencia de don Benancio. La casa de madera envejecida parece estar impregnada del olor del Tata. Su carraspeo se "siente" en cada rincón. Alfredo abre todas las puertas y ventanas, esperando quizás, que el aire renovado se lleve los dolorosos recuerdos que le aprietan el pecho.
La vieja cocina de hierro negro donde la abuela horneaba esas deliciosas hallullas de manteca y chicharrones, la gran mesa del comedor, fabricada por el abuelo, la escalera de madera que lleva a los dormitorios, el zapallar encaramado en la higuera colgando zapallos como si fueran enormes manzanas verdes, la parra encaramada en la sombrilla fuera de la casa, el mesón de trabajo del abuelo donde carpintereaba de todo y para todos, el gallinero con pollos, patos, y pavos, el garaje donde el "Pai" guardaba su vieja FORD-A Azul, recortada como camioneta de flete...
Demasiados recuerdos para ambos.
—Yo no podría vivir aquí, Flaquito, me tragarían los recuerdos de los viejos –musita Alfredo con voz entrecortada por la emoción.
—Yo tampoco, tío... no podría quitarme este nudo que no me deja hab... –no puede continuar. Un nudo aprieta su garganta fuertemente, y el llanto brota al fin... amargo, profuso, lastimero; como haciendo un ruego eterno y suplicante.
Alfredo se apresura a abrazar a su sobrino con fuerza, quizás con demasiada fuerza. Queriendo ahogar en ese abrazo su propia desesperación y dolor...
—Llora Flaquito, llora, que así te sacarás ese nudo de la garganta –su propia voz se quiebra y se une al llanto de su sobrino, fundidos en ese abrazo compartido, apretando fuerte los dos, hasta que ya no les quedan fuerzas para sacar más lágrimas del pecho.
Esa noche, cada uno en su cama, duerme profundamente. Agotados por las emociones del día, la noche se esfuma de un parpadeo.

A la mañana siguiente, después de un pródigo desayuno, preparan la maleta que Alfredo a traído y unos bolsos grandes para llevar las cosas de Cristian.
—Tío, ¿Dónde viviremos en Antofagasta?
—Llámame Alfredo, Flaquito, ya eres grande, y los grandes se tratan de igual a igual. ¿Cuántos años tienes ya Cristian? ¿Diecisiete?
—Diecisiete. Bueno en realidad dieciséis. El mes de Mayo recién cumplo diecisiete.
—Pues representas más. Ya eres todo un joven. Llámame Alfredo.
—Sí, tío, quiero decir, Alfredo... ¿Dónde viviremos? –le mira interrogante, lleno de inquietudes frente al mundo desconocido que se abre ante él. Alfredo deja de ordenar la ropa un instante y se sienta junto a su sobrino al borde de la cama.
—Flaquito, no te preocupes por eso, yo vivo en una pieza que arriendo a una familia amiga. Tiene entrada independiente a la calle y baño aparte. Es bastante cómoda y allí podremos vivir los dos. La pensión me la da la mamá de Nélida, una amiga muy bonita que tengo. Te gustará.
—¿Es tu novia?
La pregunta sale sin pensar, instantánea. Cristian se perturba temiendo haber hecho una pregunta indiscreta.
—En realidad no. Solo estamos saliendo juntos hace poco.
Alfredo contesta imperturbable, tratando de parecer lo menos incómodo con la pregunta, para no abochornarlo.
—Antes éramos amigos. La conocí cuando contraté la pensión con su mamá, hace solo unos meses. Antes yo comía en otro lugar, pero lo dejé por que atendían muy mal, mas encima se pusieron muy 'careros'. Además solo almuerzo semana por medio.
—¿Porqué?.
—Es que trabajo siete días en "Zaldivar" y descanso siete días en Antofagasta.
—¿Zaldivar?
—Sí, así se llama la Minera donde trabajo.
—¿Y que haces ahí?
—No sé si lo entenderías. En fin, trabajo en apoyo a la cosecha, con un contratista.
—¿Cosecha?. ¿Qué hay siembras?
—Ja, ja, ja –Alfredo ríe de buena gana ante la pregunta inocente de Cristian–. No, Flaco, "La cosecha", se refiere al procedimiento que se emplea para la extracción del cobre por el sistema de "Lixiviación".
Alfredo detiene la explicación al notar la cara de interrogación de Cristian.
—Creo que otro día te explicaré con más detalle mi trabajo. Ahora, anda, debemos apresurarnos para alcanzar el bus que sale para Antofagasta desde Ovalle.

Una vez acomodados en el Bus, Cristian mira por la ventana con nostalgia. Quizás cuándo volverá a Ovalle y a su querida Chalinga, su pueblito natal. Atrás quedan sus amigos; el Atilio, el guatón Tito, la Nati, con sus trenzas rubias. Y Beatriz, "La Bety" "su Bety". Claro, ella nunca supo que era "su" Bety. Solo él sabía que su corazón latía más rápido cuando ella estaba cerca. Al menos ayer pudo despedirse de ella. Y no puede negar que le emocionó ver sus hermosos ojos almendrados humedecerse de pena. Lo que Cristian tal vez nunca sepa, es que a ella también le latía el corazón cuando él estaba cerca. Pero eran amores de niños, tímidamente secretos, platónicos, amores de pueblo. De esos que nunca se nos olvidan por más que nos pongamos viejos.
Cierra sus ojos mientras se acomoda en el asiento. Las imágenes llegan solícitas, refrescantes...
—"¿Vamos a bañarnos a "La Javiera", Cristian?" –invita el Atilio con sus largos pantaloncillos de baño azules– "A ti nunca te gusta bañarte con nosotros."
—"Está esperando que se seque la poza, igual que 'El Chancho' " –acota el guatón Tito, haciendo alusión a otra poza que se tapó con lodo en un desborde del río.
—"No es eso, niños, ustedes saben que casi me ahogué en el remolino, tratando de aprender a nadar. Acuérdense que ya se ahogó un hombre en esa poza."
—"Vamos, Cristian, yo te enseño a nadar" –la Nati le toma de la mano y todos corren a "La Javiera".
El Chapoteo entre ellos y las risas, se confunden en su mente con la imagen de Bety, mojándose los pies en la orilla. Su pelo profundamente negro brilla al sol confiriéndole tonalidades azules y brillantes. Sus ojos entrecerrados para evitar el sol, los hacen parecer mas almendrados de lo que son.
—Sus boletos por favor –la voz del auxiliar del bus hace trizas las apreciadas imágenes–. Ya vamos a partir. Por favor dejen sus bolsos grandes en los maleteros.
La silueta del bus, alejándose por el camino desértico, sugiere un animal fantasmagórico al ser distorsionados sus contornos titilantes por el efecto del calor del sol en el pavimento. Su carga humana esconde cientos de recuerdos, anhelos y esperanzas, entre ellos los de Cristian, que se aleja quizás para no volver, o tal vez regresar después de muchos días con sueños cumplidos o sin cumplir.
Alfredo y Cristian, se acomodan para dormir. Quizás el sueño mitigue un poco la angustia que sienten en su pecho y les ayude a ordenar sus pensamientos, revueltos y caóticos de estas últimas horas.

Poco a poco el basto desierto se traga la figura del bus, al ir creciendo sus cerros pelados sobre la máquina que se empequeñece cada vez más, hasta desaparecer completamente entre las vueltas del camino, devorada por el sol.


FIN DEL PRIMER CAPITULO

viernes, febrero 17, 2006

PRÓLOGO del autor : Novela —Contra la Corriente

En este apartado, iré exponiendo la novela "Contra la corriente", que iré publicando de un capítulo por mes.

Les doy un breve resumen del contenido de esta novela: Cristian, el personaje principal, un joven que se crió con sus abuelos maternos en un pueblecito rural, (Chalinga-Chile) queda solo al morir su abuelo. Su único tío sobreviviente, se lo lleva a vivir con él a una ciudad grande (Antofagasta- Chile). La historia se enfoca en la lucha que debe librar Cristian, para no permitir que la gran ciudad y sus habitantes, le hagan cambiar sus valores y conceptos de la vida que su abuelo inculcó en el. Los personajes que rodean a este joven, al contrario, se ven influenciados por su visión de la vida, y terminan apreciando la sinceridad de corazón de Cristian. El desenlace llega a su culminación con su relación con una joven que pertenece a un mundo totalmente diferente (Licha), y que ve como su mundo se derrumba y transforma para bien, ante este interesante joven pueblerino. Espero la disfruten. (Algún día espero publicarla en alguna editorial que se apiade de este escritor en ciernes).

También iré poniendo algunas ilustraciones que representen algunos pasajes de la Novela.
Espero disfruten de su lectura.

Ah... y espero sus comentarios.